Capítulo Diecinueve #2
Al entrar, me quito los zapatos, apoyándome en la pared para no perder el equilibrio, y avanzo hasta la cocina a por dos vasos.
Tate me sigue y, cuando me giro para preguntarle qué quiere beber, me quedo embobada.
Su enorme cuerpo lo ocupa todo. A su lado, mi apartamento parece encogerse hasta volverse ridículamente pequeño.
No dejamos de mirarnos cuando pasa de la cocina al salón en solo dos zancadas.
Incluso mi sofá de tres plazas parece un simple sillón cuando se deja caer sobre él.
Me observa a lo lejos con tanta intensidad que la distancia entre nosotros deja de sentirse real.
Cojo aire despacio, con la boca ligeramente entreabierta, y no se me escapa cómo traga saliva con fuerza mientras sigue cada uno de mis movimientos.
“¿Quieres agua?,” consigo decir con la voz algo ronca.
“Claro,” murmura, como si a él no le costara hablar mientras a mí me resulta demasiado fácil quedarme sin aire.
Asiento una vez, obligándome a apartar la vista para rellenar los vasos en el fregadero.
Mis pasos ya no son tan inestables como hace una hora, pero aun así avanzo con cuidado de no derramar el agua y me siento lo más lejos de Tate en el sofá.
Dejo el suficiente espacio como para que nuestros cuerpos no lleguen a rozarse ni por accidente.
El silencio se cierne sobre nosotros, y siento que me va a dar algo. ¿Para qué narices lo he tenido que invitar a subir? Intento mantener la mente en blanco, recreándome en mi borrachera, pero los efectos del alcohol no hacen más que menguar. ¿Y si me tomo otra cerveza?
Por Dios, Julie… admite de una vez que estás jodida.
Cierro los ojos con fuerza hasta que veo destellos detrás de los párpados. Ninguno de los dos abre la boca, y me planteo fingir que me quedo dormida. No es tan difícil. Solo tengo que respirar fuerte o soltar algún ronquido.
Pero un movimiento a mi derecha me pone en alerta y me hace olvidar mis estúpidos planes de huida. Todo mi cuerpo se tensa, pero solo me atrevo a abrir un ojo lentamente. Porque soy una cobarde, ¿recuerdas?
Veo —si es que se puede llamar ver a tener el ojo entrecerrado— a Tate inclinándose sobre la mesa.
Por un momento pienso que va a coger el vaso de agua que le he dejado, pero en su lugar pasa los dedos por encima de una superficie marrón con letras bordadas en dorado.
Mi cerebro no es lo suficientemente rápido como para predecir lo que está a punto de ocurrir.
Me limito a observar cómo Tate vuelve a recostarse en el sofá con el objeto entre sus manos.
No sé por qué abro los ojos. Si por una llamada celestial de mi ángel de la guarda o porque me he cansado de no ver una mierda. Pero es como si de repente mi cerebro conectara los puntos que estaban perfectamente ordenados delante de mi cara.
Porque Tate tiene mi cuaderno entre sus manos, y mi encefalograma se convierte en una puta línea recta.
Salto encima de él como si mi vida dependiera de ello. Tate se asusta —y con razón, porque vaya maníaca debo de parecer desde fuera— y, como acto reflejo, se aferra al cuaderno de las narices, estrechándolo contra su pecho.
Lucho para quitar sus dedos de mi bien más preciado de la casa, pero Tate no se mueve un centímetro.
De hecho… ¿se está riendo?
“¡Desgraciado!,” exclamo entre dientes, sentada sobre mis piernas y usando el peso de todo mi cuerpo para hacer fuerza.
Tate responde con una risa suave que nace en su pecho y llega hasta mis manos, apoyadas en él.
No tengo tanto aguante a estas horas de la noche, y la cercanía entre nosotros se vuelve imposible de ignorar, así que respiro hondo y dejo de forcejear.
Pruebo a mirarlo suplicante, pero no reacciona.
Espero a que se canse, que me devuelva el cuaderno y olvidemos los últimos cinco minutos de nuestra vida.
Pero Tate no es de los que se rinden tan fácilmente.
Lo veo esbozar una muy lenta, casi tortuosa, sonrisa ladeada que no me gusta un pelo.
“Ni se te ocurra,” farfullo, dejándome caer de nuevo sobre el sofá.
“Venga, campanilla, no puede ser tan malo,” dice casi rogando.
“Es solo un diario. ¿Qué puedes esconder que sea tan terrible? O no serás… una asesina en serie y aquí escribes todas las cosas retorcidas que les quieres hacer a tus víctimas.” Se echa a reír, como si fuera la idea más descabellada que ha pensado nunca.
Yo me dedico a mirarlo fijamente con una ceja enarcada. “¿Por qué no me dejas verlo?”
“Porque no eres de confianza,” suelto sin pensarlo.
Tate parpadea.
“Eso ha dolido.”
“No me importa.”
Pero sí lo hace .
“Pensaba que éramos amigos.”
“Tú y yo no podemos ser amigos, Tate,” digo demasiado brusca. Pero ambos sabemos que tengo razón.
Y no sé si me duele más que su rostro no exprese ninguna emoción o la puñalada que yo misma he clavado en mi estómago.
“Entonces no lo abro,” dice sin inmutarse.
Se inclina otra vez para dejar el cuaderno donde estaba, pero suelto un resoplido, murmuro para mis adentros una ristra de palabrotas y lo intercepto antes de que llegue.
“Está bien,” mascullo con fastidio.
Porque cuando se trata de Tate no tengo ningún instinto de resistencia: siempre acabo cayendo en su juego.
Con una sonrisa de suficiencia, abre el cuaderno sobre su regazo y pasa las páginas muy despacio, con una delicadeza casi mágica. Tate jadea al descubrir su interior, y lo mira todo con una fascinación demasiado sincera para mi delicado corazón.
“Wow,” murmura en un hilo de voz, pasando a la siguiente página. “Esto no me lo esperaba.”
Las fotos de Heaven Mountains nos devuelven al día de la desastrosa ruta con mis amigas.
Pero también están las instantáneas que hice cuando fuimos a Hazel Field. El recuerdo me hace encogerme en el asiento. Me encantaría que el sofá se abriera y me tragara. Pero me quedo paralizada al ver una sonrisa asomar en los labios de Tate.
“Te quedó preciosa, campanilla,” dice con la vista clavada en las páginas llenas de fotografías y frases. No sé si lo dice por el collage o por el paisaje de las montañas que se veía desde la camioneta, pero me permito devolverle la sonrisa y relajarme a su lado.
Me acerco a su costado para ver mejor el cuaderno y, casi sin darme cuenta, acabo apoyando mi mejilla contra su hombro.
A Tate parece no importarle el contacto, porque se acomoda mejor contra el cojín y ladea la cabeza para dejarme más espacio.
Siento cómo el corazón me late desbocado, pero me obligo a calmarme, a soltar un poco el control y dejarme llevar.
Las páginas siguen pasando despacio, una tras otra, hasta que el ritmo se vuelve casi hipnótico. No sé en qué momento empiezo a hundirme más contra él, buscando inconscientemente su calor. Solo sé que el cansancio acumulado de la noche comienza a pesarme en los párpados.
Se difumina en mi memoria el instante en que cierro los ojos, y lo último que recuerdo es el suave tacto de su camiseta, el sutil balanceo de su cuerpo con cada respiración y unas ligeras caricias en la mejilla, tan suaves que no distingo si son reales o solo una versión deseada de la realidad.