Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Veinticinco
78%

Capítulo Veinticinco

Julie

R ecojo uno de los doscientos papeles que hay repartidos por el suelo a mi alrededor.

Lo leo varias veces antes de volver a dejarlo donde estaba y apuntar en mi nueva libreta lo necesario.

El reloj de la pared, colgado encima del corcho, me recuerda que debo darme prisa si quiero terminar hoy todo este desastre.

Tengo el culo entumecido por llevar más de cuatro horas sentada en el frío suelo, pero necesitaba el espacio. Me organizo mejor si tengo toda la información repartida por las losas de hormigón, a la vista, sin que los folios estén desorganizados y amontonados encima de un escritorio minúsculo.

Me desperezo alzando los brazos por encima de la cabeza, escuchando cómo me estalla la espalda cuando inclino el cuerpo hacia los lados. Debería levantarme para estirar las piernas, pero solo necesito dos minutos más para terminar esto y luego ya podré largarme.

Cojo otro folio con un montón de líneas y medidas apuntadas a ordenador justo cuando la puerta se abre delante de mí. No alzo la vista para ver quién es. Solo una persona vendría por aquí.

“¿Todavía sigues aquí?”

Hago un ruidito afirmativo sin dejar de mirar el plano del recinto. Giro el folio intentando visualizar dónde irían las mesas, teniendo en cuenta el espacio que ocuparía la barra.

“¿Te has levantado de ahí en algún momento de la tarde?”

Vuelvo a hacer otro ruidito, esta vez negativo, mientras muevo la cabeza de izquierda a derecha. Aprovecho el movimiento para estirar el cuello y suelto un suspiro al sentir un alivio instantáneo.

“Deberías dejarlo ya.”

Escucho cómo el recién llegado resopla con fuerza, y tengo que hacer acopio de todas mis fuerzas para no ablandarme y hacerle caso.

Si no termino esto hoy, no voy a poder dormir esta noche. Es una manía que tengo desde pequeña: si empiezo algo, tengo que terminarlo. Mi cuerpo no me deja relajarme, y me cuesta horrores focalizar mi atención en cualquier otra cosa que no sea lo que estoy haciendo.

Por eso tampoco levanto la vista cuando escucho cómo se acerca, sorteando los papeles para no pisarlos, y se agacha a mi lado.

“Campanilla,” me llama su voz ronca. Frunzo el ceño, pensando en cómo voy a meter a cien personas en un recinto de doscientos metros cuadrados. Necesitamos como mínimo cuatrocientos. ¿Podremos usar el prado de la izquierda-?

“Julie. Mírame.”

El tono autoritario que emplea me hace perder el hilo, obligándome a levantar la vista para encontrarme con sus ojos azules bañados de preocupación.

Frunzo el ceño, sosteniéndole la mirada.

Reprimo las ganas que me inundan de acercarme a él que me dejan sin aliento. Me piden que levante la mano y acaricie su incipiente barba en un gesto instintivo por borrar la desazón de su expresión.

“¿Va todo bien?,” pregunto en un hilo de voz, analizando cada línea de sus marcadas facciones. Está tan cerca que su aroma a cuero y heno me nubla los sentidos. Si me inclinara un poco podría rozar la punta de su nariz con mi frente.

“Eso te iba a preguntar yo, campanilla,” dice, bajando la vista un segundo hacia mis labios.

“El trato no era que te encerraras como Rapunzel en su torre, sino que trabajaras en la organización cuando tuvieras algún rato libre. No hay prisa en hacer la inauguración, y yo puedo echarte una mano con…” echa un vistazo al papel que todavía sujeto entre mis manos “…los planos.”

“Pero ya casi he terminado,” murmuro, mirando mi libreta para intentar explicarle lo que he apuntado, pero él continúa hablando sin escucharme.

“Llevas aquí metida toda la tarde, sola, pasando frío sentada en el suelo y organizando un evento para una persona que ni siquiera te cae bien. Seguro que tienes mejores cosas que hacer que pasar horas delante de estos papeles, como visitar a Evan o estar un rato con tu familia. Es viernes por la noche, maldita sea, deberías estar con tus amigas.” Hace una breve pausa para respirar hondo y bajar la voz.

“Me moriría si por mi culpa no tuvieras tiempo para hacer tu vida, campanilla.”

Ahora sí, no me contengo cuando suelto el folio y alzo las manos para posarlas sobre sus mejillas, enmarcando su rostro. El gesto lo coge por sorpresa, tensándose bajo mi contacto, pero me mantengo firme y lo miro con toda la seguridad que me lo permite el cuerpo.

Agradezco estar sentada, porque si estuviera de pie tendría las piernas hechas gelatina y estoy segura de que me caería de culo.

“Tate, esta inauguración me importa tanto como a ti,” digo con decisión.

“Sé lo mucho que te ha costado llegar hasta aquí y cuánto significa para ti el proyecto de cross, por eso quiero que sea perfecto. Lo siento si no te gusta mi forma de trabajar, pero si llevo toda la tarde aquí encerrada es porque quiero. Me da igual que sea viernes por la noche, ya veré a las chicas mañana.” Trago saliva antes de añadir: “No me siento obligada a trabajar ni estoy pasando por un infierno, así que agradecería que no te preocuparas por mí. Y claro que me caes bien, idiota. Pero cuando me concentro en algo me olvido de todo lo que me rodea y pierdo un poco la noción del tiempo.” Suelto una risa nasal al mirar el reloj de la pared, que ya marca las diez de la noche. “Bueno… puede que bastante.”

