Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Veintiséis
83%

Capítulo Veintiséis

Tate

S us dulces labios bailan contra los míos.

Mi lengua se abre paso entre ellos, recibiéndome en la cálida humedad de su boca.

Cada vez que inspiro puedo oler el aroma a lavanda que desprende su cabello.

Es como si tuviera un ramo de flores entre mis manos.

La suavidad de sus labios son como pétalos en primavera.

Las punzadas en mi nuca cuando me clava las uñas cada vez que profundizo el beso…

“Tierra llamando a Tate.” Un resoplido. “Está pasmando otra vez.”

“Pero si hace un segundo nos estaba contando el planning .”

“Pues míralo, está ahí como un pasmarote.”

“Tate, ¿puedes oírme?”

“No parece que pueda oír más que el sonido de su propia voz dentro de esa cabeza de almendra que tiene.”

Una risa entre dientes.

“Ha sido en cuanto ha entrado Julie.”

“Julie… ¿qué le has hecho?”

“¿Yo? Nada. ¡Lo juro!”

“Nunca jures antes de tiempo…”

Un silencio.

Después, unas risitas.

“No se os puede dejar solos, tortolitos.”

Un quejido.

“¿Qué hacemos ahora?”

Otro silencio.

“¿Tienes un vaso por ahí?”

Un grifo abriéndose.

Y, de repente, algo muy frío. Y húmedo.

Doy un respingo sobre el asiento, levantándome a toda prisa para huir de lo que sea que me esté atacando.

Joder, me he quedado en babia.

Otra vez.

Vete tú a saber cuántas veces me he perdido en ese beso desde el domingo, pero ya es miércoles y no puedo parar de pensar en ello.

Porque he besado a Julie.

Otra vez.

Son tantas las veces que nos hemos besado a lo largo de estos últimos años que ya he perdido la cuenta. Pero, a pesar de haberlo hecho decenas de veces, esta ha sido la primera en la que han aparecido las mariposas en el estómago. Y no solo eso: han montado una fiesta con rayos y truenos incluidos.

Todavía puedo sentir los chispazos que me recorrían bajo la piel cada vez que me tocaba.

Y ahora, por si no fuera suficiente tortura tenerla rondando en mi cabeza todo el día, está justo delante de mí.

Les estaba contando a Sage y Lib el plan de este fin de semana para la inauguración del recorrido de cross, pero en cuanto Julie ha entrado por la puerta me he quedado paralizado.

Tardo varios segundos en enfocar lo que tengo delante. Sage, con los brazos cruzados y una sonrisa que no augura nada bueno; mi hermana, con un vaso vacío en las manos y las cejas alzadas; y Julie con el ceño fruncido y la boca torcida en una mueca.

Bajo la vista por su cuerpo lentamente, memorizando la imagen. Lleva un vestido amarillo vaporoso que se ciñe a su pecho y su cintura como si estuviera hecho a medida para después caer en una falda hasta las rodillas.

Sigo bajando y, por Dios … unas bonitas y brillantes botas rojas envuelven sus pies.

Esta mujer me va a provocar un infarto .

No soy capaz de articular palabra todavía, así que me limito a carraspear con fuerza.

“¿Se está atragantando?,” pregunta Sage.

“¿Voy a por más agua?”

“¡No!,” exclamo, extendiendo los brazos hacia ella para frenarla antes de que le dé tiempo a dar un paso.

Mi hermana esboza una sonrisa burlona, dejando el vaso vacío en la encimera antes de alzar las manos en señal de rendición.

Pero ni aun así me siento seguro con ella cerca.

“¿Estás bien?,” pregunta Sage con el ceño fruncido. “Parecía que te estuviera dando algo.”

“Sí, como aquella vez en The Red, ¿te acuerdas? Y también pasó algo similar, justo cuando apareció Ju-”

“Claro que me acuerdo,” interrumpo a mi hermana antes de que termine la frase.

Siento la cara ardiendo a pesar de estar empapado de agua helada.

“Les estaba contando a estas dos los detalles sobre la inauguración del sábado.” Miro a Julie cuando hablo, que esboza una sonrisa ladeada, sin duda consciente del color rosado de mis mejillas.

“Sigamos con lo que os estaba diciendo... ¿Dónde me he quedado?”

Lib suelta una risa, subiéndose al mostrador.

“Estabas diciendo algo sobre unas flo-”

“¡Ah, sí!,” la interrumpo antes de que sea demasiado bocazas.

Otra vez .

Le lanzo una mirada asesina, sentándome de nuevo en el taburete a su lado. Mi hermana me mira torciendo la boca, pero se pasa los dedos por la boca como si cerrara una cremallera.

“Como os he dicho, por la mañana se hará el recorrido a caballo. Enseñaré todos los senderos y la zona. Quienes no quieran acercarse, como Lib, también se hará una retransmisión en la zona de la comida a través de una pantalla. Cuando terminemos será la hora de la comida, de la que se encarga Theo, y por la tarde habrá un par de conciertos para quienes se quieran quedar a pasar el día.”

“Que, con algo de suerte, serán todos los invitados,” añade Julie, guiñándome un ojo.

Por Dios … No la había visto desde el domingo, así que me alegra saber que no hay ningún tipo de incomodidad entre nosotros.

Más allá de mi extraña manía de quedarme pasmado cuando aparece de sorpresa.

