Capítulo Dieciséis
Julie
M e duelen las piernas, tengo la boca seca, hace rato que no siento los brazos y estoy sudando por sitios que ni sabía que podían sudar.
La frente me pica ahí donde la tela de la gorra me aprieta y, cuando me la quito para limpiarme el sudor acumulado, tengo que cerrar los ojos con un quejido por el potente sol.
Añadimos ceguera a mi lista de quejas.
No me entra en la cabeza cómo hay gente que hace esto por diversión. Es lo más parecido al infierno que he estado.
“¡Vamos, lentas, ya podéis ir moviendo esos culos!,” exclama Sage con su maldita energía infinita.
“¿Para qué quieres ir tan rápido?,” pregunto con la boca pastosa. “¡Me va a dar una insolación!”
“¡Lo único que nos espera ahí arriba es un montón de piedras!,” exclama Lib, que camina dando tumbos varios metros por detrás de mí.
Nuestra líder del senderismo continúa gritándonos sin mirarnos, ajena a nuestro estado deplorable.
“Te juro que como no se calle, la tiro por el barranco,” dice Lib entre dientes, sujetándose a la barandilla que nos protege de una muerte segura. “Mi plan es esperar a la siguiente curva y hacer un descansito en cuanto la perdamos de vista.”
Me parece el plan perfecto, y no me lo pienso dos veces cuando freno para ponerme a su altura. “¿Cuánto crees que tardará en darse cuenta de que no la estamos siguiendo?”
“Ni siquiera se gira para gritarnos como si estuviéramos en el ejército, Julie,” dice con una risa que termina en una tos seca. “No se va a dar cuenta hasta que llegue arriba del todo, pasen tres horas y vea que todavía no hemos aparecido.”
Tuerzo la boca, sintiéndome un poco culpable. Pero es comprensible: o hacemos un speedrun de la ruta o sobrevivimos al día de hoy.
Avanzamos a paso de tortuga, tostándonos al sol de la tarde lentamente pero por una buena causa.
En cuanto Sage tuerce la esquina y se pierde tras la ladera de la montaña, Lib y yo salimos escopeteadas hacia el bosque.
Tropezamos con nuestros propios pies destrozados, pero no dejamos de correr hasta que llegamos a la sombra.
Nos tiramos al suelo húmedo y frío a un lado del camino, y agradecemos a todo el que se nos ocurre durante más de cinco minutos seguidos.
“¿Por qué no propusiste ir a un spa?,” murmura Lib, hecha un ovillo sobre la hierba.
“No pensé que Sage se pondría en plan sargento,” contesto, tumbándome sobre mi espalda para mirar cómo las hojas de los árboles nublan el cielo.
“Imaginaba una ruta tranquila, de una hora como mucho, divertida y que nos hiciera conectar con la naturaleza. Igualita a la que hice con mi familia durante la semana del Wildflower Waltz.”
“Con lo único natural que estoy conectando es con mi instinto. Y me pide a gritos que mate a mi mejor amiga.”
Me muerdo el interior de la mejilla para no reírme.
Es serio. A mí también me gustaría asesinar a Sage por habernos hecho sufrir durante más de dos horas bajo el sol abrasador de pleno julio.
“En cinco minutos le mando un mensaje,” murmuro con los ojos cerrados, disfrutando de la suave brisa. “Espero que estés más tranquila para entonces.”
Escucho cómo suspira con pesadez. “Intentaré contenerme…”
Aprovechamos la pausa para beber y comer un par de barritas energéticas.
Saco la cámara de mi mochila y le hago varias fotos al paisaje desde las sombras, sin atreverme a tocar el sol todavía.
Lib, mucho más relajada que antes, me pide que le saque una foto, en la que me muestra una sonrisa preciosa, y después nos hacemos un par de selfies en los que o a mí se me ve media cara o le corto la cabeza a Lib.
Estamos riéndonos de las desastrosas fotos cuando escuchamos una estampida acercándose.
Alzamos la vista y la clavamos en el camino, y de repente Sage aparece sin aliento y chorreando en sudor como si hubiera corrido una maratón.
Hacemos una mueca de asco al verla, y chillamos cuando prácticamente se nos tira encima para abrazarnos.
“¡Pensaba que os habría atacado un oso!,” exclama con la cara enterrada en el hombro de Lib.
“Pero si te avisé de que íbamos a hacer un descanso,” replico, intentando alejarme de ella.
“¡Os podría haber comido un oso mientras venía! ¡He tardado más de media hora en bajar corriendo!”
Frunzo el ceño y Lib sonríe.
“¿Tan lejos estabas?”
“¡Te lo dije!,” me dice Lib a la vez.
Sage se separa con los ojos vidriosos, y nos obliga a levantarnos y dar una vuelta sobre nosotras mismas para asegurarse de que estamos bien.
“Sage, te prometo que si nos hubiera atacado algo, te habríamos mandado un mensaje,” digo, dándole un sorbo a mi botella.
“Ah, perfecto. Algo así como: «Hola, Sage, nos están matando. Besitos» hubiera sido perfecto.”
No puedo evitar soltar una carcajada. Lib niega con la cabeza, divertida.
“Relájate. Lo único que nos está matando es la ruta,” digo, volviendo a sentarme en la hierba fresquita.
