Epílogo
E l gélido viento de mediados de diciembre me hace temblar a pesar de llevar varias capas de abrigo y el chaleco protector.
El vaho que escapa de entre mis labios con cada respiración desaparece tan rápido como sale gracias a la velocidad a la que avanzo sobre Dante.
Sujeto con fuerza las riendas, intentando mantenerme sentada cuando enfilamos el gran obstáculo de madera.
Tengo que agarrarme a las crines del caballo cuando sobrepasamos sin esfuerzo el salto por el enorme impulso que tomamos.
Cuando giramos la última curva, un montón de gente aparece a un lado de las cintas que delimitan el camino. Sigo la mirada a lo largo del recorrido y veo varios carteles que me arrancan una sonrisa.
Cuando Brille la Escarcha
Es el primer concurso que organizo y el primero donde participo con Dante. A pesar de haber hecho este recorrido varias veces en los entrenamientos con Tate, el ambiente es completamente diferente. Y mi caballo lo nota.
Tiene más energía que de costumbre, y prácticamente me hace volar cada vez que saltamos un obstáculo. No tenía miedo de caerme, pero sentir a Dante tan nervioso debajo de mí me pone un poco tensa.
Avanzamos a toda velocidad por la nueva charca, donde hay un par de subidas y bajadas de nivel.
Dante no titubea al saltar al agua helada.
Las gotas me salpican por el cuerpo, pero no me paro a pensar en cómo me castañean los dientes, sino que aprieto las piernas y muevo las caderas para que salte con seguridad el escalón de subida.
Dante galopa como si el diablo lo estuviera persiguiendo, pero, como ya no quedan obstáculos por saltar, lo dejo correr.
Me levanto de la silla, apoyando las puntas de los pies en los estribos y llevando las manos hacia su cuello para darle libertad en el movimiento.
Vislumbro la meta a través de las lágrimas que se me acumulan en los ojos por el aire frío.
La alta velocidad a la que avanzamos me corta la respiración, pero no aparto la vista del arco que anuncian el fin del recorrido hasta que lo traspasamos.
Vuelvo a sentarme en la silla, frenando como puedo a Dante, tardando un rato en conseguir que se calme. Trotamos por el campo para recuperar el aliento por la carrera, y cuando alzo la vista, me fijo en que varias personas se acercan hacia nosotros.
Entre ellas están Sage, que me mira con una sonrisa enorme; Lib, que prácticamente corre para alcanzarnos; Wade y mi madre, que se acercan más despacio; y el hombre que lo cambió todo en mi vida. El único capaz de conseguir que hoy pudiéramos participar en este concurso.
Tate me mira con un brillo orgulloso en los ojos. No lo pienso dos veces cuando prácticamente me tiro de Dante y corro hacia él. Me lanzo a sus brazos para que me sujete con la misma firmeza que siempre he recibido cada vez que me abraza, mientras el mundo desaparece a nuestro alrededor.
“Has sido mágica, campanilla,” dice contra mi pelo, apretándome contra su pecho.
“Tú me haces brillar,” respondo con la voz tomada por la emoción. “Ha sido gracias a ti, Tate.”
Él se ríe, apartándome para mirarme a los ojos. “No, cariño. Yo no te hago falta, porque tú sola ya brillas como la escarcha.”
Me deja en el suelo con delicadeza y enmarca mi rostro entre sus manos, besándome como si fuera mi ángel y en mí encontrara las alas que nos hacen volar.