Capítulo Veinte #2
Después de la resaca de ayer, le pedí a Lib que me cambiara el turno de hoy a la tarde para poder dormir doce horas seguidas.
No me arrepiento de nada. Ha sido la mejor idea de mi vida.
“Bien, entre la tienda y los pedidos he estado ocupada,” contesto, removiendo mi descafeinado con la cucharita metálica.
“¿Cómo vas con la motocicleta?”
Suelto un resoplido. Ese trasto del demonio…
“La odio. Y creo que es mutuo, porque cada vez que me subo me tambaleo como si me estuvieran empujando. Hubiera preferido que compraras un poni.”
“No podrás decirme que es mucho más rápido que ir andando a todas partes…,” contraataca, arqueando una ceja.
“Pues yo preferiría ir a caballo. Suena divertido ir por River Cross con una cesta en la grupa,” suelta Sage con una risita.
“Sage, a ti cualquier cosa que incluya caballos te parece divertida. Incluso si hay riesgo de muerte.”
“Es lo que le da sentido a la vida.”
“No entiendo cómo Weston no te tiene encerrada en casa, entrando en pánico cada vez que te haces una heridita,” dice Lib, frunciendo el ceño antes de darle un sorbo a su refresco de naranja.
Hoy decidimos que nada de alcohol. El sábado ya fue suficiente para todo el mes.
“Oh, créeme, nada le gustaría más que mantenerme en una habitación solo para él,” contesta la pelinegra subiendo y bajando las cejas descaradamente.
“Por Dios…” Lib finge una arcada.
“Ah, y el hijo de los Allen volvió a preguntar por ti,” cambio de tema con una sonrisa, desviando la atención a mi amiga de trenzas.
“Agh, qué hombre más insufrible.” Vuelve a fingir una arcada, provocándome una risa. Sage, en cambio, junta las cejas.
“¿Quién es el hijo de los Allen?,” pregunta, apoyando los codos en la mesa para acercarse más. No conozco a nadie más chismoso que ella.
“Shane . Está obsesionado con Lib.”
“Desde que teníamos cinco años,” aclara ella.
“Su familia es cliente desde que abrió la tienda, pero suele venir él y siempre, siempre, siempre, pregunta por la jefa.”
“Y la jefa nunca está,” añade Lib, rodando los ojos.
“Oh, venga, Lib, dale una oportunidad al pobre muchacho,” suplica Sage, soltando una carcajada.
“Me estoy reservando.”
“¿Ah, sí?,” pregunta alzando una ceja con una sonrisa pícara. Lib resopla, pero baja la vista a su plato, moviendo una patata de un lado a otro.
“Nunca he tenido una cita, ¿vale?,” confiesa en voz baja.
“¿Qué?”
“Pero si tienes treinta años, Lib. Estás más cerca de la jubilación que de aguantar toda una noche de fiesta hasta el amanecer.”
“Pero-”
“Lo que Sage trata de decir es que nos sorprende que no hayas tenido ninguna cita, con lo guapa y agradable que eres siempre con todos los hombres,” digo yo, cortándola para dejarla sin palabras.
Sage suelta una risa nasal. “Así se habla, Julie.”
“Pero, ¿por quién me tomáis?,” exclama Lib con las mejillas calientes. “No he tenido ninguna porque siempre he estado tan centrada en el trabajo, en que mi propio negocio funcionara, que no he tenido tiempo para citas.”
“Perdón por dudar de tus capacidades para ligar,” murmura Sage con una sonrisa burlona.
Lib pone los ojos en blanco, pero no le lleva la contraria, haciéndome abrir mucho la boca.
“No me puedo creer que no sepas ligar,” dice Sage, pronunciando en voz alta mis pensamientos.
Nuestra amiga replica con algo que no escucho, porque mi mirada se desvía hacia algo más allá de ella.
Escucho como si estuviera al otro lado de un cristal cómo discuten sobre las habilidades sociales de Lib mientras mi atención se focaliza en la persona que camina hacia aquí.
Me muerdo el interior de las mejillas para reprimir una incrédula risa por la coincidencia.
“Y hablando de ligar…,” comienzo en voz baja, llamando la atención de mis amigas.
“Buenas noches, preciosas.”
