Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Veintitrés #2
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Capítulo Veintitrés #2

“Solo llevas aquí unos años,” continúo. “Aunque estés asentada, tengas tu piso y trabajo estable, mentalmente te puede costar algo más acostumbrarte al cambio,” digo en un tono suave. Me siento sobre el muro de piedra que nos separa del barranco rocoso lleno de musgo.

Julie aprieta los labios, formando una tensa línea. Imita mis movimientos al subirse de un saltito a las piedras y girándose, quedando frente a la vista a mi espalda, permitiéndome ver su delicado perfil.

“Es complicado,” murmura, arrugando imperceptiblemente las cejas.

“No dudo que lo sea. Pero si lo que quieres es derribar los muros que te separan de tu familia, hazlo. Puede sonar fácil o tonto decirlo, pero solo tienes que dejarlos entrar.”

“Dejarlos entrar,” repite en un susurro, con la mirada perdida en el horizonte.

Cojo aire con fuerza, humedeciéndome los labios antes de armarme de valor y contarle una parte de mí.

“Haz una lista,” suelto de golpe.

Julie frunce el ceño, girando la cabeza para mirarme.

“¿Una lista?”

Me encojo de hombros, animándome a continuar.

“Yo hago listas constantemente. No puedo salir de casa sin escribir una en mi libreta.” Julie suelta una pequeña carcajada, devolviéndole a sus mejillas su usual color rosado.

A pesar de su risa, no hay mentira en mis palabras.

“Prueba a hacerlo. Escribe todas las cosas que quieres hacer con tu familia: visitarlos, hacer un viaje, ir a comer… lo que se te ocurra. Puedes hacerla a corto o largo plazo, tú decides. Y si quieres cambiar algo o añadir más cosas, no lo dudes. Eres la que manda en tu lista.”

Julie parece meditarlo un momento, volviéndose hacia las montañas. No aparto la vista de ella mientras lo piensa. La idea no parece disgustarle, porque, al cabo de un rato, una tímida sonrisa asoma en las comisuras de sus labios y asiente con convicción.

“Lo probaré,” dice sin mirarme.

Nos quedamos en silencio lo que parece una eternidad. Una cómoda atmósfera nos envuelve, como si por fin hubiéramos hecho las paces con nosotros mismos y nos permitiéramos ser transparentes delante del otro. Parece que, al final, solo había que ser paciente y esperar el momento adecuado.

“Ahora entiendo por qué Evan no sale de casa,” dice con una sonrisa ladeada que me recuerda tanto a la picardía de su familia. “Yo también me quedaría aquí contemplando las vistas todo el día.”

“No podría estar más de acuerdo,” murmuro en voz baja, sin apartar la mirada de su precioso rostro, bañado por la luz dorada de la tarde.

Julie no dice nada, pero por el rubor que cubre sus mejillas me da a entender que sabe que no estoy mirando lo mismo que ella. Permanecemos en el claro hasta que el atardecer cubre el cielo y tiñe el paisaje de unos tonos anaranjados que parecen de película.

Sigo a Julie con la mirada cuando se baja del muro y recoge los trapos del lavadero. Adivino lo que va a decir cuando se gira hacia mí, todavía sentado sobre las piedras, pero me adelanto antes de que abra la boca.

“Quería pedirte algo.”

Si parece sorprendida de mis palabras, no lo demuestra. Me mira con una expresión tranquila, ladeando ligeramente la cabeza, expectante.

“Es sobre el proyecto que estoy haciendo.”

“El de cross, ¿no?” Asiento. Su rostro se ilumina, y una sonrisa estira las comisuras de sus labios hacia arriba.

“Lib me contó que habías construido tú solo un montón de obstáculos por Almond Valley. Todavía no he podido pasarme por allí para verlo, pero ella y Sage me enseñaron fotos y te ha quedado espectacular. Enhorabuena, Tate, es una pasada.”

Por Dios…

Creo que estoy volviendo a cortocircuitar delante de Julie.

“Yo- yo- bueno…. Gracias,” tartamudeo como puedo, demostrando como un estúpido que algo no funciona como debería en mi cerebro.

Julie aprieta los labios, conteniendo una risa.

“¿Qué querías pedirme?,” pregunta mientras se cruza de brazos, haciendo como si no me estuviera faltando el aire.

Consigo inspirar sin ahogarme, tragando saliva con fuerza para hacer que desaparezca el enorme nudo en mi garganta.

“Necesito ayuda con las clases.”

“¿Qué clases?”

“De cross.”

Frunce el ceño, perdida.

“¿Vas a dar clases de cross?”

“Sí,” contesto sin más.

¿Hola, cerebro? ¿Puedes funcionar de una vez y darle una respuesta más concreta a mi pobre campanilla? Gracias.

“El otro día vino Ada Sterling a Almond Valley para ver el recorrido.” Julie asiente, esperando en silencio a que continúe. “Ella da clases de equitación en otro rancho, pero estuvimos hablando de que sería una buena idea aprovechar el recorrido y crear una pequeña escuela de cross.”

Julie no contesta al momento. Ni siquiera reacciona.

De hecho, es como si se hubiera quedado congelada en el tiempo. Tiene la boca un poco abierta y las cejas alzadas.

“Una escuela de cross,” dice lentamente tras lo que parecen horas en silencio.

“Ajá,” contesto algo inseguro, dando un paso atrás.

Parece que va a saltar a mi cuello en cualquier momento.

Y no sé si la idea me gusta más que me asusta …

“¡Es una gran idea!,” exclama, sorprendiéndome al verla realmente emocionada.

“Me encanta el cross, es mi disciplina favorita. Ya cuando las chicas me hablaron del proyecto me pareció una pasada, pero hacer una escuela es increíble. Podrías hacer concursos en Almond Valley, o incluso en River Cross. Se podría hablar con el alcalde y utilizar alguno de los caminos del bosque hasta el pueblo. Si sale adelante también podrías hacer una especie de festival, y así vendría gente de toda la provincia. Seguro que a los vecinos les encanta la idea. Nada como una buena fiesta para contentarlos.”

Julie sigue hablando, sin parar siquiera para coger aire.

La escucho anonadado, sin atreverme a interrumpirla para pedirle que hable más despacio y así quedarme con todo.

Tampoco se me pasa por la cabeza sacar la libreta que guardo en el bolsillo trasero de mis pantalones y apuntar lo que dice.

Solo puedo quedarme quieto, observando cómo su rostro se ilumina a medida que habla y le va dando forma a sus ideas.

No sé durante cuánto tiempo permanezco en silencio, escuchándola. Solo que, cuando termina, jadea como si hubiera corrido una maratón. Le sonrío de oreja a oreja y ella me devuelve la sonrisa, y con ese gesto tan sencillo me doy cuenta de que no puedo hacer nada de esto sin Julie a mi lado.

Y que probablemente esta mujer sea lo mejor que me haya pasado en la vida.