Capítulo Veinticuatro
Tate
V olvemos a Almond Valley en el mismo día a pesar de que ya no hay ni rastro del sol y son varias horas de viaje.
Wade tiene que trabajar mañana, yo tampoco quiero perder un día de trabajo y ambos creemos que aprovecharnos de la hospitalidad de Evan es pasarse.
Ya hemos cruzado una línea viniendo a su casa, retomando el contacto y preocupándonos por él después de todos estos años.
Como le dije a Julie hace unas horas, nada va a ser lo mismo ni tendremos la misma amistad que cuando éramos unos críos, pero hay que empezar por alguna parte.
Y visitarlo después de haber estado en el hospital creo que es ir por el buen camino.
No pretendemos volver a ser sus amigos y que mágicamente sea todo perfecto, sino más bien que Evan recuerde que puede contar con nosotros si le ocurre algo o necesita ayuda.
El viaje de vuelta se pasa volando. Aunque puede ser que sea porque me paso durmiendo tres cuartas partes del camino. Para cuando despierto, ya reconozco la carretera y los árboles que nos rodean. Al mirar por la ventanilla vislumbro en la oscuridad el cartel que anuncia nuestra granja.
“¿Has dormido bien, princesa?”
Me estiro sin vergüenza alguna, alzando los brazos por encima de la cabeza.
“¿Princesa?”
“Roncabas como Fiona en Shrek ,” contesta apretando los labios con la vista clavada en el asfalto.
Alzo las cejas, girándome para mirarlo.
“El sueño te está afectando, Wade. ¿Eso que acabas de hacer es una broma?”
“Otro igual…,” masculla entre dientes, apretando con fuerza el volante.
Suelto una risa ligera, acomodándome de nuevo en el asiento mientras entramos en nuestras tierras. Solo se escucha el ruido de las ruedas deslizándose por los caminos de piedras y la suave melodía de una canción country sonando por los altavoces.
“Ha estado bien volver a ver a Evan,” me sorprende diciendo mi hermano después de un rato en silencio.
“Se le echaba de menos,” reconozco, asintiendo. “Está igual que cuando éramos pequeños. Le siguen saliendo esas pecas en las mejillas en verano.”
“Y sus rizos indomables siguen igual de despeinados,” añade Wade, soltando una pequeña risa entre dientes.
“Ojalá todo fuera igual de fácil que cuando éramos críos. Me jode haber venido solo porque tuvo un accidente.” Me paso la mano por los ojos, intentando ahuyentar el sueño y el malestar. “Perder un dedo suena a putada, sobre todo para él, que vive de trabajar con las manos.”
“Los médicos dijeron que con rehabilitación volverá a tener movilidad, pero nunca volverá a ser lo mismo,” dice, soltando un suspiro cansado.
“Cuando te marchaste para ver a Julie, nosotros seguimos hablando. Me enseñó el taller y los trabajos que ha estado haciendo durante estos años. Es muy bueno, Tate. Ya me lo demostró cuando hizo el cartel para Sage de Trust & Trot. Tiene muchísimo talento.”
“Espero que el accidente no le afecte demasiado.” Tuerzo la boca. “Lo último que se merece es tener que cambiar de trabajo.”
Mi hermano asiente, apretando la mandíbula.
Si cortarse un dedo ya es una experiencia traumática, tanto física como psicológicamente, perder el trabajo por ello debe de sentirse como caer al infierno. No me quiero imaginar cómo se debe sentir Evan.
Wade me deja en casa, recordándome que la semana que viene tendremos que vernos todas las mañanas para construir un nuevo cercado para el ganado.
Después de la subasta de hace un mes, las cuadras quedaron medio vacías, así que han estado buscando algunas reses nuevas para llenar parte del espacio.
Ha sido el primer año que vendieron tantas vacas, así que este verano se está notando la falta de trabajo en la parte ganadera.
Además de tener las mañanas ocupadas con Wade, una de las tardes voy a organizar una visita a Almond Valley con la única persona que suele visitar Almond Valley y que todavía no ha visto el recorrido de cross.
Mi campanilla.
Antes de marcharnos a casa, y después de escuchar sus infinitas ideas para el concurso de Almond Valley, le prometí que le haría una visita privada por la zona. Me muero de ganas de redactar una lista con todas las cosas que quiero enseñarle y hablar con ella, pero hoy debería descansar.
Ha sido un día largo, lleno de emociones, buenas y malas, y mi cuerpo lo nota cuando el sueño me puede cuando me quito la ropa y me tiro en la cama.
Me duermo con una sonrisa boba en los labios, recordando la ilusión en los ojos de Julie al hablar sobre mi proyecto.
“La charca es lo suficientemente profunda como para que, si te caes, el agua te llegue hasta la cintura. Si eso ocurre, vas a llenarte de barro hasta las cejas, no te creas que saldrás limpia. Con esta combinación lo que pretendo es que primero saltes ese obstáculo de allí, galopes por el campo, cruces la charca sin miedo y termines subiendo el escalón de tierra. El resto del recorrido es pan comido, solo es seguir el camino marcado y saltar lo que sea que se te ponga por delante.”
