Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Dieciocho
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Capítulo Dieciocho

Tate

H as pensado qué vas a hacer con todos los obstáculos?”

Me alzo sobre la silla para girarme y mirar a mi hermano con el ceño fruncido.

“¿Saltarlos?,” pregunto de vuelta.

Wade resopla como si fuera un caballo y me lanza una larga mirada de reproche. Es demasiado fácil sacarlo de sus casillas. Y llevo años perfeccionando mi técnica para tocarle las narices en el menor tiempo posible.

“Me refiero al recorrido. ¿Es solo para ti o tienes pensado anunciarlo?”

Freno a Raven para dejar de hacer contorsionismo y ponerme al lado de Shiny. Miro a Wade con una sonrisa contenida, y su ceño fruncido se marca todavía más. Es encantador.

“En principio iba a ser algo para Almond Valley,” admito, haciendo una pequeña pausa para recordar todo lo que he estado pensando durante estas últimas semanas.

“Pero cuando fuimos al viejo granero en primavera hablé con Ada, Ada Sterling, y pensé que sería una buena idea usarlo también para dar clases. Incluso montar una escuela de equitación.”

“¿Eso es lo que quieres?,” pregunta mi hermano, mirándome con la cabeza ladeada. “¿Ser profesor de equitación?”

Me encojo de hombros.

“Nunca me lo había planteado, pero creo que es algo que me puede gustar. Estaré ocupado durante todo el día, pero adoro los retos, amo los caballos y me encanta enseñar cosas nuevas. Es una buena combinación, y podré seguir con mis proyectos, aunque serán para ir mejorando la escuela.”

Wade no me contesta al instante, sino que lo medita durante tanto tiempo que me hace dudar de mis posibilidades.

No he pensado mucho los detalles, es solo una idea a largo plazo y tampoco sé si funcionará.

Pero tengo ilusión, experiencia y un recorrido, así que no lo veo tan negro como parece que lo está pintando Wade en su cabeza.

Cuando por fin habla, yo también estoy terminando de convencerme de que va a ser un completo desastre.

“Es una buena idea,” me sorprende diciendo. Y así, de un plumazo, borra todo rastro de mis malos pensamientos. Lo miro con los labios apretados, conteniéndome para no sonreír. “Si crees que es algo que vas a disfrutar haciendo, entonces adelante. Crea la mejor escuela de cross de la provincia.”

“¿De verdad?”, pregunto, incapaz de contener la emoción en mi voz.

Veo un atisbo de sonrisa en sus labios que me devuelve la esperanza que me faltaba.

“De verdad, Tate.”

Esas simples palabras quizá para él no signifiquen nada, pero para mí abren una puerta que no estaba seguro de atreverme a cruzar: el empujón que necesitaba para comenzar una nueva etapa.

Terminamos con la última tarea de la mañana, arreglando la última valla del cercado del ganado.

Me pareció que sería más rápido proponerle a Wade ir a caballo para movernos de un lugar a otro, así que apenas tardamos media hora en dejar todos los prados en condiciones y reemplazar un par de candados.

Lo primero que hago en cuanto dejamos los caballos en los establos es llamar a Ada y pedirle que venga hoy a la granja.

Si todo va bien, podrá ver el recorrido y hablaremos del futuro de la primera escuela de equitación de Almond Valley.

Salgo a toda prisa de la casa de mi madre con Sage pisándome los talones. Cometí el error fatal de contarles a todos durante la comida que Ada vendría, y no han dejado de acribillarme a preguntas hasta que el móvil me ha sonado por una nueva notificación y la he usado como excusa para largarme.

Lo que ellos nunca sabrán es que era un correo para avisarme de que me estoy quedando sin espacio. El mismo que recibo todos los malditos días.

Y no me preguntaron lo que todo el mundo preguntaría, no. Todas las cuestiones iban dirigidas hacia Ada, el tipo de relación que tenemos y afirmaciones sobre lo guapa que es.

De coña.

Solo me quedan un par de metros para llegar a la puerta de mi camioneta y, contando con que las piernas de Sage son igual de estables que las de un cervatillo, la carrera está ganada.

Una sonrisa de suficiencia estira las comisuras de mi boca, pero un chillido poco convincente me obliga frenar en seco para girarme.

“¡Qué daño!,” se queja Sage, tocándose la rodilla.

Su amiga, Rachel, aparece por la puerta en lo alto de las escaleras.

Es como una extensión de Sage. Lleva casi una semana aquí y, como cada vez que viene, se ha convertido en una más de la familia.

Todos la adoran y siempre intentan emparejarla con alguien del pueblo.

A ella no le parece mal, sino lo contrario, e incluso se pone exigente con los pretendientes que les enseñan mi abuela y mi madre.

“¿Qué has hecho?,” pregunto sin acercarme. Con esta mujer nunca se sabe. No quiero que me salte a la espalda y eche a perder mi plan de huida.

“Me he dado con…” mira a su alrededor, como si estuviera buscando algo “…la barandilla.”

Enarco una ceja, dando un paso atrás para apoyarme contra el caliente metal de la puerta.

“Sage, la barandilla está a medio metro de ti.”

La veo apretar los labios, decidiéndose entre seguir haciendo el tonto o soltar lo que sea que tenga que decirme.