Solo quiero que pase esta semana y la inauguración para poder tener un rato libre y hablar de lo ocurrido.

Hasta entonces, me conformo con que se ría con mi incapacidad de concentrarme cuando la tengo cerca.

Asiento, volviéndome hacia ella. “Espero conseguir alumnos para que se apunten a las clases y así comenzar cuanto antes el curso de cross.”

“Suena bien,” dice Sage, mirándome con una sonrisa orgullosa. Me da un apretón en el brazo antes de acercarse a la puerta. “Tengo que volver al trabajo, pero avísame si necesitas ayuda con algo de la organización. Aunque parece que te va muy bien con nuestra amiga…”

Le lanza una mirada significativa a Julie, que se pone colorada y maldice entre dientes. Sage cierra la puerta después de salir, y el sonido de sus carcajadas resuena a través del cristal.

“Tú también deberías volver al trabajo,” me dice mi hermana, señalándome con las cejas alzadas.

“Y yo que comenzaba a pensar que disfrutabas con mi compañía,” me burlo, bajándome del taburete de un salto. Lib desaparece tras la puerta del almacén, refunfuñando por lo bajo al desear haber sido hija única.

Le sonrío inocentemente a Julie cuando paso por delante de ella para marcharme, pues todavía no se ha movido de la puerta desde que llegó.

Me despido con un beso en la mejilla. Es solo un ligero roce, pero me fijo en cómo aguanta la respiración durante los pocos segundos que dura.

El gesto la toma tan desprevenida como a mí, y me separo de ella antes de que me pegue un guantazo por pasarme de la raya.

“Hasta el sábado, campanilla,” murmuro con toda la seguridad que me lo permite el cuerpo.

“Nos vemos, Tate,” susurra Julie, ladeando la cabeza como si intentara descifrar cómo deberían encajar las piezas de un puzle que solo ella puede ver.

Le regalo una sonrisa antes de marcharme. Anhelo poder tocarla como hace unos días, pero me conformo con aferrarme al recuerdo de su suave piel en mis labios hasta el día de la inauguración.

El sol desciende a una velocidad vertiginosa hasta ocultarse al otro lado de las montañas, bañando el cielo de unos tonos anaranjados irreales que parecen de película.

El día entero ha pasado en un abrir y cerrar de ojos y, casi sin darme cuenta, la noche se cierne sobre Almond Valley.

Los últimos minutos de la inauguración llegan a su fin.

Los vecinos que conozco se acercan a la mesa donde estoy acomodado junto a mi familia para despedirse y darme la enhorabuena.

He perdido la cuenta de las veces que he estrechado manos en menos de doce horas.

Incluso los nuevos vecinos de River Cross y habitantes de pueblos cercanos vienen para decirme unas últimas palabras antes de marcharse.

La fiesta termina entre las risas de los invitados, la música olvidada a un lado de la zona de baile, las flores azules adornando cada esquina del recinto, el sonido de los vasos chocando y los caballos relinchando.

Vuelvo a ponerme en pie para despedirme con un abrazo de mi madre y mi abuela. Han aguantado toda la jornada encantadas, pero a todos nos pesan las horas del día.

El cansancio se ve reflejado en sus rostros, y les doy un beso en la sien a cada una.

“Estamos orgullosas de ti, Tate,” me dice la abuela Mira mientras me toca la mejilla. Sonrío antes de besarle la palma.

“Gracias por venir.”

En la mesa están bebiendo con calma Wade y Dorian, hablando sobre la hija del último, Daisy.

“Está en casa de sus abuelos, en Honey Ridge. Quería traerla para que viera los caballos, pero ya sabes cómo es Sloane. Si a mí me dicen que soy sobreprotector con Daisy, no te imaginas cómo es ella,” dice Dorian, riendo.

“La pequeña tiene una obsesión brutal con los caballos, no puede vivir sin ellos. Obviamente se puso a llorar en cuanto se enteró de que no vendría conmigo.” Suspira, pasándose las manos por la cara.

“Me dio tanta pena que estuve a punto de no venir.”

Dorian me mira con los ojos teñidos de culpa, y no puedo hacer más que soltar una carcajada.

“Eres demasiado blando para ser un padre soltero,” digo, dándole un apretón en el hombro.

“No soy blando,” replica con el ceño fruncido.

“Lo eres,” rectifica mi hermano. “Si fuera mi hija, me hubiera ido sin remordimientos. Sin drama ni negociación.”

Dorian resopla, negando mientras le da un trago a su cerveza.

“Claro, a ti no te costaría porque tienes la sensibilidad de una piedra.”

Me río de nuevo al imaginarme a Wade con críos.

“Eso es un hecho. Ahí sí que no hay negociación,” asiento, mirando a mi hermano con una sonrisa burlona.

Él gruñe en respuesta, pero no nos lleva la contraria. Me encanta tocarle las narices, pero sé que en el fondo —muy en el fondo—, debajo de todo ese muro de piedra maciza, hay un corazoncito bombeando.

Aunque solo lo haga por Sage…

“Voy a ver cómo están mis invitadas favoritas,” digo, pasándoles una mano por la cabeza para alborotarles el pelo —o, en caso de Wade, hacerme cosquillas con su rapado.

Ambos refunfuñan y amenazan con pegarme, pero huyo de ahí antes de que les dé tiempo a levantarse.

Son unos ancianos, no podrían ni alcanzarme.