Capítulo Veinte
Julie
L os rayos de sol entran por la ventana sin timidez alguna. Podría ser el despertar ideal para muchas personas, pero para mí es lo más parecido al infierno en un domingo a las ocho de la mañana.
Me doy la vuelta en la cama, huyendo del haz de luz que me estaba cegando, soltando un quejido en voz alta por el dolor de cabeza. Porque sí, quejarse en voz alta le da más veracidad al drama: si no lo haces, es como si el daño no contara.
Las sábanas me cubren la cabeza, a pesar del calor que hace, en un intento de refugiarme de la claridad. Me odio por no haber bajado las persianas ayer al llegar de fiesta.
Aunque, en realidad… No recuerdo haber venido a mi habitación a dormir. Lo último que recuerdo es haberme acurrucado en el sofá, junto a…
De un salto estoy encima de la cama, bien despierta y con el corazón a punto de salírseme por la garganta.
Ay, madre .
Ayer me dormí en el hombro de Tate.
Y además, estoy segura de que no me desperté y vine a la cama.
Pero ahora estoy en mi cama. ¿Me habrá traído él?
Ay, madre. ¿Y mi pijama?
Bajo la vista a mi cuerpo, temiendo lo que pueda encontrar. Pero respiro hondo cuando reconozco la ropa que llevaba ayer por la noche. Menos mal.
No es como si fuera la primera vez que Tate me ve desnuda, pero así no sería precisamente cómo me gustaría que pasara.
Bueno, tampoco es como si eso fuera a repetirse, pero…
Me estoy yendo por las ramas .
Bajo de la cama para coger un pantalón de chándal y una camiseta de tirantes limpia.
Como si estuviera en una misión de espías, abro la puerta lo suficiente como para sacar solo la cabeza.
Aguanto la respiración para escuchar mejor, mirando el pasillo, pero el silencio parece reírse de mí al no devolverme nada.
¿Cuándo se habrá ido Tate? Y, lo más importante, ¿cuánto tardó en darse cuenta de que me había quedado dormida sobre su hombro y me llevó a la habitación?
Vuelvo a respirar, más agitada de lo normal al pensar en ello, y me adentro en el baño.
Me hago un moño en la coronilla y me lavo la cara a conciencia, dejando que el agua se lleve los rastros de maquillaje que no se quedaron en mi almohada.
Termino de cambiarme de ropa, ajustando los pantalones con un par de vueltas en la cinturilla porque me quedan demasiado grandes, y deslizando por encima de mi cabeza una camiseta demasiado corta que deja mi barriga a la vista.
Genial elección de pijama improvisado. Pero no pienso salir de casa en todo el día, así que me importa una mierda. Además, ya me ducharé por la noche.
Voy a la cocina, agonizando por meterme un poco de cafeína en el cuerpo y tomarme un analgésico para el dolor de cabeza, caminando como un espíritu persiguiendo a algún pobre humano para conseguir su última voluntad antes de poder irse en paz.
Me froto la cara cuando el sol vuelve a alcanzarme, pero me quedo helada al girarme hacia la derecha y ver una sombra danzando por mi cocina.
Tardo un par de segundos en identificar a la persona que está allí, moviéndose como si fuera su casa.
Pero no puede tratarse de nadie que no sea él :
Tate está en mi cocina.
Peleándose con mi cafetera.
Y lamento decir que él no va ganando.
Lo escucho soltar una maldición entre dientes, dejando a un lado la jarra llena de agua, y tengo que morderme el interior de la mejilla para no reírme.
Observo detenidamente su cuerpo ahora que no es consciente de mi presencia.
Lleva la misma ropa de ayer y el pelo completamente despeinado, con los rizos apuntando a todas partes.
No lleva zapatos, y la camiseta se le levanta, dejando a la vista su abdomen marcado, cuando se estira para coger dos tazas de la estantería sobre el fregadero.
Virgen santa.
Siento que el calor se acumula en mis mejillas ante las inesperadas vistas. Y lo peor no es eso, sino las tazas que sujeta: mi favorita de limones y la que me hizo en el taller de artesanía.
Carraspeo para aliviar la quemazón de mi repentina garganta seca, llamando sin querer la atención del nuevo inquilino.
Tate se gira hacia mí con las cejas alzadas, pero no me mira a la cara.
Sus ojos bajan a mis pies descalzos, subiendo con una lentitud agónica por mis pantalones demasiado bajos y mi camiseta demasiado corta.
Desliza la mirada por todo mi cuerpo con una expresión tranquila, contrastando con la mía: los ojos muy abiertos, los labios apretados y un calor creciendo de forma insistente en mi interior.
Me quedo paralizada ante su escrutinio, y espero a que él sea el primero en hablar. Creo que si intento hacerlo yo, solo saldrá un aullido indescriptible.
“¿Estás bien?,” pregunta con voz grave.
Mis pies se ponen en marcha sin habérselo ordenado, como mariposas que siguen el impulso de acercarse a las flores.
“Necesito una aspirina,” admito, acercándome al cajón de las medicinas, justo a su izquierda.
Tate no se mueve cuando me quedo a un paso de él, sino que incluso siento que se inclina hacia mí.
“¿Has dormido bien?”
Hago un ruidito afirmativo, sin confiar en que mis cuerdas vocales funcionen teniéndolo tan cerca.
