Capítulo Veintisiete
Julie
S ujetar riendas con firmeza, bajar los talones, levantarle la cara a Dante, apretar las piernas.
Uno, dos, tres… ¿Cuatro, cinco y… al suelo?
Vaya mierda.
Reúno las pocas fuerzas que me quedan para no reflejar dolor en mi expresión cuando esta vez me clavo una rama en la parte baja de la barriga.
El pinchazo me recorre la zona y se extiende con rapidez.
Maldigo entre dientes cuando me giro para quedar tumbada de espaldas al suelo, consigo levantarme la camiseta y veo el comienzo de un nuevo moratón.
Es la cuarta vez que me caigo hoy. Y solo llevamos una hora entrenando.
“No estás concentrada.”
Cierro los ojos y respiro hondo. Otro pinchazo, esta vez en la espalda, me hace soltar un quejido por lo bajo. En la segunda caída me choqué contra uno de los saltos de madera, así que también me duele al inhalar fuerte.
Vaya día de mierda .
“¿Puedes levantarte?,” pregunta la misma voz, que hoy ya no soporto más, aproximándose a mí junto a sus pasos.
Dejo salir un gemido en respuesta, abriendo los ojos con pesadez.
“Estoy hecha una mierda, Tate. Déjame en paz,” murmuro cuando veo su estúpida cabeza sobre mí.
Me mira con el ceño fruncido, y no sé si está pensando en las mil formas que todavía me quedan de caerme de Dante o se está replanteando llamar a una ambulancia.
Voto por la segunda opción, pero, a juzgar por la forma en la que sus comisuras se elevan en una sonrisa ladeada, tendremos que usar la tercera opción.
Ser yo quien llame a la ambulancia porque he dejado estéril a Tate Weston.
“Venga, te ayudo a levantarte,” dice con suavidad, acuclillándose a mi lado.
Me dejo mover como una muñeca de trapo a pesar de las ganas que tengo de darle una patada en la entrepierna.
Dejo que me mueva a su antojo; aun si quisiera ayudarle, no podría: tengo todos los músculos agarrotados.
Hasta dentro de tres días no creo que vuelva a ser funcional.
Menos mal que es viernes y mis planes para este fin de semana eran no salir de casa ni para hacer la compra. Así podré morir en paz.
“Con cuidado,” murmura con voz ronca. Su boca está demasiado cerca de mi oreja, provocándome un cálido escalofrío que se mezclan con los pinchazos de dolor por mi cuerpo. La combinación es… inquietantemente excitante, y me odio a mí misma por reaccionar así en una situación tan inoportuna.
Sujeta mis brazos con fuerza, inclinándome hacia su pecho. El gesto me pilla desprevenida, pero siento que mis hombros se relajan cuando comienza a masajearlos con delicadeza.
“Relájate, no te voy a hacer volver a subirte al caballo.”
“Gracias a Dios,” suspiro contra su camiseta negra de algodón. “Aunque te mandaría a la mierda si me lo pidieras.”
“Lo sé.”
Mi cuerpo se sacude con su risa. Me duele la espalda con el movimiento, pero me trago el quejido. Masajea cada músculo agarrotado de mi espalda hasta que el sol comienza a desaparecer tras las montañas. Yo me dejo hacer, en silencio, sin quejas ni malas caras.
“Vamos, campanilla, un último esfuerzo.”
Tate me separa de la calidez de su cuerpo, aunque me muera de ganas de quedarme un rato más así, y me sujeta por los hombros.
Me mira con la cabeza ligeramente ladeada, inspeccionando cada rasgo de mi rostro.
Parece que busca algo que le indique que me estoy muriendo o que voy a sobrevivir.
En vez de preguntármelo, se limita a observarme en silencio, así que yo hago lo mismo con él.
Sus labios carnosos están ligeramente enrojecidos porque se los ha estado mordiendo toda la tarde; siempre lo hace cuando está concentrado.
Su nariz grande va a juego con el resto de las partes de su cuerpo: los ojos, los hombros, los brazos…
Su mandíbula se marca más cuando aprieta los dientes, y me dan ganas de extender una mano y rozarle el mentón para que libere la tensión.
No sé si estamos un minuto o media hora mirándonos, pero Tate de repente parpadea despacio y rompe el momento. Se levanta con cuidado de no hacerme daño, tirando de mí con suavidad hacia arriba para dejarme de pie frente a él.
“¿Me acercas a casa?,” pregunto en un hilo de voz, conmocionada por el íntimo momento.
Tate sacude la cabeza, esbozando de nuevo esa sonrisa que me pone la piel de gallina.
“Nop.” No dice nada más, haciéndome fruncir el ceño.
“¿Y entonces cómo pretendes que vuelva a River Cross? Lib está con Eli, y Sage y Wade están cenando fuera.”
“Es que no vas a ir a River Cross, campanilla,” contesta, encogiéndose de hombros. “Vamos a ir a mi casa porque te voy a invitar a cenar. Estás demasiado cansada como para cocinar, y no quiero que te vayas a dormir con el estómago vacío.”
