Capítulo Quince
Tate
A veces no basta con ser valientes.
A veces expresar lo que sentimos es más difícil de lo que creemos. El miedo es tan intenso que necesitamos algo más que coraje. Nos asusta ser vulnerables, equivocarnos, no ser correspondidos, que nos rompan el corazón.
Qué irónico: algo tan sencillo como amar se vuelve complicado cuando realmente somos nosotros mismos quienes lo enredamos.
Luego están los celos, la envidia… y de repente parece que todo deja de importar.
Te dan ganas de mandarlo todo a la mierda, convertirte en un troglodita por unos minutos y coger en brazos a la mujer que te vuelve loco, llevártela a un lugar donde solo tú puedas contemplarla y confesarle todo lo que sientes.
Pero no soy un troglodita ni tengo tanto valor.
Me quedo ahí, parado, con el corazón latiéndome a mil por hora, deseando poder cruzar la distancia que nos separa, pero atrapado por mis propios miedos.
He perdido la cuenta de cuánto tiempo llevo fulminando a la pareja que baila a varios metros de mí bajo el cielo estrellado de River Cross.
Suena Purple Rain por los altavoces , y tengo tantas ganas de que me peguen un tiro en la sien como de provocarme el vómito solo para tener una excusa para largarme de aquí.
Han pasado varias horas desde que cenamos y entre todos los vecinos hemos movido las mesas de picnic a los laterales del recinto para dejar espacio y así crear una pista de baile.
Desde entonces han sonado canciones de todo tipo, desde música country hasta algún tema de pop y rock, pero ninguna balada.
Hasta ahora .
Qué coincidencia de mierda, justo cuando un hombre estaba bailando con Julie Bell.
No he podido acercarme a ella en toda la noche, demasiado ocupado hablando con mi madre de unos nuevos caballos que van a llegar dentro de varias semanas y, antes de eso, pendiente de la abuela Mira.
Me he pasado toda la tarde preguntándole cada cinco minutos cómo se encontraba.
A la quinta vez, casi me llevo un sopapo, así que agradecí la interrupción de mi madre.
El otro día el médico les dijo que la inquietud mental de mi abuela era por la edad y que lo mejor que podía hacer era rodearse de su familia y estar entretenida.
Y en cuanto a Julie… no es que hubiera reunido el coraje para ir y hablarle, pero al menos estaba la posibilidad en mi mente.
“Venga, vaquero, vamos a bailar.”
Murmuro una retahíla de maldiciones por lo bajo, apartando la vista de la cabellera rubia que se mueve al ritmo de la música, pero acepto su mano y la guío al medio de la pista.
“¿Todavía te acuerdas de cómo se hace?,” pregunta burlona mi hermana con una ceja alzada.
“¿Por quién me tomas?” La hago girar y después coloco mis manos en posición. “Soy el mejor bailarín de River Cross.”
“Y el más humilde,” dice, poniendo los ojos en blanco.
Suelto una carcajada que se siente como un soplo de aire fresco. Llevo tanto tiempo sentado en la silla de plástico, observando a Julie bailando con un tipo que no conozco, que ya me estaba hartando de estar ahí con el trasero cuadrado y el ceño fruncido.
“Elijah es bastante guapo,” murmura de repente.
“¿Quién es Elijah?,” pregunto, temiendo la respuesta.
Lib señala con la cabeza a la pareja que tenemos bailando y riendo a varios metros de nosotros. Aprieto los dientes con fuerza, obligándome a apartar la vista.
“No hagas como si no los hubieras visto antes,” dice engreída. “Llevo observándote desde hace más de media hora y no has apartado la mirada de ellos ni un segundo. Ni siquiera mientras bebías de tu copa.”
“No tenía nada mejor que hacer,” murmuro con una mueca.
“Ya te digo yo que no,” contesta riéndose.
Continuamos bailando en silencio hasta que la canción termina. Suelto su mano para volver a sentarme, pero Lib me obliga a bailar la siguiente. Acepto de mala gana, pero me animo enseguida al reconocer el tema:
Everybody Wants To Rule The World.
Mi hermana pega un chillido que me hace sonreír y comienza a saltar en el sitio. “¡No me lo puedo creer!”
“Nuestra canción,” asiento, tendiéndole mi mano derecha, que agarra con una carcajada.
Cuando éramos unos críos nos pasamos todo un verano creando una coreografía para esta canción. Es una tontería y los pasos son absurdos, pero se convirtió en nuestro pequeño show cada vez que la familia se reunía.
Unos silbidos nos hacen girarnos hacia la izquierda, donde nos encontramos a mi madre aplaudiendo y animándonos mientras canta la letra con una sonrisa enorme dibujada en los labios.
Bailamos con energía, disfrutando como si volviéramos a ser niños de nuevo. Nos movemos por la hierba, cantando y saltando despreocupados, hasta que los otros vecinos se unen a mi madre y también comienzan a animarnos.
En un momento de la canción, me da por abrir los ojos y mirar por encima del hombro de Lib, provocando que todo mi cuerpo se tense. Julie y su acompañante siguen bailando y riendo, pero lo que me duele es la forma en la que ella lo mira, como si no hubiera nadie más presente.
“Hacen buena pareja,” dice despreocupadamente mi hermana, como si a mí no me estuviera dando un derrame cerebral.
“¿Cómo?” Consigo pronunciar, con mitad de mi cuerpo colapsando. “¿Están saliendo?”