“Agh, está bien.” Suelta un resoplido, sentándose en el escalón. Rachel se reúne con ella en la escalera, tomando asiento a su lado. “Queríamos proponerte algo.”

Intercalo la vista entre las dos, expectante, sin saber muy bien a dónde quieren llegar.

“¿ Queríamos ?”

“Sí, ha sido sobre todo cosa de Rae. Ya sabes, con todo esto del recorrido, los caballos, el pueblo… Llevamos un par de días dándole vueltas a una idea y creemos que puede ser interesante hacer algo con tu proyecto de cross.”

Me cruzo de brazos, pero no me pongo a la defensiva.

“Os escucho,” digo, asintiendo una vez.

Sage esboza una pequeña sonrisa, y Rachel le da un pequeño codazo para que continúe.

“Sería hacer una especie de evento, o una fiesta. Con gente. Rollo inauguración.”

Parpadeo, procesándolo.

“¿Un evento?” repito.

“Sí,” asiente ella, animándose. “Con caballos, gente del pueblo, incluso visitas de fuera. Organizar algo para que todos puedan ver el trabajo que has hecho. Incluso podríamos juntarlo con los clientes que tengo de Trust & Trot. Hacer una bienvenida de los nuevos servicios de Almond Valley.”

Sage se retuerce nerviosa las manos sobre el regazo, y su amiga la mira un segundo antes de volverse hacia mí: “No es nada cerrado, solo una idea… pero pensamos que podría funcionar muy bien contigo.”

“¿Los nuevos servicios?,” me limito a preguntar.

“Bueno… sí…,” Sage titubea al hablar, bastante más nerviosa que cuando me persiguió por toda la casa. “Conociéndote, estaba casi al cien por ciento segura de que ibas a abrir el recorrido para todo aquel que quisiera entrenar o incluso que tendrías pensado dar clases.”

Suelto una incrédula carcajada que las hace mirarme como si me hubieran salido dos cabezas. No deja de sorprenderme el fuerte poder que tiene mi cuñada para leer cada uno de mis pensamientos.

“Es justo de lo que iba a hablar con Ada en…” miro la hora en el móvil y trago saliva al ver que me acaba de mandar un mensaje de que ya está aquí. “…ahora mismo.”

“Creo que alguien no llega a tiempo para su cita,” canturrea Rachel con una sonrisa diabólica.

Sage la empuja con el hombro, pero me mira esperando una respuesta.

“Es muy buena idea, chicas,” admito mientras abro la puerta de la camioneta. “Os prometo que lo pensaré. Si queréis, puedo comentárselo ahora a Ada para ver qué opina.”

“¡Pero que no nos robe la idea, eh, sinvergüenza!,” exclama Sage, alzando la voz por encima del ruido del motor cuando arranco. “¡Queremos créditos!”

“¡Encárgate del cartel y pon tu nombre bien en grande!,” grito de vuelta, guiñándole un ojo.

Nos despedimos con un trato listo para ser firmado y no tardo ni dos segundos en poner rumbo a los establos.

El aire cálido de la tarde se cuela por las ventanillas bajadas, haciendo que el pelo que sobresale bajo mi gorra me haga cosquillas en la nuca. Aparco al lado de un todoterreno azul cian y me recoloco la gorra antes de bajar del coche para asegurar unos mechones rebeldes tras mis orejas.

Entro en el establo, normalmente vacío a estas horas del día, para encontrarme con una larga melena con destellos rojizos recogida en una coleta baja.

Lleva unos vaqueros ajustados, escondidos en los bajos por unas gastadas botas de montar marrones, y una camisa azul bien metida por la cinturilla y arremangada hasta los codos.

Cubro la distancia que nos separa con unas cuantas zancadas, y a medio camino Ada se da la vuelta al escuchar mis pisadas.

“¡Tate!,” exclama antes de rodearme con sus brazos en un corto abrazo.

“Perdón por llegar tarde,” me disculpo, quitándome la gorra para poder mirarla sin obstáculos. La visera me robaba parte de su expresión, al ser igual de alta que yo.

“No te disculpes. He sido yo quien no avisó al salir para aquí,” dice con una ligera risa.

“Estaba en Blue Ranch cuando me llamaste, así que fue terminar de duchar a un caballo, comer algo rápido y venir. No quería perder el tiempo. Tengo muchas ganas de ver lo que has montado,” explica con alegría, casi dando saltitos de la emoción.

Parece una niña pequeña con un nuevo juguete, pero no puedo juzgarla: por dentro me siento exactamente igual.

“Te agradezco mucho que hayas venido, Ada. ¿Qué te debo?”

Hace un gesto con las manos para restarle importancia.

“Con unas alitas en The Red estoy más que servida.”

Me río entre dientes, pero asiento mientras la guío hacia los caballos que llevaremos.

“Iba a cenar con Luke esta noche, pero puedo preguntarle si puedes unirte.”

Me giro para ver cómo Ada abre la boca de la sorpresa, antes de esbozar una sonrisa ilusionada, casi suplicante.

“Nada me encantaría más.”

“Trato hecho, entonces.”

Nos damos la mano para sellar el trato.

“Vamos a ver esos obstáculos,” dice, guiñándome un ojo.