Tate sacude la cabeza, mirándome sin reírse, pero siento cómo se relaja bajo mi tacto. Inclina la cabeza hacia un lado, y mi respiración se entrecorta al ver cómo cierra los ojos al apoyarse en mi mano.

“Estás loca si piensas que no voy a preocuparme por ti, cariño,” susurra, rozando mi piel con los labios.

Mi boca se entreabre sin poder evitarlo.

Siento que caigo al vacío lentamente al no entender lo que está ocurriendo.

¿Qué me quiere decir con eso? ¿Por fin habrá llegado a su fin el tiempo que dijo que necesitaba?

He sido paciente durante todos estos meses, esperándolo, aferrada a esa promesa que dejó suspendida en el aire la última noche del Wildflower Waltz.

Bajo las manos por su rostro y dejo que continúen su recorrido hasta reposar en mis rodillas. Tate esboza una sonrisa ladeada, como disculpándose, antes de abrir los ojos. Espero que vuelva a mirarme para pedirle explicaciones, pero antes de que pueda decir nada, él se me adelanta.

“El domingo vas a hacer el recorrido entero con Dante,” dice con suavidad, como si estuviera pidiéndome permiso. Asiento una vez, algo aturdida por el cambio de conversación. “Estoy seguro de que no tendrás problema con los obstáculos ni con el agua. Lo has repetido mil veces.”

Y es cierto; la semana pasada estuve todos los días entrenando en la charca.

“¿Dónde estarás tú?,” pregunto en un susurro.

“Al final de todo,” dice en el mismo tono. “Te esperaré junto al último obstáculo, preparado para darte la enhorabuena.”

“¿Y si me caigo por el camino?”

“Te levantas y te vuelves a subir. Si te ocurre algo, lo sabré,” contesta con una firmeza sorprendentemente delicada.

“Cuando terminé de colocar los obstáculos me aseguré de instalar cámaras por todo el recorrido por si alguna vez me pasaba algo. Siempre le mando un mensaje a Wade cuando voy a entrenar solo, así sé que estará atento a las cámaras si no recibe otro al terminar.”

“Vaya… lo tienes todo pensado.”

Tate se levanta sin dejar de mirarme, como si temiera que fuera a desaparecer si aparta la vista.

“Hay que estar preparado,” dice, guiñándome un ojo.

Y, así de rápido, la atmósfera íntima desaparece, dando lugar a la inusual comodidad que nos ha acompañado estas últimas semanas.

Con una leve sonrisa, recojo los papeles que cubren el suelo grisáceo.

Trato de disimular la agitación en mi pecho cuando veo por el rabillo del ojo cómo Tate vuelve a agacharse para ayudarme.

“¿Necesitas que te eche una mano con todo esto?,” pregunta, alzando una carpeta que pone Comida , donde están los datos de The Red y unos cuantos restaurantes más de la zona.

Sacudo la cabeza.

“Lo tengo controlado. Ya tengo la lista de los vecinos que vendrán, los planos del recorrido y la zona donde se pondrá la barra con las mesas. Solo me falta que me resuelvas un par de dudas sobre el terreno y confirmar con Theo la comida que preparará y cuántos camareros va a necesitar.”

Tate deja los papeles perfectamente ordenados encima del escritorio antes de volverse hacia mí, todavía sentada en el suelo.

“Y luego soy yo quien lo tiene todo pensado al detalle...,” murmura con una sonrisa burlona. “¿Has decidido cuándo será?”

Asiento. El otro día me sorprendió al dejarme elegir el día, con la pobre excusa de que, al ser yo quien lo organiza, me merecía decidir algo importante.

Como si no me hubiera dejado elegir todo lo demás…

“La fecha ya está apuntada en el calendario de todo River Cross; es el primer sábado de septiembre, la semana que viene.”

“Es perfecta, campanilla. Gracias.” Esboza una sonrisa de oreja a oreja. Con una sola zancada queda de pie frente a mí. “Venga, te llevo a casa. Tienes que estar descansada para el domingo.”

Extiende una mano para ayudarme a levantarme del suelo, pero no se le escapa la mueca de dolor que hago cuando me tiene que sostener porque tengo todos los músculos del cuerpo entumecidos.

“Y mañana ni se te ocurra venir por aquí,” me advierte, lanzándome una mirada amenazante tan poco usual y dura en él que solo consigue hacerme reír.

La voz de Nancy Sinatra cantando These Boots Are Made For Walking resuena a todo volumen en cada esquina del local abarrotado de gente.

Apenas cabe un alfiler entre toda la clientela.

Hay quienes están sentados, como nosotras en nuestra habitual mesa, y los que hace tiempo se rindieron en la búsqueda de un sitio vacío y permanecen de pie aunque apenas sean las siete de la tarde.

Aprovecharse del aire acondicionado de The Red es la excusa perfecta para huir de los inusuales treinta grados de la calle.

Incluso yo en mi pequeño apartamento estaba comenzando a agobiarme, cansada de aguantar delante de mi pequeño ventilador sin poder hacer nada más que perseguir su lento movimiento.