Capítulo Veinticinco #3
La sonrisa no desaparece de mis labios cuando avanzamos por la charca y mi caballo no titubea.
Estoy empapada de agua y cubierta en sudor, pero ver a Dante tan contento y libre es suficiente como para que no me importe.
Aprieto las piernas para que salte el escalón que pone fin a la zona con agua, soltando una carcajada al casi salir volando por la fuerza del impulso.
Me recoloco en el asiento sin dejar que Dante caiga al trote, agarrándome con fuerza a sus crines para recobrar el equilibrio.
Recuerdo las instrucciones de Tate en mi cabeza durante todo el recorrido como si fueran mi mantra: sujetar a Dante cuando saltamos y dejarlo correr en las zonas planas.
Parece mentira que solo llevemos dos semanas entrenando para aprender a gestionar la energía de Dante.
Pensé que no aguantaría hacer el recorrido entero sin cansarse, pero me sorprende al apretar el paso cuando encaramos los últimos obstáculos.
Vuelvo a sentarme y a contar en mi cabeza, manteniendo la calma mientras el caballo acorta la distancia con sus amplios trancos y se alza sin problema sobre los troncos de madera.
No puedo parar de reírme y acariciar a Dante cuando aterrizamos en la mullida tierra tras sobrepasar el último obstáculo.
Todavía no me creo que en tan poco tiempo hayamos conseguido hacer el recorrido de principio a fin sin más problemas que una pequeña confusión en la medida del impulso para saltar.
Suelto las riendas y me inclino sobre el cuello de Dante para acariciarlo como se merece y recuperar el aliento.
Cuando los acelerados latidos de mi corazón vuelven a su velocidad normal tras la carrera, vuelvo a colocarme sobre la silla, alzando la vista en busca de un sombrero marrón.
Y ahí está, esperándome subido a su yegua con una sonrisa de oreja a oreja que ilumina su rostro.
Joder, debería ser ilegal ser tan guapo .
Recupero las riendas para dirigir a Dante hacia ellos al trote. Casi sin aliento y acompañada de una sonrisa satisfecha, me quito el casco sin dejar de avanzar.
No sé en qué pienso —probablemente en nada— cuando freno a Dante justo a su lado y prácticamente me lanzo para abrazar a Tate. Mi gesto lo toma por sorpresa, porque se queda paralizado. Tarda varios segundos en reaccionar, como si no se lo creyera, antes de rodearme con sus fuertes brazos.
Me estrecha contra su cuerpo, que encaja a la perfección con el mío, como si los hubieran hecho a medida.
No parece importarle que esté cubierta en sudor, porque desliza una mano por mi cintura mientras me pasa con delicadeza la otra por el pelo antes de sujetarme por la nuca para atraerme un poco más hacia él.
Apoyo la mejilla contra su firme pecho, y escucho los latidos de su corazón, que retumban a la par que los míos, fuertes y rápidos.
Tengo que reunir toda la fuerza que me queda para apartarme lo justo y mirarlo a los ojos. Observo un brillo diferente en ellos, como si la alegría se mezclara con la emoción. Escucho a mi cuerpo, pues ahora es quien toma las decisiones, y alzo las manos para entrelazarlas en su nuca.
Bajo la vista hacia su boca, solo para comprobar que su sonrisa sigue ahí. Me paso la lengua por los labios para humedecerlos después de la carrera, y no se me escapa cómo el pecho de Tate se hincha al respirar hondo con la vista clavada en mi boca.
Cuando se trata de Tate, no me cuesta dejar que mi cuerpo decida por mí antes que mi corazón.
Y por eso no me supone un esfuerzo inclinarme hacia delante y acortar la distancia que nos separa.
No llego a besarlo de verdad, apenas rozo sus labios, pero basta para que una descarga eléctrica me recorra de arriba abajo.
Me separo muy a mi pesar, completamente empapada y jadeante. La decepción me golpea al ver que Tate ha dejado de sonreír y no muestra emoción alguna en sus tensas facciones. Lo observo unos segundos, esperando algo —cualquier cosa— antes de que la vergüenza me inunde.
Que me rechace con palabras es algo que puedo soportar, pero que no corresponda al beso resulta desolador.
