Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Veintisiete #2
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Capítulo Veintisiete #2

Cruzo la casa de una sola planta para llegar a la cocina, observando los marcos que decoran las paredes por el camino.

En todas las fotos sale Tate, con sus hermanos, con su abuela, con amigos…

a excepción de una. Me paro delante para mirarla con detenimiento.

Su madre, Emily, rodea con los brazos a un hombre igual de corpulento que Tate pero con el pelo de un color más oscuro. Lo reconozco al instante: Paul Weston.

Pude conocer al padre de Tate cuando me mudé a River Cross.

Era un hombre dulce y entregado a su familia.

Todos en el pueblo lo adoraban, al igual que su mujer y sus hijos.

Fue terrible cómo falleció tras terminar el que sería su último concurso de Raid.

Al menos pudo irse con la certeza de estar rodeado de los suyos y sabiendo que era querido por todos ellos.

No todos pueden decir lo mismo antes de morir. Él, al menos, fue un hombre afortunado, tanto por ser amado en vida como por haber podido despedirse entre ese amor.

Sigo caminando hasta llegar a la amplia cocina bañada en madera, al igual que el resto de la casa.

Los muebles están hechos de un tono clarito de marrón, combinando a la perfección con las paredes pintadas de color crema.

Tate está de espaldas a mí, terminando de cocinar algo en la sartén.

Huele a una mezcla de cebolla pochándose y patatas en aceite.

La mesa ya está puesta, así que me encargo de coger la jarra de agua y rellenarla en el fregadero.

El sonido del grifo abierto llama la atención de Tate, que se gira para mirarme con curiosidad. Él también se ha cambiado de ropa para estar en casa. Lleva una camiseta de algodón gris y unos pantalones de chándal negros. No lleva zapatos, pero sí calcetines.

La imagen vista desde fuera me da un poco de vértigo, ambos vestidos con su ropa en una acción tan cotidiana y familiar como cenar juntos. Uno cocinando y la otra terminando de preparar la mesa.

“¿Cómo estás?,” pregunta con una pizca de preocupación que no se me pasa por alto, volviéndose hacia los fuegos.

“Mejor,” admito con una sonrisa. “Siento que he revivido después de ducharme. El agua fría hace milagros.”

“¿Tienes alguna herida?”

“Qué va, solo un montón de moratones por todo el cuerpo,” contesto riendo.

“Si necesitas analgésicos o alguna cosa, están en la estantería de mi baño.”

Asiento y murmuro un suave «gracias». Vuelvo a la mesa para sentarme justo cuando Tate apaga los fuegos y me sigue con la comida humeante entre sus manos.

Bebo un trago de agua al ver lo que ha cocinado.

Es una tortilla de patatas con cebolla, y solo con verla se me hace la boca agua.

Tiene un color amarillo intenso, propio de los huevos caseros, que le da un aspecto aún más apetitoso.

“Qué pinta…,” murmuro.

“Que aproveche,” asiente Tate, dándome vía libre para servirnos y devorar el manjar que ha preparado.

Que me ha preparado .

Esa frase resuena una y otra vez en mi cabeza durante toda la cena.

Hasta que no tengo el plato vacío y me vuelvo a servir para llenar mi pobre barriga hambrienta, no paro ni para respirar.

Cuando por fin estoy llena, feliz y contenta por la mejor cena casera de mi vida, recuerdo que no estoy sola y ni siquiera es mi cocina.

Alzo la vista con las mejillas sonrosadas, y me encuentro con la mirada divertida de Tate, que me observa desde el otro lado de la mesa.

“¿Contenta?”

“Estaba buenísima,” admito en un tímido susurro con la cara ardiendo.

“Me alegro, campanilla.” Termina el último trozo de tortilla de su plato sin dejar de mirarme. Siento que me ruborizo todavía más —si es que es posible— ante su atento escrutinio.

Me mira como si fuera a decir algo, y la bombilla en mi cansada cabecita se enciende de pronto. Tenemos una conversación pendiente. Una importante conversación que decidirá el destino de nuestra relación, si es que lo que tenemos se puede denominar como tal.

Estoy a la espera de que hable, pero, después de tragar, simplemente coge el vaso de agua y bebe sin apartar los ojos de mí. Tanta miradita empieza a ponerme nerviosa.

Siempre es el hombre quien tiene que dar el primer paso: el que se lanza a besar a la princesa en los cuentos de hadas, el que le regala flores a su amada, el que se declara con un montón de pétalos de rosas… Pero, ¿y si fuera al revés solo por una vez?

No sé de dónde saco la valentía y las fuerzas para tomar la iniciativa, pero una vez comienzo a hablar no hay quien me pare.

“Tate…,” comienzo insegura, sin saber muy bien por dónde hacerlo.

