Capítulo Dieciocho #2
Está eufórica mientras preparamos a los caballos, aunque ya no sé si su entusiasmo se debe a ver por fin el recorrido o a la cena que nos espera esta noche.
De cualquier forma, me alegro de que haya podido venir tan rápido.
No tengo prisa en poner en marcha mis planes, pero sí quiero dejar organizado todo lo que debería hacer con el recorrido y saber cuáles son los planes que pueden funcionar, siendo realistas.
Y para ello necesito a la experta en equitación, Ada Sterling.
Mientras avanzamos por las tierras de mi familia le cuento las mil ideas que se me han ido ocurriendo durante estas últimas semanas. Ada me escucha con atención, reflexionando en voz alta sobre cuáles pueden salir mejor y cuáles peor.
Hacemos una lista de pros y contras, y termina ganando por unanimidad el plan de crear una pequeña escuela de equitación. Con la única condición de que sea a jinetes que ya sepan montar a caballo.
Serán cursos de perfeccionamiento o de iniciación al cross. Se impartirán todos los niveles, pero sin empezar desde cero. Me recomienda, tal y como había pensado, que yo sea el profesor al comienzo. Si la cosa sale bien y funciona, poco a poco podré plantearme el contratar a otro profesor.
Entendiendo por otro profesor a ella.
“¿Te interesaría?,” pregunto con sorpresa.
“Claro,” dice, encogiéndose de hombros con una sonrisa.
“Ahora estoy dando clases en Blue Ranch, en Windstone, pero tengo varios días libres. Podrías tomarte todo el mes para pensarlo, dejar que el verano termine. Aprovecha el tiempo y termina de montar el recorrido. Haz unos cuantos obstáculos más, cava alguna zanja o ver si puedes añadir alguna charca por la zona. Incluso puedes hacer obstáculos más simples en alguna zona de campo que tengáis libre y entrenar ahí para que tus caballos se vayan acostumbrando.”
Me quedo en silencio, intentando procesar toda la información de golpe.
Ada se ríe, dándome unas palmadas en el brazo.
“No te agobies, Tate. Tienes todo el tiempo del mundo y ninguna prisa, la combinación perfecta,” me recuerda. “Y siempre puedes llamarme si te ves perdido o necesitas ayuda con algo relacionado con las instalaciones.”
“Gracias, de verdad,” digo con una sonrisa agradecida que corresponde.
Le enseño los obstáculos uno a uno. Ada se baja del caballo para inspeccionarlos más de cerca y darme su aprobación.
Me dice cosas a mejorar con la mejor de sus intenciones y tomo nota de cada uno de sus apuntes.
En mitad del recorrido nos da por hacer una lluvia de ideas para nuevos obstáculos, y solo consigue que aumente el cosquilleo que me lleva acompañando desde que comencé el proyecto.
Ada se sorprende del nivel de detalle que he puesto en cada uno de los saltos, y se ríe al ver la locura que es el obstáculo con el seto de flores rosas.
Las horas pasan en un abrir y cerrar de ojos, y, casi sin darnos cuenta, apenas nos queda una hora para volver a casa e ir a River Cross.
“Ahora dime la verdad, Ada,” comienzo, girándome para mirarla. “¿Crees que esto funcionará en el pueblo?”
Mi amiga aprieta los costados de su montura para avanzar hasta quedar a mi lado. Tuerce ligeramente la boca en lo que dura un parpadeo. El gesto le hubiera resultado imperceptible a cualquiera, pero me doy cuenta. Y la sensación que me embarga dista mucho de ser agradable o alentadora.
“Te voy a ser sincera, y es que va a ser complicado…,” admite, lanzándome una amable sonrisa.
“Te recomiendo que le des una vuelta y pienses en contratar a alguien para promocionarlo,” continúa.
“No es fácil convencer a la gente de por aquí para que se apunten a clases de una disciplina como es el cross.”
“¿Y eso?,” pregunto con el ceño fruncido.
