Capítulo Diecisiete
Julie
E l suave balanceo del tren avanzando lentamente por las vías me adormece tan pronto como me desplomo sobre mi asiento.
Después de la caótica bienvenida de Rachel a nuestro retiro espiritual, no descansamos en todo el día.
Sage demostró ser la mejor de las cuatro haciendo ahogadillas —si es que había alguna duda— y nos pasamos horas huyendo de ella.
Hicimos carreras por la arena, nos tiramos al agua desde unas rocas y disfrutamos como si volviéramos a tener doce años.
Probablemente no me sentía tan exhausta desde esa edad, y por eso pierdo la batalla contra mis párpados a los tres segundos de que el tren se ponga en marcha.
No sé cuánto tiempo pasa desde que me quedo dormida hasta que alguien me agarra del hombro y me sacude con cuidado, pero termina de un plomazo con mi sueño bastante subido de tono, protagonizado por un hombre tatuado hasta el cuello con hombros de nadador.
“Venga, Julie, levanta ese culo,” me susurra la voz de Lib.
Abro los ojos con pesadez, sintiéndome todavía más cansada de lo que estaba, y giro la cabeza mientras me quito las legañas para observar el paisaje de la ventana.
Estación de Windstone
Estoy tan dormida que no me había dado cuenta de que el tren ya está completamente parado. Me tapo la boca con la mano cuando un bostezo me hace cerrar los ojos de nuevo.
“Julie, no tenemos todo el día,” me llama Sage desde la puerta del vagón.
Me levanto a desgana y salgo con ellas arrastrando mi maleta.
No abro los ojos del todo para no despertarme.
Así, cuando llegue a casa, bastarán un par de segundos para caer rendida.
Lib entrelaza su brazo con el mío y me guía por la estación.
Me dejo llevar medio adormecida con la mente en una sola cosa: las suaves sábanas de mi cama.
La cálida noche nos da la bienvenida de vuelta a casa cuando salimos de la estación. Ninguna lleva chaqueta encima, pero tampoco las necesitamos, con los veinte grados que deben de hacer. Una ligera brisa, aunque demasiado caliente, hace revolotear mi pelo suelto cuando llegamos al aparcamiento.
Con los ojos a medio abrir, observo cómo mis amigas suben las maletas a la batea de la camioneta y, para mi sorpresa, ellas también toman asiento como pueden ahí detrás.
No recordaba que la camioneta de Wade solo tuviera asientos delanteros, pero no lo pienso demasiado cuando me quedo ahí plantada y todas me gritan que me suba de una vez al asiento del copiloto.
Mi único pensamiento es: qué majas mis amigas, sacrificando sus vidas para que yo pueda echar otra cabezadita de diez minutos.
Ilusa de mí, la realidad es justo la contraria.
Pero no me doy cuenta hasta que me subo a la camioneta, abrocho mi cinturón, me acomodo para dormirme contra la ventanilla y respiro hondo. Porque es el fuerte aroma que podría reconocer en cualquier parte lo que me hace reaccionar.
Cuero y heno.
Abro mucho los ojos como en una película de terror, completamente despierta de sopetón. Me giro a toda prisa hacia el asiento del conductor, sujetando con fuerza el cinturón como si fuera mi ancla, y siento cómo se me desencaja la mandíbula.
Tate Weston está conduciendo.
Repito. Tate Weston está conduciendo.
Boqueo como pez fuera del agua, intentando encontrar las palabras para formular las mil preguntas que se arremolinan en mi mente, pero mis cuerdas vocales no están por la labor.
“¿Te ha comido la lengua el gato, campanilla?,” pregunta Tate con su usual aire despreocupado, hincando un codo en el marco de la puerta, aprovechando que la ventanilla está bajada.
Cuando por fin consigo encontrar mi voz, Tate ya ha puesto el coche en marcha y conduce por la oscura carretera.
“¿No venía Wade a recogernos?,” pregunto en un hilo de voz.
Tate niega, volviéndose hacia mí un segundo.
“Se quedó dormido en el sillón de la casa de mi madre, así que he decidido ser un buen hermano y hacerle el favor. Mi madre dice que una vez al año no hace daño,” dice, guiñándome un ojo con sarcasmo.
“Genial.”
Atrapo mi labio inferior entre los dientes y me giro hacia la ventanilla, deseando no haberme despertado.
La última vez que vi a Tate recuerdo que estábamos a solas y demasiado pegados en el Wildflower Waltz.
El ambiente entre nosotros era demasiado…
cercano y no volvimos a hablar desde entonces.
Tampoco nos hemos visto, y no sé si lo que siento ahora es alivio o temor.
Me dolió que se fuera, sobre todo después de esos segundos de extraña complicidad que aún no sé cómo interpretar. Lo único que sé con certeza es que hay algo. No me lo he inventado, en algún punto él también sintió lo mismo que yo… pero decidió apartarme. Y duele.
Porque no es lo mismo que no sientan lo mismo que tú a que lo sientan y aun así decidan no elegirte.
Es como quedarse a medias de algo que nunca llegó a empezar del todo, pero que tampoco termina de desaparecer.
Tate aprieta con fuerza el volante con su mano izquierda y baja el volumen de la radio con la otra. La canción que suena no está en la discografía de Elton John ni es alguna cercana al espíritu glam.