Trazo líneas con las manos como si estuviera en un aeropuerto, enseñando el camino que deben seguir los pilotos. Al igual que en la equitación, el jinete debe guiar a su caballo, así que tampoco se diferencian mucho. Además, tanto el avión como el animal te pueden matar.
Bueno… debo reconocer que me asusta un poco ese símil.
“¿Y si Dante le tiene miedo al agua?”
Julie baja la vista hacia su caballo pinto, de pelaje blanco con manchas marrones, que tiene su propia cuadra en nuestro establo desde que se mudó a River Cross.
“Pues primero pasa por la charca para comprobarlo,” contesto, encogiéndome de hombros sobre Raven.
Observo al otro lado del agua cómo Julie aprieta las piernas y Dante avanza con zancadas rápidas.
Ese caballo tiene una energía descomunal que pondría nervioso a cualquier jinete, pero me sorprende haber comprobado hoy que su amazona lo controla mejor que cualquier profesional con experiencia.
Por lo que sé, Julie suele dar paseos con Lib y Sage, así que está más que acostumbrada a ir por el campo y retener la potencia de Dante.
En lo que llevamos de tarde, Julie ha saltado como parte del calentamiento todos los obstáculos de la pista vallada, le he enseñado el recorrido entero, incluyendo el arco de flores rosas de Sage, y ahora estoy mostrándole la zona nueva que terminé en las tardes de esta semana.
No pensé que tardaría tanto en ver a Julie.
Desde que volvimos de Honey Ridge, he estado soñando cada noche con traerla aquí.
Pero entre la vuelta a la rutina y las ganas de terminar este añadido, el único momento que me quedaba libre era el viernes.
Una semana sin ver a Julie, pensando en ella antes de quedarme dormido por las noches.
La peor clase de tortura jamás inventada.
Y no ha sido hasta hoy, cuando por fin he podido volver a verla, que he comprendido cuánto necesitaba este momento.
Mi plan para esta tarde era simplemente enseñarle los obstáculos, pero Julie estaba tan ilusionada con la idea de formar parte del proyecto, que no pude negarme cuando me preguntó si podíamos improvisar un entrenamiento y probar algunos saltos.
Sobre todo cuando me miró haciendo ese pequeño puchero capaz de convencerme de cualquier cosa.
“¿Crees que saldrá corriendo cuando toque el agua?,” pregunta titubeante, alzando la vista de la charca para mirarme con inseguridad.
“Solo hay una forma de comprobarlo,” digo con una sonrisa ladeada, aparentando tranquilidad para que no se preocupe. Ella no ve cómo estoy sujetando con fuerza el pomo de la silla para lanzarme al suelo con rapidez si se cae al agua.
Julie asiente, un poco más convencida. Le deja las riendas largas a Dante para que primero acerque el hocico al agua y huela por la orilla.
Sin hacer ningún movimiento, permite que su caballo avance a su ritmo.
Primero parece sorprendido, pero la curiosidad no tarda en aparecer, sorprendiéndonos al dar varios pasos y meterse él solo en el agua.
Su amazona levanta la cabeza con la boca abierta.
“¿Has visto eso?” Recoge un poco las riendas para que Dante se mueva por la charca. No hace ningún movimiento brusco ni parece que mojarse las patas le importe lo más mínimo.
“Ya tienes tu caballito de mar.” Julie se ríe, más por la liberación de la tensión que por mi pésima broma, pero aun así consigue que se me instale un calor agradable en el pecho.
“Prueba a salir del agua y volver a entrar en todos los aires, así Dante se va acostumbrando a la sensación del agua chocando con su cuerpo.”
Mi nueva alumna asiente, siguiendo mis indicaciones.
Tenía pensado proponerle cubrir el hueco que necesitaba para entrenar a alguien conocido, pero ni siquiera ha hecho falta preguntárselo. Ha sido ella quien ha tomado la decisión por su cuenta. Y se siente sorprendentemente bien que, sin haberlo planeado, encaje conmigo a la perfección.
Terminamos de entrenar en la zona nueva después de un cuarto de hora trabajando en la charca.
A pesar de que el caballo de Julie no parece tener ningún problema con el agua, no me arriesgo a que se caiga el primer día, así que dejamos la combinación de los tres obstáculos para más adelante.
Cuando se sienta más segura con el recorrido, iremos encadenando más de dos saltos seguidos.
Por hoy, nos quedamos satisfechos con una pequeña gran victoria: que Dante no haya mostrado miedo al agua y que haya saltado varios de los obstáculos más rústicos sin dudar.
Volvemos a la zona de los establos para duchar y dejar a los caballos en el prado.
Raven y Dante siempre han compartido paddock, algo a lo que hasta ahora no le había dado demasiadas vueltas.
A diferencia de nosotros, ellos se han llevado bien desde que Dante llegó.
Siempre han estado en el mismo punto, sin cambios ni altibajos, mientras que nosotros hemos pasado por idas y venidas constantes.
Ahora, igual que ellos, parece que nosotros también estamos en armonía, justo donde parece que pertenecemos.