Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Veintiséis #2
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Capítulo Veintiséis #2

Sus protestas e insultos me persiguen hasta que llego a la pista de baile vacía.

Mi sonrisa no flaquea cuando me encuentro con tres mujeres bailando juntas como si fueran niñas en el patio del colegio.

Sus carcajadas resuenan por encima de la música, pero justo comienza a sonar SOS de ABBA y las risas se ven reemplazadas por chillidos de alegría.

Espero a que se tranquilicen un poco para dar un paso titubeante hacia atrás, con la mala suerte de que me ven a un lado del camino.

Intercambian una mirada entre ellas que no me gusta un pelo y, antes de que pueda reaccionar y salir por patas, estoy rodeado de unas cabelleras de diferentes colores mientras me empujan por la hierba.

Juro que puedo escuchar los silbidos y aplausos de mi hermano y mi amigo al otro lado del recinto.

“¡Tate, vamos a bailar!,” exclama Sage, tirando de mis manos.

“Hay que celebrar que la inauguración ha sido un éxito,” dice mi hermana quitándome el sombrero para lanzarlo al aire.

“Luego podrás volver con tus amigos, pero ahora eres nuestro ,” añade Julie con una risita, empujándome por la espalda.

Joder, no sabe cuánto me gustaría ser suyo.

Agradezco que no pueda verme, porque sentir sus pequeñas manos haciendo fuerza en mi espalda es suficiente para ponerme nervioso.

“No quiero bailar, chicas, solo venía a ver si necesitabais algo,” gimoteo, intentando darles pena y que se apiaden de mí.

Pero consigo el efecto contrario, y sus carcajadas se escuchan por encima de la canción.

“ Necesitamos que bailes con nosotras, Tate,” dice Lib con una enorme sonrisa.

“Tú eres el único que saldría a bailar con nosotras con un par de copas encima. Los otros dos especímenes con los que te juntas no cumplen ninguno de nuestros deseos nunca,” se lamenta Sage, lanzándoles una mirada fulminante a pesar de que no puedan verla desde tan lejos.

Trato de resistirme otra vez, clavando los pies en la tierra, pero son demasiado fuertes.

“Pero si solo he bebido agua.”

“Venga,” Julie arrastra las vocales, dejando de empujar para ponerse delante de mí. “Solo son cinco minutos, luego podrás irte a hacer cosas de macho como limpiar estiércol o cortar algo de leña.”

“Campanilla, estamos en verano,” digo con el ceño fruncido.

Lib se pone al lado de Julie, mirándome con los ojos entrecerrados.

“Pues en todas esas películas y libros donde hay leñadores buenorros da igual la estación del año, que el prota siempre está con un hacha en la mano y sin camiseta.”

“Creo que te estás confundiendo con American Psycho ,” le corrige Julie medio riendo.

“No es una peli de asesinos,” insiste mi hermana. “Es sobre el mítico ermitaño que vive en una cabaña en las montañas y solo sabe gruñir y ser un borde.”

“Vaya, igualito a Wade cuando llegué,” murmura Sage con una sonrisita.

“Además, Christian Bale no tiene nada que hacer frente a todos esos leñadores,” finaliza mi hermana, cruzándose de brazos, triunfal.

“No tengo nada que añadir, señoría,” dice Julie con un tono serio. Sage asiente a su lado, apretando los labios para ocultar su risa.

¿Y qué se supone que tengo que decir yo ahora?

Me miran expectantes, como si fuera culpa mía y estuviera loco por no cortar leña sin camiseta cuando hasta hace dos días estábamos a treinta grados.

En vez de seguirles el juego —porque me da miedo dónde acabará la conversación— decido rendirme, muy a mi pesar, y señalo el espacio frente a los altavoces en la hierba.

“¿Vamos a bailar o vais a seguir discutiendo sobre si debería quitarme o no la camiseta?”

“¡Por favor, no te la quites!”

“¡Quítatela!”

Exclaman todas a la vez antes de estallar en carcajadas.

A pesar de no saber quién ha dicho qué, una enorme parte de mí se imagina que Julie ha sido la que ha dicho solo una palabra.

Pero, por mi salud mental, me convenzo de que no ha sido ella, sino Sage, y que Julie no me lanza una mirada culpable cuando deja de reírse.

Tiene un brillo diferente en los ojos, como si se sintiera más a gusto, más libre conmigo.

Bailamos al ritmo de las canción de ABBA sin importar que no haya nadie más en la zona. Les echo miradas de vez en cuando a los vecinos rezagados que se habían quedado cenando. Pero la última vez que miro, después de varios minutos concentrado en las mujeres que tengo alrededor, ya no queda nadie.

Cuando la música termina y apagamos el reproductor y los altavoces, el silencio inunda el lugar. Mi hermano se acerca para despedirse y llevar a Sage a casa. Dorian nos da un abrazo antes de marcharse. Quedamos mi hermana, Julie y yo en medio de un campo sin gente.

Sé que Lib la trajo desde River Cross y tenía pensado llevarla de vuelta, pero casi suelto una carcajada cuando la veo bostezar como si llevara despierta veinticuatro horas.

“Ve a dormir, yo la llevo a casa.”

“Tampoco iba a poder llevarla, creo que me he bebido como diez cervezas,” admite, mirando a su amiga con una sonrisa apenada.

“No te preocupes, Lib,” contesta ella medio riendo. Se vuelve hacia mí pestañeando con rapidez. “Si no te importa…”