Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Veintiuno #3
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Capítulo Veintiuno #3

Reprimo las ganas de pasarme las manos por la cabeza y tirarme con fuerza del pelo. Puedo ser transparente con ellos siempre que quiera, pero ahora mismo no quiero que vean lo mucho que me afecta la solución a la que he llegado.

“No tengo ni idea,” miento, con la esperanza de que Sage me salve y se le ocurra alguna otra opción que no me dé un miedo de la hostia.

“Tengo que encontrar a alguien que esté dispuesto a pasar una tarde en Almond Valley, rodeado de caballos, hierba, barro y obstáculos que acojonarían a cualquiera que solo haya saltado barras de salto.”

Sage se muerde el labio inferior, dándole vueltas al asunto.

“¿Y qué hay de Luke?,” pregunta con un tono esperanzado, pero tuerce la boca al ver mi expresión.

Niego con la cabeza, recostándome en la silla con un suspiro cansado y cruzando las piernas a la altura de los tobillos.

“No puedo contar con nadie de Almond Valley. Ya se lo he preguntado a todos.”

“¿Ni siquiera Lib?” No espera a que le conteste, añadiendo: “Olvídalo, recuerdo que el día que nos enseñaste el recorrido casi se mea encima.”

Escucho a mi hermano soltar una risa entre dientes.

“No te preocupes, Sage. Ya se me ocurrirá algo,” le digo, previendo la cara de circunstancias que está a punto de poner.

“El verano es temporada alta para Trust & Trot, pero si me das un par de semanas a lo mejor consigo mover algunas sesiones de entrenamiento para liberar una tarde.”

“No,” sentencia Weston, volviéndose hacia nosotros con el ceño fruncido.

Aunque me moleste que mi hermano se meta, me sentiría peor si me dejara convencer a Sage para que cambie su negocio por una cuestión de última hora que no he avisado con la suficiente antelación.

Ha sido un fallo mío, así que me toca joderme y encontrar una solución sin molestar a mi familia.

Estoy seguro de que en otras circunstancias Sage se apuntaría sin pensárselo, pero esto va más allá de las ganas que tenga de ayudarme.

Y no se me ocurriría pedirle algo que perjudique a su negocio y sus entrenamientos.

Esos pobres caballos no pueden esperar.

“Seguro que conoces a alguien de confianza que pueda echarte una mano,” dice Sage con una sonrisa triste.

“Eso es lo que le he dicho yo,” añade Weston, acercándose para dejar sobre la mesa una olla humeante que desprende un delicioso olor a tomate y orégano. El estómago me ruge pero no me avergüenzo. Llevo desde el mediodía sin llevarme nada a la boca.

Wade nos sirve sin abrir la boca, concentrado en la tarea. No es hasta que se sienta y Sage bebe un trago del agua que añade: “Le propuse avisar a tu amiga, la rubia.”

Veo cómo su mujer se atraganta con el líquido y comienza a toser, esbozando una expresión que no soy capaz de descifrar. ¿Horrorizada? ¿O tal vez… asqueada?

¿Eso que baja por su mejilla es una lágrima?

“¿Julie?,” consigue decir con voz estrangulada, intercalando la vista entre su confuso marido y yo. Que, bueno, estoy medio petrificado. No sabía que fuera a ser una tan mala opción.

“Esa misma,” asiente Weston, sentándose a su lado. “Sabe montar a caballo y conoce a Tate. Sois amigas desde hace tiempo y Lib también la adora, así que es la candidata perfecta.”

“La candidata perfecta,” repite Sage en un susurro, sin apartar la vista de mí. Joder, me está empezando a dar mal rollo.

“No te preocupes, Tate, lo hace cuando alucina con algo,” dice mi hermano como si me leyera la mente, lanzándome una mirada divertida al señalar a su mujer con la cabeza.

Tuerzo la boca en una mueca, obligándome a bajar la vista para centrarme en mi plato.

Pasamos demasiados minutos en silencio hasta que Sage por fin se aclara la garganta, desvía la vista de mí para volver a beber un sorbo de agua y respira hondo.

“Entonces… vas a preguntarle a Julie si te puede ayudar con el proyecto de cross,” dice, abriendo mucho los ojos, como si de verdad estuviera escandalizada con la idea de que Julie y yo estemos a solas en un mismo sitio.

“Ajá,” asiento, enrollando un poco de pasta en mi tenedor. “Mañana me pasaré por la tienda para preguntarle qué le parece. Así, si me manda a la mierda, tendrá la oportunidad de abofetearme, escupirme o cualquier otra cosa que se le ocurra en persona.”

“Pero-”

“Sage, amor, deja que el destino se encargue de ellos,” interrumpe Weston.

¿El destino? ¿Desde cuándo mi hermano es tan místico? A este o se le ha ido la olla o es que la pasta lleva algo.

“No, que hagan lo que quieran. Tate es lo suficientemente maduro como para saber qué es lo que se merece Julie y qué podría hacerle más daño que bien,” dice en un tono frío que se siente como una puñalada rápida en el pecho, pero me muestro estoico, asintiendo de acuerdo.

“Me parece una buena idea que le vayas a pedir ayuda, Tate,” añade, sacando un poco la hoja de mi corazón.

“Pero mañana no la vas a encontrar en The Green Basket.”

Frunzo el ceño.

“¿Cómo que no?”

Sage ladea la cabeza.

“¿No te has enterado?”

Me giro hacia mi hermano, que parece igual de confuso que yo. “¿De qué?”

Sage aprieta los labios, desviando la vista hacia su marido antes de volverse hacia mí.

“Julie está en Honey Ridge. Su primo, Evan Thorne, tuvo un accidente ayer.”