Capítulo Veintiocho
Julie
M e despierto con la luz del día colándose por las rendijas de la persiana a medio bajar.
Cojo la manta para taparme hasta el cuello y bostezo contra las sábanas antes de darme la vuelta en la amplia cama.
Cuando inhalo lentamente, las alarmas saltan en mi cabeza.
Un fuerte olor a pino y limón me hace abrir un ojo y observar la habitación donde estoy, pues comienzo a dudar de que sea la mía.
Al fondo de la habitación de paredes color crema descubro en el suelo de madera unas botas llenas de tierra, que descansan a un lado del armario.
Miro a la izquierda y veo varias camisetas de algodón amontonadas sobre una cómoda, al lado de un par de camisas de botones.
El paisaje a través de la ventana es un extenso campo de cultivo verde rodeado de infinitos senderos de tierra.
Efectivamente, no estoy en mi apartamento.
Sino en la casa de Tate. Concretamente, en su dormitorio.
Estoy un minuto en silencio, a la espera de cualquier ruido, pero no se escucha ni el canto de los pájaros aquí dentro.
Me deslizo fuera de la cama, dándome cuenta a medio camino de que solo llevo puesta una camiseta de algodón que me llega hasta los muslos.
Una imagen de la noche anterior viene a mi mente en forma de flashback y suelto una carcajada al recordar que Tate las lanzó sin cuidado por la cocina.
Me paseo por la casa como si fuera la mía.
No hay ni rastro del dueño por ninguna parte, así que me tomo la libertad de ir a la cocina para desayunar.
Hoy trabajo de tarde, así que no me preocupa tomarme mi tiempo para comer y pensar en cómo voy a volver a River Cross.
Porque, a diferencia de mi ejemplar anfitrión, yo no tengo coche.
Suelto una carcajada al darme cuenta de que no tengo cómo volver a casa; Tate me ha dejado aquí sola. Será desgraciado …
Entro en la cocina, sonriendo al recordar lo que pasó ayer encima de esa mesa de madera, pensando a quién podría pedirle que me lleve a River Cross sin que haga muchas preguntas.
¿Mis amigas? Descartadas. ¿La madre de Tate?
Ja . ¿Su hermano? Antes muerta que estar quince minutos en silencio a solas con él.
Tal vez Tate tenga un rato libre y pueda llevarme. Es lo mínimo, ¿no? Después de dejarme aquí encerrada…
En la cocina huele a café y tortitas, a pesar de estar frías a un lado de la encimera. Hay una nota al lado, arrancada de lo que parece su cuaderno, y una sonrisa bobalicona se extiende por mi rostro al reconocer su letra.
Busco mi móvil por todas partes, encontrándolo completamente cargado encima de la mesa de la cocina.
Hago lo que dice la nota, abriendo la aplicación de mensajes y buscando el nombre de Tate.
Le doy a enviar antes de pararme a pensar si debería haber puesto algún emoticono o le estoy dando demasiadas vueltas.
Julie: Ya estoy despierta. Gracias por las tortitas.
Tate: Buenos días, campanilla🧚¿Encontraste el postre?
Julie: ¿No…?
Tate: Está en la nevera 😉
Dejo el móvil sobre la encimera para abrir la nevera.
Saco el recipiente de cristal cubierto con papel de aluminio.
Lo dejo en la mesa y lo desenvuelvo, abriendo la boca con deseo al ver que es tiramisú casero.
Es imposible que sepa que es mi favorito.
Estoy a punto de preguntarle a qué viene esto, cuando suenan tres notificaciones nuevas.
Parece que se me ha adelantado… Pero, cuando enciendo el móvil no es Tate, sino el chat del grupo con mis amigas:
Lib: ¡No me puedo creer que te hayas vuelto a liar con mi hermano!
Sage: ¡Qué callado te lo tenías!
Rachel : ¿Qué? ¿Por fin lo habéis hecho en su camioneta?
Julie : ¿Cómo os habéis enterado?
Sage : Estoy ayudando a los chicos con un cercado nuevo y tu hombre ha aparecido con una sonrisa de lo más extraña y no se le va.
Julie : Madre mía…
Julie : Y, Rachel… no.
Julie : Todavía…
Bloqueo la pantalla del móvil, que comienza a sonar con decenas de notificaciones nuevas.
Una sonrisa satisfecha se extiende por mi rostro mientras abro el cajón para coger una cuchara pequeña.
Degusto un trozo cerrando los ojos y soltando un pequeño gemido al saborearlo.
Está buenísimo, cremoso y con el punto justo de café.
Me recuerda mucho al… ¿¡tiramisú de mi madre!
? Abro los ojos de golpe y no pierdo el tiempo.
Rescato de nuevo mi móvil, dándole a los botones a toda velocidad para llamar a la persona que mejor me conoce en el mundo pero que no vive ni cerca de aquí.
“Buenos días, Luli. ¿Cómo estás?,” la dulce voz de mi madre me saluda.
“Iré al grano,” contesto con firmeza. “Hay un tiramisú en la casa de Tate Weston que sabe igualito al tuyo, así que ya puedes ir desembuchando.”
“Vaya, así que ese chico va en serio...”
“¡Mamá!”
“¿Qué, cielo? Es cierto. Ningún hombre dejaría que una mujer cualquiera se metiera en su nevera… y sus negocios.”
