Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Dieciocho #3
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Capítulo Dieciocho #3

Salgo del trance al que soy incapaz de no sucumbir y bajo la vista a los tres pares de ojos de diferentes colores que me miran como si me estuvieran haciendo un escáner facial.

“¿Qué ocurre?,” pregunto, confundido.

“Te lo dije,” se limita a decir Lib, mirando a Sage durante un segundo, que pone los ojos en blanco sin apartar la vista de mí.

“Esto no prueba nada.”

“¿Cómo que no?,” pregunta la del pelo medio rojo, metiéndose en la conversación a la que no se me ha invitado. “¿No te parece suficiente?”

“Claro que no, no ha admitido nada,” insiste la pelinegra.

“Pero cuenta perfectamente.”

“Más claro, agua,” asiente mi hermana.

Pero Sage no cede, sino que se cruza de brazos.

“La norma era que lo dijera en voz alta.”

Intercalo la vista entre ellas como en una partida de tenis. Es bastante incómodo que estén discutiendo entre ellas pero que no dejen de mirarme en ningún momento.

“¿Qué hay que decir en voz alta?,” me animo a preguntar, ganándome que todas tuerzan la boca.

“¿No veis? No tiene ni idea,” dice Sage, entrecerrando los ojos.

Lib resopla a su lado, alzando las cejas.

“Tate, por favor, ilumínanos.”

La boca se me abre en un acto reflejo.

“¿Qué? ¿Yo?” Me señalo. “¿Estabais hablando de mí?”

Rachel rueda los ojos.

“Es idiota.”

Mi hermana asiente.

“No se entera ni de dónde sopla el viento.”

Alzo las manos, siendo consciente de que jamás había estado tan confuso en toda mi vida.

“Chicas, por favor,” suplico. “Como dice Lib, no me estoy enterando de nada. Si fuerais tan amables de explicarme de qué narices estáis hablando, podré responderos e iluminaros como queréis que haga.”

Sage se muerde el labio inferior y se gira hacia sus amigas.

Las tres intercambian una mirada con la que mantienen toda una conversación sin necesidad de palabras que me pone los pelos de punta.

Parece que toman una decisión rápido y todas están de acuerdo, porque se vuelven hacia mí, todas a la vez, con la misma sonrisa diabólica. Dan un mal rollo de cojones.

“Te gusta Julie.”

No es una pregunta. ¿O sí? No suena a pregunta.

¿Debería contestar con una pregunta o con una afirmación?

Pero… ¿afirmación de qué? No he sido capaz ni de admitirlo en voz alta a mí mismo, voy a hacerlo ahora, un sábado noche en The Red, rodeado de vecinos y con la chica de la que creo que me estoy enamorando a menos de cinco metros.

Por Dios… creo que me va a dar algo.

“Está cortocircuitando.”

“Creo que se va a desmayar.”

“¿Y si se cae? ¿Podremos las tres con él?”

“Yo no tengo ganas de cogerlo. Lo dejaremos caer y luego, si eso, lo llevamos al hospital.”

“¿Y si se hace daño en la cabeza? No quiero tener que convivir con un parapléjico.”

“Rachel, si ni siquiera vives aquí.”

“Lo sé, pero creo que me sentiría tan mal que me mudaría aquí solo para cuidar de él.”

“En caso de daño cerebral, yo seré la idiota que se haga cargo de él, así que retiro lo dicho: si se cae, le agarramos la cabeza.”

“¿Qué hay del resto del cuerpo?”

“Oye, chicas, ¿Tate está bien? Lleva un rato sin moverse.”

“Ah, hola, Julie. Sí, es como si su cerebro hubiera borrado todos los datos y se hubiera olvidado de cómo se vive.”

“¿Has conseguido las bebidas?”

“Sí, están en la barra. He venido en cuanto os he visto con Tate. Lleva sin parpadear ya varios minutos.”

“¿Y si le soplamos en los ojos?”

Por Dios… que ahora están todas mirándome.

Parpadeo con fuerza. El ruido del local vuelve de golpe, como si hubiera sacado la cabeza de debajo del agua.

“Yo…”

Sage me da un codazo en el costado. “Respira, campeón.”

“¿Te ha comido la lengua el gato?,” pregunta Julie con una sonrisa ladeada que ahora mismo me sienta como una patada en la boca del estómago.

“Ahora mismo no puedo contestar,” digo de carrerilla, sabiendo que no puedo negar lo innegable pero que tampoco puedo admitirlo aquí. Y menos delante de Julie.

“¿Contestar a qué?,” pregunta ella, mirando a sus amigas.

Todas me lanzan una mirada de reproche, como si hubiera empezado yo con el interrogatorio.

Sage suelta aire por la nariz, como si le diera hasta pereza la situación.

“Contestar a nada,” dice, volviéndose hacia Julie. “Solo le están tomando el pelo.”

Me paso una mano por la nuca y doy un paso atrás.

“Debería volver con mis amigos,” digo en voz tan baja que no sé si me habrán escuchado.

Pero lo hacen, porque se abalanzan sobre mí. Incluso Julie.

“Oh, venga, no te vayas. ¿Con quién has venido?,” pregunta Rachel con una mirada ladina. Qué peligro tiene esta mujer.

“Con esos dos.” Señalo con la cabeza la mesa en la que están sentados Luke y Ada, ahora uno al lado del otro, demasiado pegados como para ser solo dos amigos.

“Ew,” suelta Lib, haciendo una mueca.

Exacto. Ew .

Me encojo de hombros. “Es lo que hay.”

“No vuelvas todavía. Está claro que no te echan de menos,” insiste Sage. “Quédate con nosotras un rato. Ibas a pedir, ¿no?”

Me lanza una mirada que no sé muy bien cómo leer.

“Vale,” cedo al final. “Pero solo un rato.”

No creo que Luke y Ada echen en falta sus cervezas…

Rachel levanta los brazos como si hubiera ganado algo.

“¡Eso es lo que decimos todas!”

Cuando vuelvo la vista hacia ellas, Julie me está mirando.

Y me sonríe como si se alegrara más que nadie de mi decisión.