Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Quince #2
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Capítulo Quince #2

“Ha sido esclarecedor,” continúa hablando. “Sabía que bailabas bien, pero no imaginaba que tendríais montada toda una coreografía.” Suelta otra carcajada, que tapa mi gemido desesperado. “Ojalá lo hubiera sabido antes…”

“¿Para qué?” Mi voz suena floja, amortiguada por mis manos. “¿Para torturarme?”

“Por ejemplo.”

No la veo, pero estoy seguro de que ha encogido los hombros y tiene una sonrisita de suficiencia plantada en la boca. Nos quedamos en silencio varios segundos, y, cuando consigo armarme de valor y levantar la cabeza, me encuentro con sus ojos verdes como olivas brillando de la diversión.

“No es algo que me dé vergüenza,” explico con voz queda.

“¿Entonces qué pasa?”

Hago una mueca, como si me doliera algo físicamente al tener que pronunciar lo que pienso en voz alta.

“Es por ti.”

Frunce ligeramente el ceño, como si no terminara de entender.

“¿Por mí?”

Trago saliva, incómodo.

“No quería que me vieras haciendo el idiota.”

Julie ladea la cabeza, suavizando su sonrisa.

“Tate, tú siempre haces el idiota,” dice, tratando de aguantarse la risa. “Pero ha sido entretenido.”

Gimo, volviendo a esconder la cara entre las manos.

“Genial. Me alegra haber sido tu espectáculo de la noche.”

“Oh, sin duda has sido el de todo el pueblo.”

Dejo salir todo el aire de mis pulmones con una risa seca, y levanto la vista para mirarla. Me observa tan tranquila, para nada molesta, asustada o asqueada, que mis hombros se relajan al instante.

“Inventamos esa coreografía de pequeños,” explico. “Y solo la hacíamos delante de la familia.”

“¿Y hoy queríais ampliar horizontes o qué ha pasado?”

“¿Crees que había algún cazatalentos por ahí?”

“Diría que las posibilidades son una entre mil, así que a lo mejor es vuestro día de suerte,” dice con una sonrisa que ilumina su rostro.

“Genial. Siempre quise ser bailarín de Beyonce.”

Mi comentario le arranca una carcajada que le hace inclinar la cabeza hacia atrás, y siento el orgullo como una sensación cálida que me recorre todo el cuerpo.

“Sin duda causarías emoción,” consigue decir, sin aliento. “Yo no he podido dejar de mirarte en toda la coreografía.”

Mi boca se tuerce en una mueca.

“No sé si me alegro.”

“Yo sí,” asegura, dándome un pequeño empujón en el brazo. “Ha sido como ver a un pájaro haciendo la danza de apareamiento para su hembra.”

“Por Dios…” Me paso una mano por mi incipiente barba. “Y yo que pensaba que no podías apartar la vista del increíble hombre con el que bailabas,” farfullo entre dientes.

Julie abre la boca, y hasta yo me sorprendo de mi comentario de hombre de las cavernas.

“Vaya,” dice al final, alargando cada vocal con una ceja arqueada. “No sabía que te fijaras tanto en mí.”

“No me fijo,” respondo demasiado rápido.

Julie esboza una sonrisa ladeada, lenta, peligrosa.

“Claro.”

“Además, si tienes pareja, no importa,” añado, aunque sé que sueno ridículo.

“¿Pareja?” Ladea la cabeza, mirándome con diversión.

Trago con fuerza, y no lo pienso demasiado cuando contesto:

“Sí, el tipo con el que estabas. Elías.”

“Elijah,” me corrige, alzando una ceja.

Hago un gesto de indiferencia con la mano. “Lo que sea.”

“Vaya, qué atención al detalle tienes para lo que te interesa,” dice burlona, deslizando la mirada por mi rostro.

Resoplo, cruzándome de brazos para aparentar control.

“Es un nombre difícil de recordar.”

“Sí, para un niño de cuatro años,” replica, imitando mi postura y entrecerrando los ojos.

Nos quedamos en un incómodo silencio durante lo que parecen horas. Julie me observa con un brillo divertido en los ojos que no termino de entender y me comienza a molestar. ¿Se está riendo de mí? ¿O se está burlando porque tiene pareja?