Que no esté puesta su playlist no sé si es una buena señal, pero no soy tan migajera como para cruzar esa línea.
Tampoco tengo tiempo de pensarlo demasiado, porque me sorprende al aclararse la garganta y dirigirse hacia mí.
“¿Cómo han ido las vacaciones?”
Ah, así que ahora esta va a ser nuestra dinámica. Conversaciones de vecinos que se encuentran casualmente por la calle.
Reprimo un resoplido y me encojo de hombros.
“Bastante bien.”
Tate parece conforme con mi escueta respuesta, porque hace un sonido de aprobación y no continúa con la conversación.
Mejor.
Encima de que me ha despertado y no voy a poder dormir esta noche más de tres horas, me da la alegría de no hacerme sufrir con una conversación banal.
Pero el paraíso lo hemos dejado a cientos de kilómetros atrás, y no tarda ni dos segundos en volver a abrir su bocaza.
“¿Habéis ido a la playa al final?”
Tengo que contener el impulso de fingir que me desmayo para no contestar. En cambio, hago un ruidito afirmativo.
“¿Y en qué momento ha aparecido Rachel?,” continúa preguntando con un deje divertido.
Ha pasado más de un mes desde que no lo veo y ahora… ¿me pregunta por Rachel?
¿Cómo pueden ser así los hombres, pasando de ti un día e interesándose por tu vida al siguiente?
Me encojo de hombros, armándome de paciencia.
“Hoy por la mañana.”
“Entonces seguro que no habréis parado en todo el día,” dice riendo. “Hasta que la conocí no pensé que existiera alguien con más energía que Sage.”
Me ablando un poco al hablar de Rachel y me acomodo mejor en el asiento para mirarlo de soslayo. Siento que los músculos se me relajan y dejo de tener los hombros en tensión.
“Dormí todo el trayecto en tren,” admito, y, como si hubiera invocado el sueño, un bostezo me hace cerrar los ojos unos segundos. Tate suelta una carcajada que lo envuelve todo.
“Julie Bell babeando un vehículo. Me haré el sorprendido.”
“Muy gracioso,” murmuro rodando los ojos.
Me lanza una mirada rápida con una sonrisa ladeada.
“¿Sabes? Es como la tercera vez que admites lo divertido que soy. ¿Debería empezar a creérmelo?,” pregunta con tono burlón.
Me muerdo la lengua para no darle la satisfacción de fingir una risa, aunque el silencio también acaba siendo una forma de dársela.
"No te emociones demasiado…," digo, respirando hondo. "No es tan difícil hacer gracia cuando te lo tomas todo como una farsa."
“¿Una farsa?,” pregunta, confundido por mi tono, ni rastro de la diversión de hace un momento.
Aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula. Debería callarme y dejar esta conversación para otro momento… o para nunca. Pero algo en mi interior me empuja con fuerza a continuar, como si me hubiera quedado atrapada en una frase que no dejo de repetir en mi cabeza: hablar o morir .
“Sí, una farsa.”
“Julie… ¿de qué estás hablando?”
Siento que la rabia comienza a bullir en mi interior, el último empujón que necesitaba para hablar. Siempre hablar.
“A esto.” Nos señalo a los dos. “Esta relación. Esta tregua. Esta amistad .” Tate me mira con los labios apretados y el ceño levemente fruncido.
“No es justo para mí. Porque parece que tú puedes seguir hablando conmigo como si fuéramos dos personas normales en un coche… y yo no.” Mi voz va desapareciendo, y hago una pausa antes de añadir: “Sé que te dije que aceptaba ser tu amiga, pero ahora me doy cuenta de que no puedo simplemente desconectar todo lo demás, Tate.”
Nos quedamos en silencio lo que parece ser una eternidad. Mi razón no manda cuando estoy cerca de él, sino mi corazón. Y ahora mismo está demasiado frágil como para arriesgarme a fingir que no ocurrió nada diferente la última vez que nos vimos.
“Lo sé, y lo siento,” dice en un hilo de voz. “Sé que no he hecho las cosas bien y que no he sido del todo sincero. Debería haber guardado las distancias contigo. Pero no podía contenerme. Cuando se trata de ti nunca puedo contenerme, cariño.”
Me giro en el asiento con los labios ligeramente separados. Observo cómo se pasa una mano por la cara, y puedo sentir su desesperación desde aquí.
“Sé que no es excusa y que te he hecho daño. Pero ahora mismo solo puedo ofrecerte mi amistad,” dice, más despacio, como si le costara. “Siento no poder ser lo que a ambos nos gustaría que fuera. Pero necesito tiempo. Y no quiero hacerte daño por no saber dónde estoy.”
Trago con fuerza para intentar deshacer el enorme nudo de mi garganta.
“Vale…” Asiento despacio, sin atreverme a mirarlo. “Supongo que es lo que hay… Gracias por ser sincero, al menos.”
Tate deja escapar el aire en una lenta exhalación.
“No es así como imaginaba tu vuelta de las vacaciones,” farfulla entre dientes, como si a él le molestara más que a mí.
Se me escapa una risa nasal y mis mejillas se sonrojan sin remedio.
“Te prometo que la próxima vez que me acerque a más de medio metro de ti, tendré las cosas claras.”
“¿Debería empezar a creérmelo?,” pregunto con una ceja alzada, recordando sus palabras.