Lib parpadea varias veces con una sonrisa lobuna. “Pues no estoy muy segura,” dice, soltando una risita. “Tendrás que preguntárselo a ella.”
Estoy a punto de seguir sus indicaciones, soltándole la mano, cuando me agarra con fuerza y me obliga a seguir bailando.
Me mira con dureza, ni rastro de la picardía de antes.
“Ahora no, impaciente,” dice, lanzándoles una mirada por encima del hombro. “Ve cuando no estén bailando y te relajes, que pareces un simio. Ni que fueras a darle una paliza al pobre hombre que no te ha hecho nada.”
No que yo haya visto.
Asiento, cogiendo aire con fuerza. Libero la tensión de mi mandíbula al dejar de apretar los dientes, y me concentro en seguir el ritmo de la canción con el cuerpo.
Hago girar a Lib varias veces, haciéndola reír, y ese sonido me devuelve los pies a la tierra, deshaciendo el nudo en mi pecho lentamente. Me olvido de lo que me rodea, teniendo ojos solo para mi hermana y oídos para nuestra canción.
Pero la música se acaba, y con ella mis ganas de seguir en esta fiesta.
Paseo la vista por todo el recinto en busca de una pareja feliz, pero solo me encuentro con el supuesto Eliot. ¿O era Emi? Es igual. Está en la barra bebiendo una cerveza con un par de amigos que me suenan de haberlos visto alguna vez con Evan.
Paso de él y busco a Julie por la zona, pero es como si se la hubiera tragado la tierra. A pesar del estúpido y repentino ataque de celos de antes, todavía quiero hablar con ella. No estoy preparado para sincerarme, pero necesito un momento a solas para poner en orden mi cabeza.
Me doy un paseo por las mesas, saludando a los vecinos que me dan la enhorabuena por mi bailecito con Lib, sonriendo a mis amigos y disculpándome cuando alguna señora quiere hablar conmigo más de un par de segundos.
No encuentro a Julie por ninguna parte, no está en la zona donde todavía quedan algunos aperitivos que sobraron de la cena, ni en los baños portátiles tras la carpa.
Joder, a veces pienso que es el mundo el que insiste en mantenerla fuera de mi alcance.
Me rindo a los pocos minutos, dando la misión por perdida, y me dejo caer en la hierba cerca de la orilla del río con un pesado suspiro. No hay nadie por la zona, y los grillos cantan su monótona melodía como si fuera el murmullo de mi cabeza, recordándome una y otra vez lo estúpido que soy.
“¿Está ocupado?”
Alzo la vista con el ceño levemente fruncido, sin estar del todo seguro de haber reconocido esa voz femenina.
Recorro su cuerpo despacio: unas Converse con setas pintadas a mano, sus rodillas asomando bajo el dobladillo de encaje de un vestido amarillo…
y luego su rostro. Si mis ojos no me engañan, Julie está delante de mí.
Y me está sonriendo.
“¿Qué?,” consigo pronunciar en un hilo de voz. Joder, estoy tan nervioso que me sudan las manos.
Julie aprieta los labios como si se estuviera aguantando la risa. Señala con la cabeza el suelo. “Que si hay alguien sentado contigo.”
Bajo la mirada al trozo de hierba que me rodea, confundido.
¿Julie ve fantasmas?
Mierda… No quiero faltarle al respeto. Si ella cree en espíritus y seres oníricos, ¿quién soy yo para destruir sus ilusiones?
“No que yo vea,” termino respondiendo, titubeante.
Julie me mira con los ojos bien abiertos durante un segundo, y de repente estalla en carcajadas. Me la quedo mirando medio paralizado, todavía confundido. Se sienta a mi lado con las piernas cruzadas, dejando unos cuantos centímetros entre nosotros.
“Quita esa cara, Tate, parece que acabaras de ver a un fantasma.”
“Pero… Yo creía que… Tú eres la que-”
Alza una mano y cierro la boca al instante. Menos mal, estaba empezando a sonrojarme por mi incapacidad de pronunciar una frase completa.
“Te vas a hacer daño,” dice medio riéndose.
¿Estará borracha? ¿Desde cuándo se ríe conmigo?
Miro su perfil con el ceño fruncido, tratando de averiguar sus intenciones.
“¿Qué haces aquí?,” pregunta ella, robándome las palabras.
“Podría preguntarte lo mismo,” contesto con las cejas alzadas.
Julie pone los ojos en blanco, pero no aparta la mirada de las oscuras aguas del río, iluminadas por el leve resplandor de la luna.
“Te estaba buscando,” me sorprende diciendo. A mí se me corta la respiración, y siento el corazón golpeando con fuerza, como si quisiera abrirse paso entre mis costillas.
“¿Ah, sí?”
Hace un sonido afirmativo.
“Quería darte la enhorabuena.” La miro con el ceño fruncido mientras se gira hacia mí con una pequeñísima sonrisa. “Por el tremendo espectáculo dancístico que has montado con tu hermana ahí dentro,” aclara.
Flexiono las rodillas, apoyo las manos sobre ellas y me inclino hacia delante, escondiendo el rostro mientras dejo escapar un quejido. Julie se ríe a mi izquierda, pero a mí me puede la vergüenza.
Pensaba que estaría tan ocupada sonriéndole a su pareja de baile que no le prestaría atención a mi coreografía con Lib.