Lib resopla y se deja caer en el suelo con dramatismo.
“Confirmo. Mis piernas han dejado de responder desde hace cuatro kilómetros. Ahora mismo estoy funcionando por inercia.”
“Pero si hasta aquí solo hay cuatro kilómetros y medio,” dice Sage con el ceño fruncido.
“Lo sé,” contesta la rubia con una ceja enarcada. “Imagínate el sufrimiento al que me has estado sometiendo.”
Sage aprieta los labios para contener una sonrisa.
“Ha sido una idea de mierda,” admito con una mueca.
“La peor forma de empezar el verano,” asiente Lib.
“Para mí no ha sido tan terrible.” Sage se encoge de hombros, pero no ve la mirada asesina de su amiga. “¿Al menos has podido hacer alguna foto para tu cuaderno de viajes?,” pregunta, sentándose bajo un árbol.
Extiendo un brazo para darle las instantáneas, y observo cómo pasa los papeles mientras se muerde el labio inferior.
Pero frunce el ceño de pronto. “¿Decapitar a Lib en todas las fotos era a posta?” Gira las polaroids para que las veamos, haciéndonos volver a estallar en risas.
Son insuperables. Pretendo enmarcarlas en mi apartamento.
“Están genial, Julie,” murmura, volviendo a mirarlas con una sonrisa satisfecha.
Las fotos no tienen nada que ver con la tímida instantánea que saqué de las montañas desde la carretera cuando fui a Hazel Field con Tate.
Siento que ha pasado una eternidad desde ese viaje…
y apenas un mes desde la última vez que lo vi.
Su recuerdo llega sin avisar, como una punzada breve que desaparece antes de que pueda hacerle sitio.
Y mejor así, porque preferiría volver a hacer esta ruta que encontrarme pensando más de un segundo al año en Tate Weston.
Hace varias semanas que Lib y Sage saben de la existencia de mi cuaderno de viajes.
Cuando mi madre me lo regaló y conocí a las chicas, no tenía intención de mantenerlo en secreto, pero una parte de mí sentía miedo, incluso vergüenza, de que lo descubrieran.
Y sobre todo que vieran que ni siquiera lo estaba utilizando.
Llevaba varias semanas sin coger la cámara, pero sentía que ya iba siendo hora de comenzar a llenar el cuaderno de nuevos recuerdos.
La noche después del último día de la subasta anual de ganado, cuando estábamos cenando en The Red, les conté a mis amigas esta parte de mi mundo.
Ellas, para mi sorpresa, estaban encantadas e ilusionadas, y me propusieron hacer un viaje para empezar.
Al principio me reí, como si fuera una idea bonita pero lejana, algo que se dice sin pensar demasiado.
Pero cuanto más hablaban, más alcanzable parecía.
Comenzaron a lanzar destinos al aire, a imaginar planes improvisados, a preguntarme qué lugares me gustaría capturar primero. Y, sin darme cuenta, terminamos organizando una ruta por las montañas.
Alguien tendría que habernos advertido de que Sage era una fanática del senderismo y que Lib y yo necesitábamos unos pulmones nuevos.
Es curioso, porque estaba tan encerrada en mí misma, temerosa por dejar salir una parte secreta de mí, que no era consciente de todo lo que me estaba perdiendo. A pesar de que este haya sido el peor plan jamás elaborado, es un recuerdo más para mi cuaderno de polaroids.
Hemos reído, hemos sudado y no nos ha comido un oso, así que supongo que no ha salido tan mal después de todo.
“¿Has pensado a dónde nos quieres llevar ahora?,” pregunta Sage después de subirse en el asiento del conductor. Me sujeto al respaldo de mi asiento para mirar hacia atrás, donde Lib me observa con cara de súplica.
“¿Alguna petición?,” le pregunto, con una sonrisa torcida.
Lib abre mucho los ojos y pega un chillido.
“¡Quiero ir a la playa!,” exclama con todas sus fuerzas.
“¡Siempre he querido hacer surf!,” añade Sage a mi lado.
Ambas me miran expectantes con los ojos como platos, y me obligo a quedarme en silencio varios segundos para crear un poco de tensión. Viendo el éxito de hoy… ¿qué es lo peor que puede pasar?
“Hace años que no veo el mar,” contesto, encogiéndome de hombros, consiguiendo que estallen en chillidos.
Grito con ellas y nos abrazamos torpemente dentro de la camioneta, pero estoy tan feliz que no me importa clavarme el broche del cinturón en la rodilla.
Voy a llenar el cuaderno de historias divertidas y especiales; siempre acompañadas de estas dos alocadas a las que quiero incluso cuando me sacan de quicio.
Meto la última camiseta en mi maleta pequeña con un suspiro mientras escucho el ligero rumor de las olas que se filtra por la ventana abierta.
El olor a salitre del mar se mezcla con el suave aroma del ambientador de la habitación.
La arena que parece haberse quedado pegada a mis chanclas me hace cosquillas en los dedos de los pies al caminar de un lado a otro.
Guardo las cosas que voy encontrando tiradas por el suelo de cualquier manera, y cierro la cremallera tras acomodar mi neceser.
Sé que todavía quedan unas horas para marcharnos, pero me conozco lo suficiente como para saber que si lo dejo para el último momento llegaremos tarde a la estación de tren.