La única que no se gira hacia la voz masculina es Lib. Mantiene la vista fija en su vaso, como si fuera lo más interesante del local. Para evitar una risa, alzo la vista hacia el recién llegado, que me sonríe guiñándome un ojo.
“¿Qué hay, Eli?,” saludo, lanzándole una mirada rápida a Lib, que ni se inmuta. “¿Cómo fue la comida familiar del otro día?”
“Ya sabes…” Se lleva las manos al cuello, como si se estuviera estrangulando. Sage se ríe a mi lado. “Como te dije, habría preferido quedarme en casa, pero podría haber sido peor. Al menos esta vez no hubo heridos.”
“¿Heridos?,” salta Sage, tapándose la boca con una mano. “¿Pero vosotros os veis para comer o para pelearos?”
“No te hagas la sorprendida,” dice Lib, llamando la atención de todos. “En nuestra familia nos reunimos con la excusa de vernos, pero lo que realmente nos gusta es que Tate y Weston se toquen las narices y hagan un poco el circo.”
“Como vuestros bufones,” añade Eli, ganándose un asentimiento de aprobación de mi amiga con trenzas. “Lo nuestro fue cosa de un fregadero demasiado lleno y unas manos de mantequilla,” explica, mirando a Sage.
“¿Quién fue el pobre soldado herido?,” pregunta ella con una sonrisa burlona.
Eli agacha la cabeza, haciendo que unos mechones ondulados oculten parte de su rostro. Casi me echo a reír por su inesperada vergüenza, y me muero de la ternura al ver cómo sus mejillas van adquiriendo un tono rosado.
“Fui yo,” admite al final, carraspeando.
Sage suelta una carcajada inmediata.
“Fue bastante patético,” continúa diciendo, todavía sin atreverse a levantar la mirada. “Estaba recogiendo la mesa, se me escurrió un plato y me llevé por delante medio fregadero.”
“Y luego la torpe soy yo,” dice Sage sin dejar de reír.
“Me dejó secuelas emocionales graves,” replica él, levantando por fin la vista.
Nuestros ojos se cruzan un segundo y su sonrisa vuelve a aparecer con su brillo pícaro de siempre.
“¿Y tú?” pregunta entonces, aunque su mirada se desvía rápidamente hacia Lib. “¿Sigues evitando cualquier tipo de interacción humana que implique sentimientos?”
Sage suelta un «Uuu» alargado, girándose hacia su amiga como si acabara de empezar un espectáculo.
Lib aprieta los labios, pero no levanta la vista.
“No estoy evitando nada,” murmura.
“Claro,” dice Eli, apoyándose en el respaldo de la silla vacía junto a ella. “Simplemente ignoras mi existencia de forma muy sutil.”
“Eso no es verdad.”
“Ah, no?” Se inclina un poco, lo justo para invadir su espacio sin tocarla. “Porque llevo aquí como… treinta segundos, y todavía no me has mirado.”
El silencio se instala entre nosotros, tensándose más y más a cada segundo que pasa.
Sage me clava el codo en las costillas sin disimular.
“Esto es mejor que cualquier serie,” susurra.
Lib, como si hubiera salido de un trance, por fin se digna a alzar la vista.
“Hola, Eli.”
Él sonríe como si acabara de ganar la lotería.
“Hola, Lib.”
Sage y yo intercambiamos una mirada, y tengo que apretar los labios para no descojonarme en su cara.
“Hola, Sage.”
“Hola, Julie,” continúa la broma.
“Acabo de recordar que tengo que tender una lavadora, ¿me echas una mano?”
Tengo que hacer el esfuerzo de mi vida para tragarme la risa.
“Claro, me encanta tender la ropa a las once de la noche,” contesta muy seria. “Vámonos.”
No esperamos a que Lib replique, sino que recogemos nuestros bolsos y salimos escopeteadas del bar. Le lanzo una última mirada a Eli cuando llegamos a la puerta, que inclina la cabeza en agradecimiento.
“Me debes una,” vocalizo, sin llegar a pronunciar en voz alta.
“Lo que quieras,” responde de la misma manera. Se señala los ojos con dos dedos y después me apunta en una advertencia silenciosa, como si me estuviera prometiendo que no se va a olvidar. Más le vale.
Salimos del bar sin atrevernos a mirar atrás.
Después de esto, creo que Lib nos deshereda como amigas.