Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Veintitrés
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Capítulo Veintitrés

Tate

E stoy seguro de que ella querrá hablar contigo, Evan, si le das una oportunidad.”

Mi amigo de la infancia resopla, pasándose una mano por el pelo rubio con reflejos caoba, deshaciendo sin darse cuenta sus definidos tirabuzones.

“No estoy tan seguro, tío. La cagué bastante con ella.” Hace una mueca de desagrado, recordando lo que solo él y mi hermana saben que ocurrió.

“Da igual cuánto la jodieras, Evan,” continúa diciendo Wade. “Han pasado muchos años desde aquello. No podéis estar enfadados toda la vida.”

“Un buen polvo de reconciliación siempre funciona,” digo yo, guiñándole un ojo a Evan.

Weston me da un golpetazo en el hombro, haciéndome tropezar hacia delante.

“Estás hablando de tu hermana, imbécil.”

“¿Y qué? Somos humanos, no me digas que tú y Sage nunca habéis echado un-”

El golpe, esta vez mucho más fuerte, me obliga a callarme y alejarme unos pasos del animal que tengo por hermano.

Lo que hay que aguantar .

“Eran amigos de la infancia, seguro que solo se veían como hermanos,” dice Weston, lanzándome una dura mirada.

Evan no lo desmiente, pero tampoco lo confirma.

Esbozo una sonrisa de oreja a oreja, viendo cómo la cara de mi amigo comienza a colorearse de un rojo intenso.

Mi hermano no parece enterarse de nada, demasiado ocupado mirándome fijamente, pensando en las mil maneras de matarme y tirarme por el barranco.

“Piénsalo, Evan,” le digo, subiendo y bajando las cejas con picardía.

“Créeme, no hago otra cosa en todo el día,” farfulla entre dientes, demasiado bajo como para que mi hermano, que está caminando por todo el taller a varios metros de nosotros, lo haya escuchado.

Vuelvo a guiñarle un ojo, arrancándole una sonrisa ladeada tan propia de los Thorne.

Y hablando de sonrisas ladeadas…

“Voy un momento fuera, a ver cómo está campanilla.”

“¿Campanilla?,” pregunta Evan alzando una ceja, sin perder la sonrisita.

Asiento.

“Es mi hada,” contesto, bajando un poco la voz, como si estuviera desvelando un secreto.

La boca de Evan se abre ante la franqueza de mis palabras, pero no le doy tiempo a salir de su estupor. Le doy una palmada en la espalda y salgo al calor de la tarde soleada.

El paisaje que nos rodea es de película.

Un sendero de tierra, flanqueado por flores silvestres, conduce hasta la casa de Evan.

Los pinos que bañan las montañas se alzan como monumentos a la madre naturaleza por encima de mi cabeza.

Son más altos que cualquier casa del pueblo, y están repartidos por las tierras de Honey Ridge.

Mis pies se mueven solos, a pesar de que en las cercanías del taller de Evan no haya ni rastro de un cabello rubio como trigo bajo el sol. Camino por el sendero con el aroma a pino y tierra seca hinchando mis pulmones.

Llevo días sin ver a Julie y, pese a la distancia entre nosotros, la he echado de menos.

Cuando me enteré de que Evan estaba en el hospital y Julie había ido a visitarlo, algo en mi cabeza se activó.

Como una alarma que no sabía que existiera de repente cobrara vida.

Y no saltó porque hubieran hospitalizado a mi amigo de la infancia, no…

fue por ella. Solo de imaginarla aquí, lejos de River Cross, preocupada hasta la médula por su familia, dejándolo todo a un lado sin atender a nada que no fuera asegurar el bienestar de los suyos…

me revolvió algo por dentro. Una mezcla de orgullo, envidia y algo que no supe identificar, pero que me hizo sentir fuera de lugar.

Por eso no lo pensé dos veces cuando, al día siguiente, le propuse a Wade ir a visitar a Evan. No opuso resistencia, sino que aceptó al momento. Tampoco sospechó que mi urgencia se debiera a la necesidad visceral de hacer el viaje solo para ver a alguien que no fuera nuestro amigo de la infancia.

Solo a mí se me ocurriría usar lo de arreglar las cosas con Evan como excusa para ver a Julie.

Pero ha funcionado.

Evan, Weston y yo volvemos a estar en contacto y, aunque nada sea como cuando teníamos diez años, volver a sentir ese apoyo resulta reconfortante. Lo echaba de menos. Y me ha hecho ilusión comprobar que no ha desaparecido el brillo divertido en sus ojos, el mismo que tenía de pequeño.

El sonido del agua chapoteando me hace girar hacia la izquierda, cambiando de dirección para acercarme cada vez más al rocoso acantilado.

Me abro paso entre la maleza que flanquea el sendero secundario.

Escucho entre el suave murmullo de la pequeña cascada artificial el tímido tarareo de una canción.

Tardo un momento en reconocerla, y cuando lo hago, no puedo evitar sonreír.

Hold me closer, Tiny Dancer.

Avanzo cantando la letra en mi cabeza, siguiendo la desentonada melodía de esa voz femenina que podría reconocer en cualquier parte.

Count the headlights on the highway.

Cuando por fin llego a un pequeño claro delante del acantilado, me quedo sin aliento ante las preciosas vistas.