“Dejé que me babearas un poco la camiseta antes de llevarte a la habitación. Espero que no te haya molest-”
Abro mucho los ojos, echándome hacia atrás para verle la cara.
“¿¡Te babeé la camiseta!?,” le corto, pegando un grito.
¿Me puedo morir de la vergüenza?
Tate me mira con una expresión divertida, encogiéndose de hombros. “No es la primera vez que llenas de saliva algo que es mío, campanilla.”
Me. Va. A. Dar. Algo.
Tengo que echar a este hombre de mi casa antes de que me dé un infarto.
Aprieto los labios con fuerza, volviendo la vista al cajón de las medicinas. Concéntrate. Aspirinas. Necesito aspirinas.
“Además, tampoco me importó mucho. Estás adorable cuando duermes,” continúa diciendo, ajeno a la fiesta que tiene montada mi corazón ahí dentro.
Sigo ocupada en mi tarea, saco un par de pastillas de los blísteres y me las trago sin pensarlo. Haciendo como si la presencia de Tate no me estuviera volviendo loca, vierto en silencio el agua de la jarra en la cafetera, pongo un par de cucharadas de café en polvo sobre el filtro y la enciendo.
“¿Café?,” pregunto como si nada, apoyándome en la encimera, lo más alejada de Tate como me lo permite mi pequeño apartamento.
“Gracias,” contesta con una sonrisa ladeada.
Un silencio incómodo se instaura entre nosotros. Me extraña que se haya quedado, así que respiro hondo y rompo el silencio preguntando lo que lleva un rato en la punta de mi lengua:
“¿Qué haces aquí?,” pregunto de golpe, sin filtros.
Tate se cruza de brazos sin que su sonrisa tiemble, como si no le afectara en absoluto.
“Me quedé dormido en el sofá.”
Frunzo el ceño.
“¿En mi sofá?”
Asiente. “Estaba hojeando otra vez el cuaderno de viajes cuando me dormí sin darme cuenta.”
Parpadeo.
“Después de… llevarme a mi habitación,” digo, sin tono de pregunta.
Aun así, él asiente.
“¿Y te has quedado toda la noche?,” pregunto, aunque la respuesta sea obvia.
Tate se encoge de hombros, como si fuera lo más natural del mundo. Esboza una sonrisa con la que podría conseguir lo que quisiera.
“Por si acaso.”
Por si acaso.
Claro.
La cafetera pita, avisando de que el café está listo, pero Tate se me adelanta y es quien llena nuestras tazas con el líquido negro.
Me tiende la que está pintada con arándanos, y me armo de valor para sostenerla con una firmeza fingida, tratando de ocultar mis manos temblorosas.
Para mantenerme ocupada, me encargo de añadirles leche, y vuelvo a mi sitio en cuanto están listos.
Como si mantener las distancias fuera a salvarme de mis propias emociones.
“Podrías haberme despertado por la noche en vez de llevarme a la cama,” digo, dándole un sorbo a la dulce bebida que sabe a gloria después de una noche de cervezas amargas.
“Créeme que lo intenté,” contesta, medio riendo, dejándome lívida. “Te zarandeé un poco y te moviste como si estuvieras en el gimnasio y yo fuera tu saco de boxeo.”
“Eso no es cierto,” murmuro con un parpadeo.
“Claro que sí,” insiste, riendo. “Casi me gano un codazo en la tráquea, así que no quise jugármela y te llevé a la cama.”
“Lo siento,” consigo pronunciar con una mueca.
Pero Tate se encoge de hombros.
“Fue emocionante.”
No puedo evitar que se me escape una risa al imaginar la escena: Tate, con lo grande y fuerte que es, derrotado por una mujer dormida.
El silencio vuelve a instaurarse en mi cocina, pero ya no es tan incómodo. La atmósfera entre nosotros es ligera, y me permito relajarme un poco.
Me apoyo un poco más en la encimera, dando un sorbo a mi café sin saber muy bien qué decir.
“Gracias,” digo al final, en voz baja. “Por… lo de anoche.”
Tate esboza una pequeña sonrisa y, cuando contesta, su tono es tan suave como una caricia.
“No es nada.”
Pero no suena a nada .
Asiento despacio, sintiéndome cohibida de pronto, y desvío la vista hacia la ventana abierta. El sol se cuela por ella mientras la ligera brisa de la mañana refresca el piso.
Su móvil comienza a sonar sobre la encimera, obligándome a mirarlo.
Tate contesta al teléfono sin apartar la vista de mí. Lo veo escuchar con atención lo que sea que le estén diciendo, respondiendo con monosílabos y movimientos de cabeza como si pudieran verle.
“Era mi hermano,” explica tras colgar. “Tengo que ir a echarle una mano con el ganado.”
“¿Ahora?,” pregunto, y me arrepiento al instante de hablar, porque mi tono suena suplicante, como si lo último que quisiera fuera que se marchara.
¿Por qué quiero alargarlo? Debería irse…. Ya se ha quedado durante toda la noche.
“Si necesitas algo…” Parece que va a seguir hablando, pero se queda en silencio un momento, como si se arrepintiera de lo que iba a decir. “Nos vemos, campanilla,” termina diciendo, apartando la vista.
Frunzo el ceño, viendo cómo desaparece tras la puerta.
Me vuelvo a quedar sola en el apartamento; con Tate dentro parecía diminuto, pero ahora el espacio se siente enorme, demasiado para llenarlo yo sola.
“¿Qué tal ha ido la tarde, Julie?”