Capítulo Veintidós #2
Frunzo el ceño, girándome por completo hasta apoyar el culo en el suelo. Lo observo desde abajo, esperando que me devuelva la mirada, pero mantiene la vista fija en la mesa.
“No estoy aquí en contra de mi voluntad, Evan. Quería ayudarte y limpiar contigo no me supone ningún problema. Tú mismo me dijiste que somos familia y, aunque no nos veamos tanto como nos gustaría, estamos aquí para apoyarnos.”
Evan niega con la cabeza, haciendo una mueca como si algo, además de la mano, le estuviera doliendo.
“Deberías estar en River Cross, trabajando en la tienda, disfrutando de tu vida,” dice en voz baja.
“Donde debería estar es en tu casa,” digo con firmeza, comenzando a sentir el enfado corriendo por mi cuerpo. “Estoy en casa de mi maldito primo favorito, echándole una mano en su taller, que está patas arriba porque es un hombre idiota, dramático y, a veces, increíblemente cabezota.”
Me aparto como puedo unos mechones rebeldes de la cara, que se han caído del moño en mi coronilla, intentando no mancharme de sangre. Evan mantiene la vista en su trapo sucio y se muerde el labio inferior con fuerza.
“No pienso irme, Evan, así que vete acostumbrándote a tener a alguien pendiente de ti hasta el domingo,” sentencio con un tono más suave, pero dando por finalizada esta conversación.
Vuelvo a girarme para seguir con el cepillo, y escucho a Evan resoplar detrás de mí. No le doy la satisfacción de volverme, sino que continúo frotando el suelo con fuerza.
Sé que le fastidia tener una niñera, porque a mí también me molestaría que alguien estuviera pendiente de mí, pero es lo que hay.
Mi misión es hacerle la vida más sencilla ahora que va a estar con la mano vendada y en rehabilitación durante varios meses.
Aunque yo solo pueda quedarme hasta el domingo, pretendo venir todos los fines de semana que tenga libres a partir de ahora, así que ya puede ir acostumbrándose.
El marrón de la madera ya comienza a verse bajo la enorme capa de sangre cuando unos toquecitos en la puerta me hacen volverme hacia Evan. Intercambiamos una mirada ceñuda antes de girarnos hacia la entrada del taller.
“¿Hola?,” grita mi primo, dejando el trapo sobre la mesa.
La puerta se abre con un fuerte chirrido.
Engrasar las bisagras cuando acabe con esto: anotado.
La claridad de la tarde me hace entrecerrar los ojos mientras intento enfocar las dos figuras que permanecen en el umbral.
Escucho las pisadas de Evan acercándose a la puerta, pero se detiene a medio camino.
Justo frente a mí, tapándome las vistas.
Me inclino sobre mis rodillas, apoyando las manos en el suelo para estabilizarme, cuando los veo. Mi boca se abre, y juro que mi mandíbula roza el suelo ensangrentado. Vuelvo a apoyar el culo sobre mis talones con rapidez, obligándome a permanecer tranquila, oculta tras el enorme cuerpo de Evan.
Respira hondo, Julie .
A lo mejor es solo una ilusión y estoy flipando. ¿Estaré dormida? Quizás esto solo es un sueño… O más bien una pesadilla.
“¿Los… hermanos Weston?,” escucho preguntar a Evan, haciendo realidad lo que me temía.
Vamos, no me jodas .
Contengo un sonido estrangulado cuando me incorporo, saliendo de mi pobre escondite.
Lo primero que veo delante de Evan es el ceño permanentemente fruncido de Weston.
Me saluda con una leve inclinación de la cabeza, pero estoy demasiado aturdida como para corresponder.
Armándome de un valor que no sé ni de dónde sale, doy un paso a la derecha.
Para mi sorpresa, me encuentro con unos ojos azules que ya estaban fijos en mí.
Tate me sonríe como si hubiera ganado el gran premio.
“Los mismos en carne y hueso,” dice él, sin apartar la vista de mis ojos atormentados. Me quedo ahí paralizada, como una presa a punto de ser atrapada.
“Aunque no podríamos decir lo mismo de ti…,” murmura Weston, fijándose en la mano vendada de Evan.
Mi primo se ríe entre dientes, sacudiendo la cabeza.
“Gajes del oficio,” dice despreocupadamente, aunque no se me pasa por alto la manera en la que pasa los dedos con delicadeza por encima del vendaje.
“Veníamos a ver cómo estabas, Moderno Prometeo” dice Tate, adentrándose en el taller con una sonrisa de oreja a oreja.
Me muevo con él, acercándome a la ventana para quedar frente a ellos.
Cuanta más distancia deje con Tate, mejor para mi pobre corazón.
Ya tuvo suficiente con el infarto que casi me da el domingo; no necesita ponerse en modo discoteca otra vez por estar demasiado cerca de ese hombre de ojos azules que no parece dispuesto a perderme de vista.
“Veo que sigues siendo igual de gracioso que hace años,” masculla Evan, pero puedo ver un ligero brillo en sus ojos, como si disfrutara de sus tonterías. A pesar de que ni yo a veces lo soporto, estoy segura de que lo ha echado de menos.
“Ya me conoces,” dice este, guiñándole un ojo.
Evan pone los ojos en blanco, pero suelta una risa que se desvanece lentamente cuando Tate recorre el espacio que los separa y lo envuelve en un fuerte abrazo. Mi primo se queda quieto, como si no se esperara el gesto, pero se recupera al momento y le pasa los brazos por la espalda.
Los miro con una sonrisa incontenible, viendo cómo ambos sonríen contra el hombro del otro. Son la viva imagen de dos viejos amigos que por fin se reencuentran y se dan cuenta de que nada ha cambiado después de todos estos años.
Cuando se separan, Tate le pasa la mano por el pelo como si tuvieran cinco años.
Evan se queja, murmurando algo como «sabes que lo detesto», y Weston aprovecha para acercarse también.
Le da un corto abrazo, volviendo a dejar sin palabras a mi primo.
No puedo evitar soltar una carcajada al verlo tan descolocado; él, que siempre ha sido firme y seguro de sí mismo.
Los tres se giran hacia mí: Evan con una sonrisa ladeada, Weston con el ceño fruncido y Tate con una mueca divertida que me hace volver a reír.
“Sois de lo que no hay,” digo encantada. Cojo los paños llenos de sangre y la sierra, volviéndome hacia la puerta. “Estaré fuera mientras os ponéis al día. Tendréis bastante de lo que hablar.”
Miro a Evan con las cejas alzadas, fingiendo una expresión inocente, lo que le arranca una carcajada.
No sé qué ocurrió entre ellos para que se distanciaran, pero no me corresponde estar presente mientras lo resuelven.
A pesar de que me muera de ganas de quedarme aquí sentada con palomitas, obligo a mis pies a obedecer para darles su espacio.
Me despido con una pequeña sonrisa y un gesto con la cabeza antes de salir a la cálida tarde, odiándome por no quedarme a escuchar el drama mejor escondido de Almond Valley.