Ada se encoge de hombros.
“Solo organizan concursos a mínimo una hora de aquí, así que es complicado que le interese a alguien solo por pasatiempo. A todos nos gusta participar alguna que otra vez en algún concursillo. Le da una chispa diferente al deporte.”
Hago una mueca, recordando haber visto un par de folletos en el corcho de The Red anunciando algún concurso y ninguno era por la zona.
“Respira, Tate,” me recuerda riendo. “Solo quiero dejarte claro que no es tarea fácil, pero para ti va a ser pan comido, ya lo verás.”
Suspiro, mirándola con diversión, aunque por dentro estoy acojonado.
“Quiero que Almond Valley sea conocido en todo el pueblo.”
“Y no tendrás problema en conseguirlo,” asiente, guiñándome un ojo. “Pero no va a ser tarea fácil. Vas a tener que trabajar duro los próximos meses.”
Dejamos todo limpio en los establos cuando terminamos, pero le pido unos minutos para apuntar todas las ideas y planes para el recorrido en mi pequeño despacho.
Ada asoma la cabeza por la puerta, y la miro con una expresión de disculpas antes de cerrar mi libreta.
“Vamos, vaquero, que me muero de hambre. Si no vamos ya a The Red, acabaré almorzando tu brazo… o el de Luke,” añade, mordiéndose un dedo con picardía.
“Espero que escojas con sabiduría,” murmuro con una risa, levantándome para seguirla con una satisfacción serena y el corazón lleno como nunca antes.
“¿Queréis algo más?,” les pregunto a mis acompañantes, que no han apartado la vista del otro en toda la cena.
Me quedo ahí plantado, de pie frente a la mesa, durante varios segundos. Cambio el peso de una pierna a la otra, y termino carraspeando con fuerza cuando me doy cuenta de que no me han ni escuchado.
Por primera vez en la noche, Luke por fin se digna a mirarme.
“Otra cerveza, sí.”
“¡Para mí también, por favor!,” exclama Ada frente a él, lanzándome una rápida mirada agradecida antes de volverse hacia mi amigo para reanudar la conversación a la que, claramente, no me han dejado participar en toda la noche.
Casi puedo ver los corazones saliendo de sus ojos. Ew.
Me abro paso entre la gente del bar que ha ido llegando después de la hora de cenar.
Es sábado por la noche y, a pesar de que The Red siempre está lleno los fines de semana, se nota en el ambiente que los vecinos están encantados de que haya vuelto el buen tiempo.
No hay ni un asiento vacío en todo el local, y tengo que pedir perdón varias veces para llegar hasta la barra.
Llevamos un par de días de lluvia incesante, pero justo hoy ha decidido salir el sol.
Y, con él, mi hermana y sus amigas.
Me interceptan antes de haberlas visto, siendo Sage la primera y única en darme un fuerte abrazo. Rachel me saluda con un gesto de la cabeza, y mi hermana me da un puñetazo de broma en la mejilla.
Son como las protagonistas de Sexo en Nueva York : Sage es Carrie, intensa, romántica y caótica; Rachel sin duda es Samantha, independiente, segura de sí misma y arrolladora; mi hermana, Lib, es Miranda, más sarcástica, inteligente y realista.
Pero falta la Charlotte del grupo, la más dulce, sensible y perfeccionista.
Desvío la mirada a nuestro alrededor, sintiendo el corazón en la garganta.
Una melena rubia decorada con un enorme lazo azul bebé me hace entornar los ojos.
Está inclinada sobre la barra, con las rodillas sobre un taburete, intentando llamar la atención del camarero que, para sorpresa de nadie, es Theo.
Sonrío inconscientemente cuando se gira hacia la derecha y veo su perfil. Se está mordiendo el labio inferior, concentrada, y tiene las cejas ligeramente fruncidas.
Es adorable.
“Hola, tierra llamando a Tate,” canturrea Sage, pasando una mano por delante de mi cara varias veces.