Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Veintisiete #4
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Capítulo Veintisiete #4

Muevo las caderas al mismo tiempo que él introduce y saca los dedos de mí. Vuelve a trazar círculos sobre mi clítoris, haciéndome perder el control.

“Tate…,” gimo sobre su boca. Muerde mi labio inferior con fuerza, haciendo que me retuerza debajo de él. “Voy a…”

Tate entierra la cabeza en mi cuello.

“Córrete, cariño. Empápame los dedos,” murmura con voz ronca en mi oreja.

Tengo la mente tan nublada por el deseo que solo puedo hacerle caso, dejándome llevar sobre su mano. Tate saca los dedos de mi interior, empapados con mi humedad. Comienzo a salivar cuando veo cómo se los mete en la boca con la vista clavada en mí.

“Por Dios…,” consigo decir con un gemido ahogado.

Me quedo ensimismada observando cómo desliza los dedos por mi todavía húmedo interior y sigue saboreándome, soltando gemidos graves que vuelven a calentarme.

“Tu declaración llegó antes de lo esperado,” dice sin dejar de mirarme. “El postre está esperando en la nevera, pero no puedo decir que no me alegre que este sea el sustituto.”

Me guiña un ojo con descaro antes de repetir el mismo gesto. Sin pensarlo demasiado, dejándome llevar, intercepto su mano antes de que llegue a sus labios. Le agarro por la muñeca para girársela y que introduzca los dedos en mi boca. Muevo la lengua por su longitud, probando mi sabor salado.

El gesto le arranca un gruñido a Tate, que saca los dedos de mi boca con un sonoro pop antes de atrapar mis labios con los suyos sin perder el tiempo.

“Joder, no puedo esperar.”

Veo cómo se baja la ropa interior y me quita las destrozadas bragas con una sonrisa satisfecha. Las lanza por encima del hombro, arrancándome una carcajada.

“Eres un animal.”

“Es que contigo no hay quien sea bueno, cariño.”

Vuelve a besarme entre risas, deslizando las manos por todo mi cuerpo, como si quisiera memorizarlo con las puntas de los dedos. A pesar de que siempre hayamos usado preservativo, un impulso me hace enterrar las manos en su pelo para que no se vaya.

“Tomo anticonceptivos.”

Tate deja de besarme el cuello para mirarme con el ceño levemente fruncido.

“Nunca lo he hecho sin condón.”

“Está bien,” murmuro jadeante.

Le doy un beso que nos deja sin aliento. Tate me pega a su pecho para no dejar espacio entre los dos. Bajo una mano para rodear su erección con firmeza y comienzo a hacer movimientos de arriba abajo. Tate sisea en mi oreja, sin necesidad de decirme cómo tengo que hacerlo.

Hemos hecho esto muchas veces, pero nunca se ha sentido tan real como esta.

“Más fuerte,” murmura contra mi hombro, soltando un gemido ronco cuando hago lo que me pide y a su vez juego con sus huevos con la otra mano.

“Quiero que me folles, Tate.”

“¿Aquí?”

Dejo escapar una risita, sin dejar de moverme. “Podemos hacerlo por toda la casa, si eso es lo que quieres.”

“Por Dios, cariño, no me hagas suplicarte.”

Tate me aparta para que deje de tocarlo. Me mira a los ojos antes de sujetar su erección para colocarla delante de mi abertura, como pidiendo permiso. Asiento después de recostarme sobre la mesa, apoyando los codos sobre la dura madera.

“Llevaba meses muriéndome de ganas de hacerte mía, Julie.”

“Pues ojalá la espera haya merecido la pena,” susurro con una pequeña sonrisa.

“Sin duda soy el hombre más afortunado del mundo, cariño,” confiesa, antes de introducirse en mí con una firme embestida.

Jadeamos a la vez, tomándonos un momento para acostumbrarnos a la sensación. A pesar de estar acostumbrada a su tamaño, esta vez siento más su dureza dentro de mí.

“Esta vez no voy a aguantar mucho,” admite, inclinándose sobre mí para darme un largo beso. “Te prometo que en las siguientes duraré más.”

Me río debajo de él, haciendo que vibre ahí donde nuestros cuerpos se unen, provocándole un gemido a Tate que me hace retorcerme.

Comienza a moverse lentamente, buscando poco a poco un ritmo que nos guste a los dos.

No soy capaz de mantenerme callada cuando se mete de nuevo mis pezones en la boca y juega con mi control.

Profundiza las embestidas, arrancándome un gemido que me daría vergüenza soltar si estuviera en mi apartamento.

Como prometió, Tate no tarda en llegar al clímax, pero antes de dejarse llevar, dibuja suaves círculos en mi clítoris para hacerme terminar con él.

“Dime que soy tuyo,” jadea contra mi oreja.

Gimo con fuerza, moviendo las caderas para seguir el ritmo irregular de sus arremetidas.

“Eres mío, Tate.”

Y, con su nombre en mi boca, nos deshacemos a la vez sobre la mesa de su cocina.

Nuestros cuerpos cubiertos en sudor se abrazan como si nos estuviéramos cayendo al vacío juntos.

Tardamos varios minutos en recuperar el aliento y, cuando Tate se separa de mí, me sorprende dándome un precioso beso, tan delicado como en los cuentos de hadas.

“¿Cómo estás, cariño?” Suspiro con fuerza, haciendo un ruidito afirmativo, todavía presa de haberme entregado al placer. Tate se ríe y vuelve a deslizar los dedos por mi zona sensible, haciéndome sisear. “Venga, campanilla, voy a limpiarte antes de pasar una noche dentro de ti.”

Y, como tantas otras promesas, Tate la cumple hasta el final.