Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Diecinueve
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Capítulo Diecinueve

Julie

E l mundo da vueltas a mi alrededor. Es como si todos los muebles hubieran cobrado vida y se estuvieran moviendo a toda velocidad. No consigo enfocar nada. ¿Así se sentirá la comida al meterla en el microondas?

Como esto no pare, voy a acabar vomitando.

O tal vez soy yo la que está girando.

Estoy a punto de caer al suelo, mareada, con una sonrisa boba plantada en los labios. Siento el suelo deslizarse bajo mis pies; una estrepitosa caída inminente. Cierro los ojos, dejándome llevar, aceptando mi destino… pero unas grandes manos me alcanzan antes de comerme el suelo.

No puedo parar de reír por la adrenalina del momento. Todos mis sentidos están nublados por el alcohol y el cansancio. Y, aun así, no me pasa inadvertido el cosquilleo que me recorre ahí donde me sujetan con firmeza en la cintura desnuda.

Llevo un top amarillo corto y una falda vaquera que me llega hasta la mitad de los muslos. Hay bastante piel a la vista y, en el caso de Tate, también a su alcance.

Abro los ojos muy lentamente, todavía sin poder enfocar lo que tengo delante. Los ojos azules que me observan son inconfundibles, y me cuesta no quedarme ensimismada al observarlo tan de cerca.

A pesar de no distinguir una mierda.

Los destellos azules tintineantes me recorren el cuerpo como si buscara alguna herida. Una profunda carcajada escapa de mi garganta cuando mueve las manos y me hace cosquillas.

“Alto, vaquero, no querrás que me mee en tus brazos.”

No soy consciente de lo que digo hasta que me escucho. Vuelvo a reírme sin poder controlarlo, ya que claramente he dejado mi autocontrol en la pista de baile hace ya unas horas.

Tate suelta una risa grave que me eriza la piel. Observo cómo se agacha lentamente hasta quedar a mi altura, y su boca queda a pocos centímetros del lóbulo de mi oreja. Siento un calor en la entrepierna, y rezo para no haberme meado encima.

Lo siento, ¿vale? Estoy borracha y no soy de piedra.

“Creo que te mereces un descansito,” dice con voz ronca.

Mis labios se entreabren al sentir que mis pulmones colapsan, reclamando un poco de oxígeno.

“Agua,” consigo pronunciar con la boca seca.

Me aparto de él antes de que le dé tiempo a contestar, y me acerco con pasos tambaleantes a la barra.

Hay un taburete libre, y no me lo pienso dos veces antes de subirme y sentarme sobre mis rodillas.

Estiro todo mi cuerpo por encima de la encimera llena de bebidas vacías para llamar la atención de Theo.

Lo saludo como una sonrisa —como llevo haciendo toda la noche— y le pido un vaso de agua. Apenas se ve sorprendido, y no me extraña, porque creo que todo el local se ha dado cuenta que las tres mosqueteras y yo, D'Artagnan, nos hemos pasado un poco con las bebidas.

“Aquí tienes, señorita.”

Me deja delante el vaso con una pajita, y en agradecimiento le lanzo un beso que le hace reír.

Trato de bajarme del asiento, pero está demasiado alto y tengo las manos ocupadas como para hacerlo con gracia.

Lo más sencillo hubiera sido dejar el vaso y deslizarme hacia el suelo, pero borracha soy igual de cabezota que un Weston, y me quedo con las neuronas justas como para ni siquiera planteármelo.

Pero, como lleva haciendo toda la noche, mi príncipe azul ve que estoy en apuros y viene en mi rescate.

¿No veis cómo es Encantador?

“¿Qué has dicho?,” pregunta con una sonrisa divertida.

Siento un calor acumulándose en mis mejillas, y sacudo la cabeza, balbuceando cualquier excusa.

Definitivamente solo puedo beber agua a partir de ahora, ya no distingo entre lo que pienso y lo que digo en voz alta.

“Es una muy buena idea, campanilla,” murmura Tate, para mi maldita sorpresa.

¡Julie! ¡Deja de pensar!

Escucho la risa entre dientes de Tate demasiado cerca de mi oído. ¿¡Desde cuándo estamos tan cerca otra vez!? Me sujeta de las axilas como si fuera una niña pequeña, desenredo las piernas bajo mi trasero y me deja sobre el supuestamente estable suelo.

Pero a mí todo me da vueltas, y estable es la última palabra que se me ocurriría para describir cómo son las arenas movedizas bajo mis pies.

“¿Estás bien?,” pregunta Tate preocupado, agachándose para mirarme de cerca. Desliza la vista por todo mi rostro, como si tuviera un escáner y me estuviera analizando.

Siento que comienzan a sudarme las palmas de las manos. Antes de que se me resbale el frío vaso, lo sujeto con fuerza con ambas. Tate no se aleja de mí, sino que me mira expectante, esperando que responda.

Bebo un sorbo, tanto para aclararme la garganta como para ganar algo de tiempo. No puedo pensar con claridad si Tate me mira como si fuera la única flor azul en medio de un campo de margaritas.

“Estoy mareada,” admito, llevándome el vaso a la mejilla para bajar el calor. Ya no sabría decir si estoy ardiendo por Tate o por la cantidad de gente que hay en el local.

Tate asiente y se gira hacia donde están mis amigas, bailando sin vergüenza en medio de la pista como si estuvieran en el salón de su casa. Rodea mi muñeca con delicadeza y me dejo llevar sin oponer resistencia mientras se abre paso entre la multitud.