Cualquiera de las dos opciones me parece una mierda, y me enfado todavía más conmigo mismo por no haberme dado cuenta antes. ¿Desde hace cuánto que tiene novio?

¿Le he regalado un ramo y una puta taza de café mientras tenía pareja?

A mí me va a dar algo.

“Eli es mi mejor amigo,” Julie corta mis pensamientos autodestructivos tan rápido como un cuchillo caliente deslizándose sobre la mantequilla.

Me quedo medio paralizado, con los ojos fijos en su expresión tranquila y escuchando cómo el latido descontrolado de mi corazón retumba con fuerza en mis oídos.

“¿Amigo?,” repito como un estúpido.

La veo asentir, y es como si me hubieran quitado un enorme peso de encima. Observo cómo se inclina hacia atrás y apoya los codos en la hierba seca sin deshacerse de su sonrisa.

¿Y ahora qué coño va a pasar? ¿Qué se supone que tengo que hacer?

Es más que evidente que he quedado como un completo imbécil celoso, clavado en el césped, balbuceando frente a la única persona capaz de desarmarme en cuestión de segundos.

“¿No ves cómo siempre haces el idiota?,” me pregunta con una sonrisa de suficiencia. Por Dios… “¿Sabías que te dan espasmos entre las cejas cuando te quedas en blanco?”

Antes de que me dé tiempo a reaccionar, tengo a Julie pegada a mi cuerpo.

Mis brazos siguen cruzados sobre mi pecho, y aprieto los puños contra mis costados para contenerme de hacer alguna tontería.

Julie se sienta sobre sus rodillas, quedando cernida sobre mí, y extiende una mano para tocar el punto entre mis cejas.

Con una delicadeza angelical, siento cómo desliza las yemas de sus dedos sobre mi cálida piel.

La tensión de mi frente desaparece, y todo parece detenerse a nuestro alrededor, como si el mundo hubiera decidido esperar mientras ella juega con mis nervios.

“Mucho mejor,” susurra con una leve sonrisa.

A mí me duele el pecho de lo fuerte que retumba mi corazón.

Estamos muy cerca. Más de lo que recuerdo haber estado con ella desde que dejamos de vernos.

Todo en mi ser me grita que me incline hacia ella y termine con la distancia que separa nuestros labios.

Pero otra parte pequeña, pequeñísima , de mí me recuerda que no estoy siendo franco, que Julie me ha dejado claro que no siente nada por mí, que solo quiere ser mi amiga, y yo todavía no estoy preparado para dar el paso.

Odio al pequeño Pepito Grillo que me repite una y otra vez que no puedo besar a Julie ahora, que no debo marcharme y romperle el corazón. No sería justo hacerle ilusiones si no voy a entregarme por completo, porque eso es lo mínimo que se merece.

Julie necesita a un hombre que esté a su lado pase lo que pase, que confíe en ella y sea sincero.

Yo apenas soy capaz de ser honesto conmigo mismo y poner en orden el huracán de emociones que me invade cada vez que la tengo cerca.

Lo mejor es mantener la distancia, evitarle un dolor demasiado grande, y que no se arrepienta de darme una oportunidad si no voy a llegar hasta el final.

Emito un ruidito para demostrarme a mí mismo que sigo vivo, que sigo respirando. Julie suelta una suave risa nasal, pero aprieta los labios cuando me separo de ella lentamente.

La veo juntar las cejas, y ahora es mi turno de pasar los dedos por encima de las arrugas que se le forman por el gesto.

“Lo siento, campanilla.” Hago una pausa, rozando su mejilla con suavidad. “Será mejor que me marche.”

“Si eso es lo que quieres,” susurra con ojos tristes.

“Es lo mejor,” murmuro con expresión torturada.

Julie me mira con intensidad, pero termina asintiendo.

“Está bien,” dice mientras se levanta, sacudiéndose la tierra seca de las rodillas y tendiéndome una mano.

Pero no está bien. Nada está bien.

Ni siquiera la descarga eléctrica que siento al tocarla y la forma en la que contiene la respiración cuando me pongo de pie frente a ella. Echo un último vistazo a sus ojos verdes como olivas y, con el corazón latiendo a mil, doy un paso atrás.

Me alejo con la certeza de que volveré cuando esté preparado. Pero lo que me aterra es que, para entonces, ella ya no lo esté.