Mi corazón no puede estar más destrozado cuando me separo de él y dejo que el aire vuelva a correr entre nosotros. Siento la piel de gallina a pesar de que estemos a veinte grados, y me obligo a desenlazar las manos de su cuello para cruzar los brazos.
Pero me detengo a medio camino cuando Tate vuelve a tocarme. Sus manos se deslizan despacio por mi piel con una suavidad que me deja sin aliento. Es un roce tan sutil que creo imaginármelo, pero mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
Vuelvo a inclinarme hacia él, incapaz de resistirme a la atracción entre nosotros.
El nudo en mi pecho sigue ahí, pero desaparece por completo cuando Tate me sujeta la nuca con una mano e inclina la cabeza hacia mi cuello. Inspira hondo, haciendo que mi respiración se entrecorte, antes de depositar un delicado beso sobre mi pulso.
“No sabes cuánto tiempo llevaba deseando hacer esto,” murmura contra mi piel.
Antes de que me dé tiempo a procesar lo que está ocurriendo, sus labios ya están sobre los míos.
Me besa con una ferocidad inesperada con la que confirma cada una de sus palabras.
Le devuelvo el beso con la misma intensidad, pasando de nuevo las manos por sus hombros.
Juego con los mechones de su pelo que se cuelan bajo el sombrero de vaquero, que no tardo en quitarle de un movimiento.
Rozo provocativamente la piel desnuda de su cuello con las uñas, consiguiendo que Tate deje salir un ronco gemido contra mi boca.
El sonido me enciende sin remedio, y no lo pienso cuando deslizo la lengua por su labio inferior, como si pidiera permiso.
Tate abre la boca para darle la bienvenida a mi lengua.
Me acaricia con una suavidad mágica, provocando un hormigueo en todo mi cuerpo.
Me agarra de la nuca para inclinar mi cabeza y profundizar el beso, arrancándome un gemido que desaparece entre sus labios.
Había besado a Tate decenas de veces antes, pero esta es diferente.
Me siento más unida a él, como si nuestros corazones por fin se hubieran puesto de acuerdo para latir a la vez y con la misma intensidad.
Me quedaría horas, días, besando a Tate sin parar.
Es como si ahora pudiera reemplazar el oxígeno por sus labios y fueran lo único que necesito para vivir.
Y por eso rechisto cuando se separa y junta nuestras frentes para recuperar el aliento.
Mantengo los ojos cerrados mientras siento un cosquilleo en la nuca, ahí donde Tate me acaricia el pelo.
Deslizo la mano por su mejilla, sonriendo al ver cómo inclina la cabeza para apoyarse contra mi palma.
Tate es el primero en apartarse, y mi mano cae hasta posarse en su pecho, que sigue subiendo y bajando a toda velocidad.
Cuando abro los párpados, me encuentro con sus ojos azules como una tormenta en medio del océano.
Me mira con una pequeña sonrisa, igualita a la mía, y sigo el movimiento de su garganta cuando traga con fuerza.
Joder, quiero volver a besarlo .
“Ha sido una pasada verte hacer el recorrido, campanilla,” susurra sin dejar de mirarme, pasándome un mechón que se ha soltado de mi trenza por detrás de la oreja.
Mi sonrisa se ensancha al recordar por qué estamos aquí, todavía encima de nuestros caballos.
“¿Has visto que casi me caigo?” Tate asiente, rozándome la nuca con los dedos. Es como si no pudiera apartar las manos de mí, como si hubiera estado resistiéndose durante todo este tiempo y ahora la batalla estuviera perdida.
“Y aun así lograste volver a estabilizarte.”
Ahora es mi turno de asentir, bajando la vista a sus labios.
“¿Y qué pasa si ahora quiero lo mismo contigo?,” me atrevo a preguntar, observando sus pupilas dilatadas.
“¿A qué te refieres?” Su voz ronca provoca un calor incontenible entre mis piernas, y tengo que morderme el labio para no perder el control.
“A que besarnos se ha sentido como caer,” admito en un hilo de voz, acercándome de nuevo hacia él. “Y ahora quizá tengamos que aprender a mantener el equilibrio.”
“Entonces no te sueltes, cariño. Porque no pienso dejar de caer contigo.”
Y, como si sellara una promesa que pone patas arriba todo mi mundo, Tate vuelve a estampar sus labios contra los míos con una delicadeza que hace que me derrita entre sus brazos.