“¿Qué? ¿A qué viene eso ahora? Solo le estoy echando una mano con su proyecto de cross. Eso es todo.”
“Sí, una mano… ahí abajo.” Puedo imaginarme perfectamente sus cejas subiendo y bajando, dejándome perpleja.
Siento que la cara me arde mientras me quedo con la mandíbula desencajada mirando la pared. Entierro el rostro entre mis manos, soltando un grito ahogado.
“Por favor, no vuelvas a hacer eso,” murmuro con la voz amortiguada por mis manos.
“Oh, venga, Julie. Ni que no te conociera como la palma de mi mano. Es evidente que algo ha pasado entre vosotros. Tienes un brillo diferente y hacía mucho que no te veía tan sonriente.”
“¡Pero si ni siquiera puedes verme!,” exclamo, sin alzar la cabeza todavía.
“Suenas feliz,” insiste con diversión.
A quién quiero engañar.
“Solo estoy contenta,” contesto, encogiéndome de hombros, pero siento un ligero rubor en las mejillas.
Mi madre se toma un minuto en silencio, como si se estuviera metiendo en mi cabeza.
“¿Has estado escribiendo en el cuaderno de viaje?”
Intento ocultar mi sorpresa por el cambio de tema y lo acertada que es su pregunta, pero su carcajada me dice que soy demasiado transparente con ella. Incluso sin verme.
“¿Qué has hablado con Tate?,” pregunto de vuelta.
“Ay, es un hombre encantador. La verdadera pregunta es: ¿de qué no hablamos?”
Me trago un resoplido, intentando mantener la paciencia.
“He estado haciendo fotos de mis amigos, los primos, hemos hecho algún viaje… La verdad es que me estoy quedando sin espacio.”
“Eso es bueno, Luli. Me alegro de que hayas encontrado tu lugar seguro para mostrar esa parte de ti.”
“Yo también me alegro, mamá,” murmuro con sinceridad.
Le hago una rápida actualización de los últimos meses, el viaje a la playa, la inauguración… Le hablo sobre mis amigas, sobre Evan y sobre Tate. Pero es cuando llego a esta última persona que recuerdo la finalidad de esta llamada.
“Ahora en serio, mamá. ¿Cuándo has visto a Tate y por qué le has hecho un tiramisú?”
“Bueno… tal vez esté ahora mismo en casa de mi hermana en Honey Ridge. Y tal vez Tate se pusiera en contacto conmigo para preguntarme por ti.”
“¡Mamá! ¿Por qué no me dijiste nada?”
“¡Era una sorpresa!,” exclama, riendo. “Además, pocos saben que la forma más fácil de conquistarte es por el estómago.”
Me la imagino perfectamente guiñándome un ojo con una sonrisa ladeada. Pongo los míos en blanco, dándome por vencida.
“¿Hasta cuándo estarás aquí?”
“Me quedo todo el mes. Ven cuando quieras. No te preocupes si no consigues sacar un día para visitar a la vieja de tu madre. Entiendo que estarás muy ocupada enredada en las sábanas de ese vaquero, y no me extraña... ¡Vaya espalda tiene! Yo tampoco querría salir de allí.”
“Por el amor de…”
“No jures en vano, Luli,” me interrumpe con seriedad.
Resoplo con fuerza.
“Iré algún fin de semana,” prometo antes de colgar. “Este no puedo que tengo que descansar, el entrenamiento de ayer fue una mierda y tengo el cuerpo destrozado.”
Y tal vez estoy peor por haber pasado toda la noche con Tate.
“Ay, ¡lo que echo yo de menos la juventud!,” exclama, como si me leyera el pensamiento.
Nos despedimos prometiendo vernos pronto y, antes de volver a comer el delicioso tiramisú de mi madre, le mando un mensaje a Tate pidiéndole que me lleve a casa.
Me contesta al instante, prometiendo venir a por mí en una hora.
Tengo el tiempo suficiente para mentalizarme y prepararle un tercer grado.
Porque mi madre no cocina para nadie a menos que sea de la familia.
Organizar el primer concurso de Almond Valley es un poco más enrevesado de lo que pensaba.
Ahora que Tate ha comenzado las clases, ya sabemos cuántos alumnos pueden estar interesados en participar, sin contar con la gente externa que, en cuanto tengamos el programa, quiera unirse.
Contactar con el ayuntamiento para pedir el permiso fue demasiado fácil, así que estaba claro que no iba a ser todo de arcoíris.
Lo peor fue hablar con la federación para que nos dieran el visto bueno de los obstáculos y nos consiguieran personal cualificado.
Necesitamos jueces titulados y técnicos que homologuen los saltos de Tate.
Por si fuera poco, todavía tengo que pedir los contactos para contratar seguridad y a personal de sanidad, en caso de que ocurra algún accidente.
Dorian me dijo que podía hacerse cargo de los controles veterinarios de los caballos y que conocía a un par de personas que podrían echarle una mano a buen precio, así que una preocupación menos.
En las próximas semanas tendremos un montón de gente yendo y viniendo para controlar que todo esté bien.
Va a ser un estrés, pero si organizo las citas, creo que puedo sobrevivir. Solo me falta crear el programa, hacer los carteles y preparar las inscripciones online.