Las chicas gritan al vernos. Se acercan a nosotros para abrazarnos torpemente, intentando no derramar sus bebidas encima de nosotros.

Me río al devolverles el gesto.

Vaya exageradas. Ni que hubiéramos estado una hora ausentes. Solo habremos estado… ¿diez minutos? Bueno, entre que fui a la barra y Theo me atendió, habrán sido más. Unos… ¿veinte? ¿cuarenta?

Ay, madre, no tengo ni idea.

“Creo que me voy a ir a casa,” prácticamente les grito para que me escuchen por encima de la canción country que suena a todo volumen por los altavoces que cuelgan del techo.

Todas ahogan un grito y niegan con la cabeza, rogándome que me quede un rato más. Pero, aun estando bajo los efectos del alcohol, sé que con Rachel presente un rato significa aguantar despierta tres horas más. Y ya son las tres de la mañana.

Sage es la primera en calmarse, analizando mi rostro con la cabeza ladeada. “¿Necesitas que te acompañemos?”

Niego con fuerza, fijándome en cómo Rachel mira a nuestras amigas con gesto suplicante. Me siento mal al marcharme, siendo el último fin de semana de Rachel aquí, pero necesito beber dos litros de agua y dormir la mona.

“No hace falta, voy sola.”

Total, son solo un par de calles hasta mi edificio.

Me fijo en cómo Lib intercambia una mirada con su hermano. Deben de estar manteniendo toda una conversación en sus cabezas, porque aguantan varios segundos sin apartar la vista, fulminándose con los ojos. Cosas de hermanos, supongo .

Es Tate quien termina suspirando con fuerza como si se hubiera rendido. Una sonrisa orgullosa ilumina el rostro de Lib, y me giro hacia él buscando una explicación de lo que acaba de ocurrir.

“Te acompaño,” dice sin más.

“¿Qué?,” grazno. Me aclaro la garganta con los ojos muy abiertos. “No hace falta,” digo, intentando sonar más calmada.

Lo veo encogerse de hombros, ajeno al estado de ebullición en el que se encuentra mi cuerpo por la mera idea de pasar tiempo a solas con él.

“Estoy cansado. Y no estás precisamente en condiciones de hacer turismo nocturno.”

Abro la boca para protestar, pero se me escapa una risa floja antes de intentarlo.

“No estoy tan mal…”

“Estás lo bastante mal como para que eso no sea negociable,” me corta Sage, seca, pero sin dureza.

Asiento de mala gana.

Voy a coger el bolso que me tiende Lib, y solo en ese momento me doy cuenta de que Tate todavía me sujeta la muñeca. Ambos bajamos la mirada hacia donde nuestros cuerpos conectan, pero de repente me suelta como si el contacto le abrasara.

Intento ignorar el pinchazo que siento en el pecho, y en su lugar me centro en agarrar el bolso con mi mano libre.

“Está bien,” accedo.

“Mándame un mensaje cuando llegue,” le pide Sage a mi acompañante.

Antes de volverme hacia la puerta, miro hacia ellas una última vez. Todas me abrazan como despedida y me prometen que me echarán de menos. Me tengo que alejar de aquí antes de que me líen para quedarme, sino nunca conseguiré marcharme.

“No os pongáis peores sin mí.”

“Demasiado tarde,” responde Rachel, alzando su botellín.

Y entre risas, el grupo de amigas vuelve a su ruido.

Me abro paso por el local hasta llegar a la puerta, pero antes de salir me giro hacia la barra y me pongo de puntillas para despedirme de Theo. Le lleva unos segundos verme; me saluda con la mano y me lanza un beso, imitándome.

Salgo de The Red entre risas y con mi escolta, algo más callado de lo normal, pisándome los talones.

Caminamos por las calles vacías de River Cross en un extraño silencio. Solo se escuchan nuestros pasos y el ruido apagado, cada vez más lejano, de la música del local. No nos lleva ni diez minutos cruzar la manzana y llegar a mi edificio.

Nos paramos frente al portal sin abrir la boca. Mantengo la vista clavada en mis pies. Hemos estado juntos durante horas, cantando y riendo, ¿por qué ahora es todo tan… incómodo?

Tate no dice nada, y me están empezando a sudar las manos.

¿Debería preguntarle si quiere subir? Me ha acompañado hasta aquí sin habérselo pedido.

Ya es más de lo que me esperaría de cualquier hombre.

Y ha estado toda la noche pendiente de mí.

Joder, hasta me ha ayudado a bajar de un maldito taburete.

Qué mínimo que invitarle a un vaso de agua… ¿no?

Qué diablos.

“¿Quieres pasar?”

No soy tan valiente como para alzar la vista para ver su reacción, sino que me giro hacia la puerta y meto la llave en la cerradura. Lo escucho decir algo en voz baja a mi espalda, pero solo entiendo algo como «para asegurarme de que estés bien».

La excusa para no mirarlo es buena y, como la cobarde que sí soy, no espero a que me conteste, sino que me adentro en el portal y directamente sujeto la puerta para que pase.

Intento mantener la mente en blanco mientras lo escucho seguirme por las escaleras. Lo bueno es que estoy lo suficientemente borracha como para que no me importe subir en silencio.

Creo que mis pulmones no aguantarían respirar e intentar mantener una conversación al mismo tiempo.