Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Veintisiete #3
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Capítulo Veintisiete #3

“El azul no es lo único que se ha convertido en mi favorito gracias a ti,” confiesa con una pequeña sonrisa.

“Los lirios ahora son mi flores favoritas, después de ver cómo se te iluminaba la cara al encontrarlos en el ramo. Los arándanos dejaron de ser solo un fruto de primavera, sino que se convirtieron en mis favoritos el día que pinté tu taza. Adoraba el cross y todo lo que conllevaba crear una escuela, pero, gracias a ti , entrenarte con Dante es para mí el mejor momento de la semana.” Siento los fuertes latidos de su corazón a través de sus dedos.

“Mi objeto favorito es tu cuaderno de viaje y ver cómo poco a poco lo vas rellenando de recuerdos, lugares y personas especiales para ti. Me encanta cuando entras a un sitio y me dejas sin habla; quedarme embobado mirándote porque eres lo único que puedo ver en una sala llena de gente. Porque cuando me miras, todo lo demás desaparece. Nada más me importa cuando estoy contigo. Me haces querer ser mejor hombre, esforzarme más y sacar lo mejor de mí.”

Parpadeo varias veces, tratando de hacer encajar las piezas desordenadas de mi cabeza.

Todo parece estar en su lugar, pero hay algo que no termino de comprender…

“Me dijiste que necesitabas tiempo para entender qué sentías y para estar seguro.” Tate asiente, animando a continuar hablando. “Pero, si hace varias semanas que lo sabes… ¿Por qué no me lo has dicho antes?”

“¡Porque estoy jodidamente enamorado de ti, Julie!,” exclama, sin poder contener la emoción en su voz. “Y eso me aterra. Estoy cagado de miedo, campanilla. Me da miedo no ser suficiente para ti porque, joder… eres Julie Bell. Ningún hombre está a tu altura.”

“Tú lo estás,” afirmo con firmeza.

“Primero tendré que demostrártelo.”

“Ya lo estás demostrando, Tate.”

Durante varios segundos ninguno dice nada.

Tan solo nos miramos. Tate me observa como si no supiera qué hacer con mis palabras.

Se levanta de la silla, soltando mis manos con el movimiento, sin apartar los ojos de mí.

Rodea la mesa con pasos lentos, como si tuviera miedo de que desaparezca si se mueve demasiado rápido.

“Dímelo otra vez,” murmura.

Trago saliva con fuerza, cruzando las piernas bajo la mesa para mitigar el calor que despierta entre mis muslos.

“Tú eres el único hombre al que quiero, Tate Weston.”

Y, casi sin darme tiempo a procesar lo que ocurre, Tate me levanta de la silla sin esfuerzo y devora mi boca con una urgencia feroz, como si su vida dependiera de ello.

Entrelazo las manos en su nuca y lo acerco más a mí para profundizar el beso.

Tate baja las manos por mi cuerpo hasta llegar a mis muslos y, sin previo aviso, me alza en el aire y me pega contra su pecho.

Chillo de la sorpresa, provocándole una suave risa que se entrelaza con el gemido que dejo salir cuando me da un fuerte apretón en el culo.

Cruzo las piernas en su espalda para no perder el equilibrio y nuestros labios vuelven a encontrarse. Nos movemos al mismo ritmo, como si bailáramos la misma melodía. Como si supiéramos exactamente qué quiere el otro.

Araño el cuello de Tate con fuerza cuando me sienta sobre la mesa y me sujeta por las rodillas. Mi lengua se abre paso en su boca cuando deja escapar un suave gemido, y el sonido vuelve a mojar mi ropa interior.

Tate desliza su boca por mi cuello, provocándome lentamente, dejando besos húmedos sobre mi pulso antes de subir hasta el lóbulo de mi oreja.

“Aunque me vuelva loco verte con mi ropa, solo quiero tenerte desnuda sobre mi mesa,” murmura con voz ronca en mi oído. Dejo escapar un fuerte gemido, por lo que Tate se lo toma como vía libre para continuar mi tortura.

Se separa de mí para quitarse la camiseta, volviendo a atrapar mis labios antes de que me dé tiempo a disfrutar de las vistas.

Gimoteo sobre su boca para quejarme, provocándole una risa, y planto las manos sobre su pecho para apartarlo lo suficiente como para observarlo.

Los músculos de sus anchos hombros se tensan bajo el roce de mis uñas.

Tiene los abdominales marcados de trabajar largas horas en el campo, aunque el tamaño de sus brazos es lo que hace que me humedezca los labios.

Y que mi ropa interior se eche a perder.

“Te necesito, Tate.”

Me quito la camiseta con un ágil movimiento, dejando a Tate boquiabierto al comprobar que no tenía nada por debajo.

“La madre que me-”

Antes de que pueda terminar la frase, entierro las manos en su pelo y lo atraigo hacia mí para darle un beso húmedo. Recorre mi cuerpo desnudo con sus manos callosas, y, sin darme tiempo a reaccionar, nuestros pantalones desaparecen, formando un montón de ropa a nuestros pies.

“Joder, cariño, me vuelves loco,” murmura contra mi piel, besando cada centímetro de mi piel.

Cierro los ojos y me arqueo hacia él cuando comienza a bajar por mis clavículas hasta llegar a mi pecho y meterse mis pezones en la boca antes de morderlos con la fuerza justa. Juega con ellos y hace conmigo lo que quiere, llevándome al límite solo con la boca y unos ligeros pellizcos.

Muevo las caderas buscando una fricción que no existe, lo que hace que Tate sonría sobre uno de mis pezones antes de soplarle por encima. Lo tengo tan sensible que la sensación se multiplica, obligándome a bajar una mano hacia mi entrepierna para buscar el placer que no me está dando.

Tate me da un manotazo sin cuidado, y apoyo las manos a la altura de mis caderas, recostándome sobre la mesa.

“Estate quietecita,” murmura antes de darme un beso húmedo.

“Pues dame lo que quiero,” digo en el mismo tono, ladeando la cabeza, desafiante.

Tate enarca una ceja, tomándoselo como un reto.

No deja de mirarme cuando me mete dos dedos en la boca antes de bajar lentamente por mi cuerpo.

Traza varios círculos sobre mi hinchado clítoris por encima de mi ropa interior, pero sigue su camino hasta echar a un lado el hilo de mis bragas e introducirlos en mi ansiada humedad.

Sus movimientos son lentos al principio, estimulando a la vez mi punto sensible con el pulgar.

Me mantiene atrapada bajo su control el suficiente tiempo como para desesperarme, pero me hace suspirar de alivio cuando comienza a moverse más rápido.

Me hace gemir tan fuerte que agradezco que su casa esté en medio de la nada.

El sonido de mis fluidos junto con el de nuestros gemidos me vuelve loca, haciéndome clavar las uñas en la madera y arquear la espalda, buscando más fricción.

“Vamos, cariño, quiero ver cómo te corres en mis dedos.”