Me quedo boquiabierta, pestañeando varias veces y con miles de pensamientos revoloteando sin control en mi cabeza.
“¿Tengo opción?”
“En realidad…” Hace como que se lo piensa, llevándose una mano a la barbilla. “No.”
Resoplo, poniendo los ojos en blanco. No me disgusta la idea de ir a cenar a casa de Tate; lo que no me hace tanta gracia es que no me deje decidir por mí misma.
Aunque… ahora que lo pienso, todavía tenemos una conversación pendiente. Porque en las últimas semanas no nos hemos besado una, sino dos veces.
Y ninguna de ellas ha sido casual, ni mucho menos un accidente.
Tate me prometió que hablaríamos de lo sucedido en el próximo entrenamiento, contando con que sería el lunes.
Pero hasta hoy no hemos coincidido en horarios.
No he visto a Tate desde que me dejó en casa el día de la inauguración, y ya han pasado cinco días desde entonces.
He estado muy liada con la tienda durante toda la semana, y Tate tampoco se ha quedado atrás con el tema de las clases.
Gracias a la inauguración y mi plan de promoción, la escuela de cross se ha dado a conocer en todo el pueblo y un montón de vecinos de todas las edades están interesados en que Tate los entrene. Sobre todo sabiendo de quién es hijo: uno de los mejores jinetes de Raid de la provincia.
Ya ha pasado un mes desde que hicimos el trato de organizar la competición a cambio de que yo participara en ella, así que tengo poco más de cuatro meses para darle forma a nuestras ideas.
El entrenamiento de hoy ha sido una mierda, pero así es la vida en la equitación: hay días buenos y malos.
Lo importante es sobrellevarlos con seguridad, no forzar y dejarlo cuando te duelen demasiado los huesos.
“Al menos déjame ducharme cuando lleguemos,” le digo a Tate cuando consigo recuperar las riendas de Dante. Creo que me odia después de haberme tirado cuatro veces y haberlo intentado una decena más sin éxito.
“Solo si puedo hacerte compañía,” contesta con un guiño.
“Eres imposible…,” murmuro con fastidio, aunque las ganas de que lo cumpla me devoran por dentro.
Hablamos sobre sus planes para la escuela durante el camino a los establos a caballo y después a su casa en su camioneta.
Las clases comenzarán la semana que viene, así que Tate está bastante nervioso porque desea más que nadie que todo salga bien.
Es la primera vez que entrena a tanta gente, sobre todo a desconocidos, y el reto le impone respeto, además de un poco de miedo ante la posibilidad de que se le quede grande.
“No le des tantas vueltas, Tate,” le digo apoyando una mano en su pierna mientras conduce.
El gesto nos toma por sorpresa a los dos, pero continúo hablando a pesar de tener la cara como un tomate: “Sabes muchísimo de caballos, has montado toda la vida y eres el mejor jinete de la granja. Se te da bien enseñar, y yo soy el claro ejemplo de que puedes hacerlo. Los entrenamientos conmigo han sido un éxito, quitando el de hoy … Pero verás que es mucho más fácil de lo que crees.”
“Pero eso es porque ya eras buena de antes, campanilla.”
“Tonterías.” Hago un gesto con la mano para restarle importancia, provocándole una ligera risa.
“Estoy segura de que hay gente con más talento ahí fuera y que en sus días malos no se cae mil veces. Además, tus alumnos no van a ser tan impertinentes como yo y tendrán la suficiente educación como para no mandarte a la mierda.”
“ Touché .” Suelto una risa nasal, dándole un golpe en el brazo. “Y tampoco me van a pegar.”
“ Touché ,” murmuro riendo. “Si necesitas ayuda en la organización de las clases o para colocar obstáculos o darle un par de puñetazos a alguien que se pasa de listo, avísame.”
“Lo tendré en cuenta.” Asiente varias veces. “Sobre todo la última parte…”
“Es tu negocio, Tate. No dejes que nadie te diga cómo tienes que llevarlo. Ni siquiera yo con el tema de la promoción. Eres el que siempre va a tener la última palabra, y si algo no te gusta solo tienes que decirlo y buscaremos una solución.”
“¿ Buscaremos ?”
“Claro.” Le doy una palmadita. “Trabajo para ti, ¿recuerdas?”
Tate se gira para mirarme, sonriendo de una forma que podría hacer que cualquier cosa fuera posible.
Especialmente si soy yo quien está delante.
Llegamos a su casa cuando el cielo ya está teñido de negro y el aire fresco de la noche nos recibe al bajar de la camioneta.
Después de ducharme en el baño de invitados, me pongo la ropa limpia que Tate me ha dejado encima de la cama de la habitación.
Se trata de un pantalón de chándal al que le tengo que dar varias vueltas en la cintura para que no se me caiga y una camiseta que me llega por los muslos.
Parece la ropa que utilizo para andar por casa cuando estoy sola, con la diferencia de que esta huele a él: una combinación de pino, limón y heno.
Sería capaz de reconocer su olor en cualquier parte y jamás me cansaría de él.