Capítulo Veintiuno #2
Sin haberme podido negar, termino cenando en casa de Wade y Sage.
Después de guardar a los caballos en sus cuadras y limpiar los establos, a mi hermano lo llamaron por teléfono.
Para sorpresa de nadie, era Sage —es la única de todo Almond Valley que se atreve a llamarlo—, invitándome a cenar a su casa.
Quería negarme, incluso lo intenté sin palabras, pero la mirada asesina que me lanzó mi hermano mientras seguía hablando tan tranquilo con su mujer, no me dejó opción.
Era aceptar o acabar atropellado por su camioneta.
Wade odia que lo cuestionen y que le salgan con excusas baratas, pero que le digan que no a Sage lo soporta aún menos. Con ella se comporta como un perro protector, pero más oscuro y gruñón. Algo como Cerbero, impidiendo que los muertos salgan del infierno para mirar o hablarle a su mujer.
Y luego voy yo y me preocupo por si me comporto como un cavernícola…
Weston no tiene remedio. Yo al menos lo intento.
Conduzco mi camioneta hasta la casa de mi hermano con él en el asiento del copiloto.
Suena Come On Elieen por los altavoces del coche, acompañándonos junto con la puesta de sol.
Después de todo un día de trabajo, Weston mantiene los ojos cerrados durante todo el viaje.
Probablemente mañana tenga agujetas después de haberse pasado horas peleando encima de la silla de salto, acostumbrado a su montura vaquera.
Escuchamos la música sin mediar palabra; Wade demasiado cansado como para discutir y yo todavía dándole vueltas a lo que hablamos en los establos.
Quiero que alguien inexperto venga a Almond Valley para probar el recorrido de cross, darle una clase de prueba —tanto para comprobar mis habilidades como profesor como para mejorar su técnica—, y decidir si debería volver a hablar con Ada o esto no es más que un sueño frustrado demasiado ambicioso.
Me jode admitirlo, pero mi única opción viable es Julie.
Todos mis intentos por mantenerme alejado de ella han sido, en el mejor de los casos, ridículos.
Soy incapaz de dejar de pensar en ella, y menos en dejar de buscarla en cada detalle.
Incluso cuando no lo hago, siempre hay alguien que me lo recuerda y la vuelve a poner en el pedestal dentro de mis pensamientos donde parece que pertenece.
Cuando creo que no voy a volver a verla, que por fin cumpliré mi promesa y mantendré las distancias hasta ordenar mi mente y tener las cosas claras, vuelve a aparecer.
Está en cada idea, cada decisión, incluso en cada proyecto.
No conozco a nadie mejor que ella para ayudarme en esta —ahora estúpida— idea del cross, y sé que será complicado mantenerme alejado de ella si trabajamos juntos, pero a veces hay que hacer sacrificios para conseguir nuestras metas.
Aunque ese sacrificio conlleve perder la cordura.
Aparco al lado de la vieja camioneta de Sage, dándole un fuerte manotazo al antebrazo de mi hermano para que despierte.
Gruñe algo entre dientes, pero se quita la gorra antes de bajar del coche y subir las escaleras hasta su casa.
Persiguiéndole como un caballo detrás de una zanahoria, entramos en la calidez de su acogedora cabaña de madera.
Huele a especias y a algo ligeramente dulce, como a tomate, a medida que nos acercamos a la cocina.
“Buenas, Sage,” saludo al cruzar el umbral y verla de espaldas a nosotros, removiendo una salsa rojiza en la olla.
La dueña de la casa se gira con una sonrisa que ilumina sus ojos grises como una bonita tormenta de verano, acercándose primero a mí para darme un fuerte abrazo y después a su marido.
“¿Qué tal ha ido?,” pregunta, dirigiéndose a mí pero entrelazando las manos en la nuca de Weston.
“Tu marido es insufrible, lo cual no es nada nuevo,” explico, apoyándome en la encimera detrás de mí.
Sage sonríe, sin apartar la vista de mi hermano, que la sujeta por las caderas con una firmeza casi posesiva.
“Pero, para sorpresa de todos, logré que admitiera que algo se le da mal y lo tuvimos que dejar.” Weston gruñe, lanzándome una mirada asesina, pero no replica.
Sage se ríe, acariciándole la incipiente barba con cariño.
Tanta ternura me dan ganas de vomitar. “Han sido varias horas de gritos, ceños fruncidos y exasperación constante, pero ha merecido la pena.”
“¿Ah, sí?,” pregunta con sorpresa, volviéndose hacia mí con las cejas alzadas.
Asiento.
“Ha sido esclarecedor. Me he dado cuenta de que no soporto a mi hermano y prefiero dejártelo todo para ti solita,” digo elevando los labios en una sonrisa ladeada que no puedo evitar.
Sage suelta una carcajada, apoyando las manos en el pecho de Weston, que se eleva en una profunda inspiración.
Supongo que esperando armarse de una paciencia que no tiene.
“No me hubiera hecho gracia que se hiciera daño, así que lo dejamos antes de que tu querido marido tuviera un accidente.”
“El que va a tener un accidente vas a ser tú como no cierres esa boca tan grande que tienes,” masculla mi hermano. Lo que yo decía… cero paciencia.
Veo cómo Sage le da un pequeño apretón en los brazos, sin perder la sonrisita, y se gira hacia mí con un brillo divertido en los ojos.
“Gracias por traer a mi marido sano y salvo a casa,” dice con exagerada seriedad.
Casi suelto una carcajada al inclinarme para hacer una estúpida reverencia. “El placer ha sido mío.”
“No sé quién es más idiota de los dos,” dice entre dientes el gruñón de la familia, alejándose de nosotros para revisar las ollas y terminar de preparar la cena.
Observamos en silencio lo que hace. La atmósfera que nos envuelve es acogedora y familiar, igual a la que suele haber en la casa de mi madre durante las comidas.
Con Sage me siento como en casa y, a pesar de estar siempre tocándole las narices a mi hermano, nadie me conoce mejor que él.
Cuando hablo, me escucha aunque no le interese una mierda lo que esté diciendo.
“¿Qué vas a hacer ahora?,” me pregunta Sage, tomando asiento en la mesa de la cocina.
Me dejo caer en la silla frente a ella, apoyando los antebrazos en la tabla de madera.