La inmensidad de las montañas de Honey Ridge podría dejar sin habla a cualquiera.

Pero es la mujer que, inclinada sobre el lavadero de piedra, frota con una expresión concentrada de lo más adorable unos trapos manchados.

Su tarareo continúa hasta que termina la canción, y yo me quedo ahí plantado, como si también formara parte del decorado; un árbol más.

La observo en silencio durante unos segundos, pero, antes de que resulte demasiado perturbador, me acerco haciendo el suficiente ruido con los pies como para que Julie levante la cabeza y me vea. Me sonríe con naturalidad, provocando una oleada cálida en mi pecho.

“Hola, campanilla,” saludo, quedándome de pie a su lado.

Ya no reacciona ante su apodo, sino que ladea la cabeza, mirándome de arriba abajo antes de volverse hacia el agua. No se me escapa el leve rubor que tiñe sus mejillas antes de darme la espalda.

“¿Habéis arreglado lo vuestro?,” me pregunta, volviendo a frotar contra la piedra las telas llenas de sangre.

“Creo que sí,” contesto con un asentimiento aunque no pueda verme. “No vamos a volver a tener la misma relación que cuando éramos críos con tan solo una conversación, pero creo que es un buen comienzo.”

Julie para de limpiar, girando la cabeza para mirarme con curiosidad.

“¿Te gustaría que fuera como antes?”

Contengo una sonrisa, dando un paso hacia ella.

“Claro,” admito. “Ojalá Lib se olvide un rato de lo que le hizo Evan y por fin se den un buen revolcón.”

La boca de Julie se abre formando una enorme O antes de soltar una estridente carcajada que la dobla en dos.

“No tengo ni idea de lo que ocurrió entre ellos, pero firmo donde sea para que eso pase,” consigue decir sin aliento.

“Te lo haré saber,” le aseguro, guiñándole un ojo.

Julie asiente con una sonrisa divertida, firmando el trato sin palabras. Desvío la vista hacia las montañas, sintiéndome de pronto demasiado cohibido ante su intensa mirada.

“¿Cómo ves a Evan?,” le pregunto cambiando de tema. “¿Crees que cuando vuelvas a River Cross podrá aguantar más de media hora sin usar la mano mala?”

Julie suelta una risa mientras se inclina hacia delante para lavarse las manos en el agua, haciendo que unos mechones ondulados del color del oro se escapen de su recogido, enmarcando su delicado rostro.

“Espero que su madre lo convenza para mudarse a su casa mientras está en rehabilitación,” contesta con un tono más preocupado del que me esperaba.

“¿Y cómo estás tú?”

La pregunta la coge por sorpresa, haciéndole alzar las cejas mientras se señala con la mano.

“¿Yo?”

Asiento, pestañeando en el proceso.

“Bueno… supongo que podría estar mejor,” contesta, un poco insegura. “A pesar de que los médicos me aseguraron unas quinientas veces que Evan no corría ningún riesgo, hasta que se levantó para volver a casa, no me tranquilicé. Es como si mi mente no me permitiera calmarme.”

Me mira con el ceño fruncido, apretando los labios de repente, como si no estuviera del todo segura en contarme lo ocurrido. Parece que no va a seguir hablando, pero las palabras fluyen como si no le diera tiempo a controlarlas.

“Cuando me llamó mi tía, Sloane, para decirme que Evan estaba en el hospital, casi se me cae el mundo encima. No he estado muy presente en la vida de mi familia, y tampoco es porque no quiera, sino porque apenas sé cómo encargarme de mí misma como para añadirme más preocupaciones. No sé si tiene mucho sentido o suena fatal…,” murmura más para sí, pero yo asiento, entendiéndola demasiado bien.

“Adoro a mi familia y los quiero con todo mi corazón, pero me cuesta abrirme y bajar la guardia, ¿sabes? Sloane, Alice y Evan son unas de las pocas personas que no son mi madre que me conocen a la perfección y han visto todas mis caras. Pretendía no entrar demasiado en su mundo, en su familia, para que si algo ocurriera no me afectara. Pero, después de lo de Evan, sé que estoy metida hasta el cuello. Y la verdad es que… no es tan malo. Me gusta preocuparme por ellos, e incluso disfruto que se preocupen por mí, pero ver a Evan así, tan débil y vulnerable… me hace replantearme si realmente quiero estar tan alejada de ellos o debería permitirme ser más constante, estar más presente. Comportarme de una vez como si fuera de la familia.”

Julie me mira con súplica en los ojos, como si le doliera más a ella que a su primo haber estado en el hospital. A pesar de no haber pasado por lo mismo, puedo entender su dolor, su miedo a abrirse, a echar raíces y a implicarse de corazón en su familia.

No puedo echarle nada en cara a Julie. Soy el claro ejemplo de alguien que se encierra en mí mismo cuando está ocupado con alguno de sus proyectos.

Lo último que quiero es arrastrar a mi familia a ese bucle de trabajo, preocuparlos con mi cansancio o con esa incapacidad de parar hasta terminar lo que empiezo.

Pero supongo que hay formas más sanas de vivir.

“Entiendo que es complicado para ti, después de toda una vida con tus padres en la ciudad.”

“Con mi madre,” corrige, mordiéndose el interior de las mejillas. No pregunto, aunque las palabras me quemen en la garganta, sino que me limito a asentir.