“Que me hayas cocinado, y no cualquier cosa, no un vaso de leche con galletas , sino una tortilla que estaba increíble, significa muchísimo para mí. No es solo por invitarme a cenar, sino porque no querías que me fuera a dormir con el estómago vacío o a base de palitos de pan. No es solo que me hayas conquistado por el estómago… es que estoy enamorada de ti.” Hago una breve pausa para poner en orden todo lo que siento, arremolinado en mi pecho.

“Estoy enamorada de estos pequeños detalles que, quizá, para ti no significan nada porque te salen de forma natural y sin pensarlos. Pero para mí lo significan todo. Significan que hay alguien que se preocupa por mí tanto como yo me preocupo por él. Como la taza de arándanos. No fue solo el regalo… fue que la decoraras con algo que te recordaba a mí. Por Dios, Tate…” Resoplo, negando ligeramente.

“¿Cómo esperabas que no me enamorara de ti después de eso? Ese fue de los últimos detalles que me hicieron rendirme contigo. Porque no fue de un día para otro… sino poco a poco, a lo largo de estos meses. ¿Y sabes dónde empezó todo? El día que viajamos a Hazel Field. Supe que te quería cuando me regalaste ese enorme ramo de flores azules para disculparte. ¡Azules, Tate! Mi maldito color favorito. Porque lo sabías… Sabías cuál era mi color favorito sin habértelo dicho antes y sin que yo supiera siquiera cuál es el tuyo.” Cojo aire, dándome cuenta de que he hablado de carrerilla sin pararme a respirar.

No espero a que Tate hable, sino que continúo sin detenerme a entender su expresión.

“Y a estas alturas… después de todo, de habernos besado otra vez y de sentir algo tan fuerte por ti que ya me he cansado de luchar en contra…” Trago saliva.

“No me importa si no sientes lo mismo. Solo necesitaba que lo supieras.”

Tate se mantiene en silencio durante lo que parece una eternidad. Ahora sí, me armo de valor para alzar la vista de la mesa y observar su expresión. Pero, cuando deslizo los ojos por su rostro, no veo nada. No hay emoción alguna reflejada en su cara, lo que me hace fruncir el ceño.

He tenido tiempo desde que nos besamos por primera vez hace una semana para imaginar cualquier escenario posible. Me mentalicé para que Tate me correspondiera, para que no lo hiciera, para que llorara, para que se riera en mi cara, para que me mandara a la mierda…

Pero nunca imaginé un escenario en el que a él no le importara mi declaración.

La vergüenza comienza a aparecer, nublando mi vista.

¿Cuál es la manera más rápida de desaparecer?

La puerta está demasiado lejos como para llegar sin tropezar.

Además, Tate está en medio; no sé si le dará por agarrarme o ponerme la zancadilla para impedir mi huida.

Todas mis opciones son una mierda, así que solo me queda enfrentarme a su mirada, demasiado tranquila para el torbellino de emociones que estoy sintiendo yo, hasta que se aburra y decida marcharse.

“Es el azul.”

Me quedo en blanco por su inesperada interrupción.

“¿Perdón?”

“Mi color favorito,” dice lentamente, como si tuviera problemas en entender el idioma. “Es el azul.”

“¿Desde cuándo?”

“Desde el día que fuimos a Hazel Field, te regalé ese ramo y vi tu cara de felicidad al ver que eran flores azules.”

“¿No sabías que era mi color favorito?”

Tate niega, esbozando una sonrisa ladeada.

“No soy tan egocéntrico como para pensar que el tono de mis ojos era tu color favorito.”

Siento cómo me arden las mejillas.

“No- no… no es por eso,” balbuceo, notando cómo el calor se propaga hasta llegar a mis orejas.

“No te preocupes, campanilla. Mantendré tu secreto a buen recaudo.”

“Entonces, ¿por qué el ramo era azul?”

“Porque el azul te hace brillar como un ángel.”

Cojo aire lentamente, dejando que los pulmones se me llenen para después vaciarse despacio. No sé qué contestar a eso, así que hago la pregunta que llevo teniendo en la punta de la lengua desde hace varios años.

“Tate, tú… ¿sientes lo mismo que yo?”

“¿Lo mismo?” Suelta una pequeña carcajada que pone patas arriba todo mi mundo y rompe mi corazón en mil pedazos.

Estoy a punto de levantarme y marcharme a casa, aunque ya sea demasiado tarde y el camino hasta River Cross me lleve horas andando. Porque una cosa es que no sienta lo mismo, y otra muy distinta es que me humille.

Pero entonces Tate alarga las manos sobre la mesa y atrapa mis muñecas. Sus pulgares dibujan círculos sobre mi piel, y no aparta la vista de la confusión que deben reflejar mis ojos.

“Julie,” dice con voz ronca. “Lo que siento por ti no es amor.” Veo cómo se mueve su nuez cuando traga. “Es algo que va mucho más allá.”

El aire se me queda atrapado en el pecho y la boca se me entreabre. Tate no espera a que procese sus palabras antes de continuar hablando: