Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Catorce
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Capítulo Catorce

Tate

L e doy las gracias a Rem por las bebidas y vuelvo hacia la mesa donde me esperan Luke y Wade.

Tengo que hacer malabares para no tirar las jarras de cerveza fría, esquivando a la multitud y murmurando disculpas para que no me empujen.

Bajo el escalón que separa la transitada barra —hecha con palets y una larga tabla de madera oscura encima— de la pista de baile y las mesas altas, que en realidad son barriles.

El hijo mayor de los Painter, Rem, transformó hace años el viejo granero de su familia para convertirlo en un bar.

Aquí la gente puede bailar, cantar y estar con los suyos a gusto.

No hay hora de cierre, ni tampoco un tope de decibelios.

Estamos en mitad del bosque, cerca de Cinder Lake, y la casa más cercana está a un par de kilómetros.

A pesar de que seguimos yendo a The Red, y no vamos a dejar de hacerlo, también venimos aquí de vez en cuando porque están todos los vecinos de nuestra edad y el ambiente es mucho menos familiar.

Además, me encanta arrastrar a Wade al karaoke siempre que bebe unas cervezas de más…

La canción Give It Up que suena a todo volumen por los altavoces no es la grabación de un disco, sino la gente cantando en directo.

Solo se pueden escoger canciones anteriores a los años dos mil, lo que le da un ambiente retro al lugar.

Rem deja que cualquiera que quiera se suba a la tarima y cante, y, aunque no siempre tengan la mejor voz del mundo, nunca falla la gente que en la pista se suma a los coros sin importarles lo más mínimo.

“¿Has visto quién está por ahí?,” me pregunta Luke en cuanto llego a nuestro barril y dejo las cervezas delante de cada uno.

Alzo la vista hacia él, negando.

“Ada,” dice mi hermano, haciéndome un gesto con la barbilla para señalar detrás de mí.

“Genial,” contesto encogiéndome de hombros, sin moverme ni un centímetro.

“¿No te gustaba?,” pregunta Luke con confusión.

“Qué va.” Doy un largo trago al líquido espumoso. “Tuvimos algo hace años, nada serio, pero lo dejamos porque ella estaba loca por otro.”

“Auch.”

Le lanzo una mirada aburrida, poniendo los ojos en blanco.

“Venga ya, Luke. Ese alguien er-”

“¡Hola, chicos!” La voz cantarina de Ada me interrumpe, mandándome callar mientras me doy la vuelta para mirarla.

El pelo liso caoba le cae por encima de un hombro, dejando al descubierto su espalda musculada de pasar tantas horas en los establos. Ada es una de las mejores amazonas que conozco, y siempre tiene un brillo de emoción en sus ojos color miel.

“¿Qué hay, Ada?,” saludo con un toque en mi gorra roja.

“He oído que estás haciendo un recorrido de cross por Almond Valley,” me dice con una sonrisa enorme.

Suelto una risa entre dientes, pero asiento.

“Así es.” Y se me ocurre una nueva idea. “Tú hacías cross, ¿no?” Ada asiente. “¿Qué te parece si vienes un día a echarle un vistazo? No es perfecto, pero tal vez pueda funcionar para dar clases.”

“¡Me encantaría! Veremos qué podemos hacer,” exclama emocionada.

Se vuelve hacia Luke, que nos observa con las mejillas un poco coloradas.

“¿Y tú, qué…? ¿Vas a invitarme a la cerveza que me prometiste la última vez?,” pregunta con descaro, pasándose la lengua por los labios pintados de rojo carmesí.

Luke boquea como un pez fuera del agua durante lo que me parecen horas, y tengo que apartar la vista y morderme el interior de las mejillas para no reírme. No sé ni cómo, termina asintiendo, y Ada se despide contentísima antes de coger a Luke de la mano para arrastrarlo hasta la barra.

“¿Cuántos años dices que lleva enamorada de Luke?,” pregunta mi hermano en cuanto los perdemos de vista.

Suelto la carcajada que estaba conteniendo.

“Unos cuatro o cinco.”

“Madre mía… Pero si se ve a leguas,” murmura con sorpresa.

Me encojo de hombros.

“A veces solo necesitamos un empujoncito.”

“Pero si Luke también está enamorado hasta las trancas,” insiste, frunciendo el ceño.

“Pues entonces un buen empujón y una bofetada para espabilar,” contesto con una risa.

Wade suspira a mi lado, murmurando algo sobre lo lenta que es la gente en River Cross a la hora de expresar sus sentimientos.

Será hipócrita el muy capullo… Puede que haya sido el más rápido en confesarse a su mujer, pero le llevó medio año darse cuenta de que no odiaba a Sage, sino que estaba completamente enamorado de ella.

Parece mentira, pero Wade tenía más ganas que yo de venir hoy al granero de Rem, y eso que le cuesta hacer cualquier cosa que requiera alejarse de Sage más de cinco minutos.

A mí me apetecía quedarme en casa, organizar la semana que viene y dejar las cosas preparadas para comenzar con la siguiente fase del proyecto de cross.

Como le dije a Ada, quiero ver si sería factible dar clases utilizando el nuevo recorrido. Podría dedicar unas cuantas tardes a la semana a ser profesor, e incluso Ada podría echarme una mano si le interesa.

Ahora que tengo esta nueva idea, en lo único que puedo pensar es en volver a casa y comenzar a organizarlo todo.

“Escucho desde aquí cómo trabaja tu diminuto cerebro creando listas imaginarias de lo que tienes que hacer la semana que viene y todos los nuevos planes que te ha hecho ver Ada,” dice mi hermano con voz cansada.

“El único adicto al trabajo en esta familia soy yo, así que, por favor, si yo puedo dejar de pensar en ello por una noche, tú también puedes.”

Me trago un resoplido, pero me obligo a vivir el presente.

“¿Qué tal el ganado este año?,” pregunto, centrándome en él.

“Tengo una vaca que cojea, así que a ver si llamo a Dorian la semana que viene.” Asiento, dándole otro trago a mi tercera cerveza de la noche. “Todavía no he empezado a organizar nada para la subasta, pero con Sage en el equipo no tendremos ningún problema.”

“Es rápida,” digo asintiendo.

“La más rápida de Almond Valley,” dice con una sonrisa orgullosa. “¿Sabías que la primera vez que vino a ayudarme le dije que no recordaba tu primera vez con el ganado solo para molestarla?” Suelta una risa entre dientes. “Obviamente era mentira.”

“Por favor, no me lo recuerdes,” suplico, haciendo una mueca.

“En mi vida me he reído tanto como ese día,” admite, cerrando los ojos al recordarlo.

Resoplo con fuerza, lanzándole una mirada fulminante. “Me tendisteis una trampa.”

“Y tú demostraste tus dotes de acróbata,” dice con una carcajada.

“Me parto de risa,” farfullo entre dientes.

Wade me recuerda varias anécdotas en las que yo soy el protagonista, y, para sorpresa de nadie, cada una de ellas tienen que ver con una caída, un golpe o un comentario inoportuno.

Desde que está con Sage lo veo mucho más relajado.

Este Wade se parece mucho más al que era antes de que nuestro padre falleciera, y me alegro mundos de que haya encontrado paz en la persona que lo hace realmente feliz y saca lo mejor de sí.

Cuando Luke vuelve, después de varias horas haciendo sabe-dios-qué con Ada, tiene las mejillas coloradas y los rizos castaños despeinados. Le doy una fuerte palmada en la espalda, lo que le hace sonrojarse todavía más y, con una carcajada, anuncio que voy al baño.

Me refresco la cara y la nuca en los lavabos. Mi reflejo me devuelve la mirada cuando alzo la vista y me miro en el espejo. Estoy algo achispado por el alcohol, con los ojos brillantes y la gorra un poco torcida, pero una sonrisa tranquila permanece en mis labios.

Reconozco la canción que están cantando en el karaoke, pero cuando salgo del baño me quedo paralizado en al otro lado de la puerta.

Todos en la pista de baile están haciendo los coros a la persona que canta Don’t go breaking my heart de Elton John.

Me quedo con la boca ligeramente abierta, con los ojos puestos en la mujer que se mueve por la tarima contoneando las caderas como si estuviera sola en su casa.

Da la impresión de que, cuando se vistió esta mañana, no sabía cómo acabaría el día, porque por su ropa todo apunta a que ha salido de ruta. Lleva unos leggings negros ajustados y una camiseta térmica amarilla que la hace parecer un ángel soleado.

Nunca la había visto tan… radiante. Está como pez en el agua, disfrutando del momento.

Su pelo se mueve suelto al ritmo de la música y el público entona con ella.

Canta arrastrando un poco las palabras, y el alcohol acentúa su acento del sur.

Su sonrisa se ensancha cuando tararea una parte de la canción al olvidarse de la letra.

Me muevo por el local sin despegar la vista de ella, como un colibrí hipnotizado por su flor.

Cuando la canción termina, el público aplaude como si hubiera visto a su cantante favorita, y no puedo evitar que un pequeño pinchazo de celos me recorra al darme cuenta de que no soy el único que ha tenido el privilegio de contemplarla así.

Julie se baja del escenario y, cuando echa a caminar hacia la barra, va tan ensimismada sonriéndole a la gente, que no ve el escalón que eleva la zona de bebidas. Con un par de zancadas, previendo la resolución de su tropiezo, la agarro en el aire justo a tiempo.

Bajo la vista hacia ella, que me devuelve la mirada con los ojos vidriosos y entrecerrados, como si intentara enfocarme.

“Tienes que prestar más atención en dónde pisas, campanilla. No es la primera vez que te salvo de una caída,” murmuro cerca de su oreja.

Julie bufa, pero se convierte en una pequeña carcajada que hace que se tambalee, así que cambio el agarre de sus antebrazos a su cintura.

“¡Solo me tropiezo cuando estás tú delante, Tate!,” exclama riendo mientras se apoya en mí sin vergüenza. Nuestros muslos se rozan, y me dan ganas de levantarla en volandas y sacarla de aquí corriendo. “A lo mejor es que el mundo quiere que me caiga delante de ti solo para que me salves.”

Intenta ser graciosa con sus palabras, pero en el fondo me estrujan el alma.

“¿Es una forma retorcida de ligar conmigo, campanilla?,” pregunto con una sonrisa ladeada y el corazón latiendo con fuerza.

Julie resopla, sin perder el brillo en los ojos.

“Ni en tus sueños.”

“Me rompes el corazón,” dramatizo, acercándola a mí sin poder controlarme.

Estamos a solo unos pocos centímetros de distancia.

“¿Me has visto cantando?,” pregunta en voz baja, su aliento rozando mi boca.

“Tenías al público en el bolsillo, cariño,” susurro, bajando la mirada hacia sus labios pintados de marrón oscuro.

“¿Alguien se habrá dado cuenta de que olvidé la letra?”

“No sabría decirte… estaba ocupado en otra cosa,” contesto, distraído, pendiente de cómo se mueven sus labios al hablar.

“¿Ah, sí?,” pregunta con voz suave que me pone los pelos de punta. “¿Y qué te tenía tan ocupado?”

Me contengo para no alargar una mano y pasarle los dedos por la mejilla, así que me conformo dándole un breve apretón en la cintura.

El gesto parece hacerla salir de nuestra burbuja, porque parpadea y da un paso tambaleante hacia atrás. A pesar de que me muero por volver a sostenerla, me quedo quieto y dejo que se estabilice sola.

Julie me mira con la cabeza ladeada, como si fuera un acertijo que no termina de comprender.

“Perdona, Tate,” se disculpa con una sonrisa triste. “Tengo que volver con Evan, le prometí que cantaríamos la siguiente.”

Baja el escalón y me mira con las mejillas encendidas. Mi sonrisa no hace sino ensancharse. Es jodidamente adorable.

“Nos vemos, campanilla.”

Me llevo una mano a la visera de la gorra como despedida.

“Ha estado bien verte, Tate,” añade antes de darse la vuelta y desaparecer entre la multitud, dejándome ahí de pie con la cabeza hecha mierda y una incómoda presión en los vaqueros.

Estoy completamente jodido.

Porque la quiero más de lo que debería, y no puedo dejar de desearla.

No vuelvo a ver a Julie desde el karaoke.

Me preguntaba dónde habría estado metida todos estos días, si siempre está o con mi hermana o ayudando a Sage con los caballos.

Lib está de «retiro espiritual», como dice ella, durante todos los días del Wildflower Waltz, así que prácticamente se ríe en mi cara cuando le pido saber el paradero de su empleada.

Supongo que tampoco ayuda haberle preguntado mientras está tumbada en una hamaca en mitad del campo medio dormida, pero es el único rato de la mañana del martes en la que la encuentro en Almond Valley.

“Está en casa de sus tíos, en Honey Ridge,” contesta con una sonrisa burlona. “¿Por qué? ¿Quieres ir a visitar a tu novia?”

Chasqueo la lengua contra el paladar.

“No es mi novia.”

“La etiqueta es lo de menos, Tate,” dice haciendo un gesto vago en el aire con una mano. “¿Por qué te interesa dónde está?”

Me rasco la nuca, pensando una razón de peso, porque yo tampoco lo sé.

“Mera curiosidad,” contesto, lo que le provoca una risa.

“Respuesta incorrecta.” Cierra los ojos, acomodándose en la hamaca roja que tenemos desde que éramos pequeños. “Qué tonto eres a veces,” murmura para sí.

“Entonces… ¿no vas a hacer nada hoy?”

Lib abre un ojo y alza una ceja.

“¿Quieres que hagamos cosas de hermanos?”

“¿Qué es cosas de hermanos ?,” pregunto, confuso. Nuestras cosas de hermanos siempre han sido darnos collejas, estar con los caballos y tocarnos las narices.

“No sé, Tate, me estás poniendo nerviosa, ahí, preguntando por mi amiga, negando lo obvio, inventándote excusas baratas y esperando a ver qué te cuento como si fueras un niño de tres años al que le gusta la niña de la otra clase.”

Abro mucho los ojos y hago una mueca. No sé qué decir, pero tiene razón. Lo mejor será marcharme y dejar de darle vueltas al asunto. Le doy la espalda a Lib pero, antes de que pueda dar un paso, me llama.

“Esta noche va a venir a River Cross a la última fiesta del Wildflower Waltz,” dice con un tono serio. “Tómalo como una oportunidad para hablar con ella y confesarle de una vez lo que sientes.”

Cojo aire lentamente. Le doy un par de vueltas a la idea, pero me duele el corazón solo de pensar en lo que debería decirle.

“Somos amigos,” murmuro sin volverme. “No sé si estoy preparado.”

“Entonces no le hagas ilusiones,” dice en un tono suave. “No pasa nada si no es tu momento, no fuerces los sentimientos ni una situación que no quieres vivir. Pero no le rompas el corazón, Tate. Esta vez no te lo perdonará.”

Abro la boca para preguntarle a qué se refiere, pero la cierro al instante, como si todas las piezas encajaran de pronto.

“Lo sé.”

Porque ahora me doy cuenta.

Su actitud esquiva para tratar de guardar las distancias como si estuviera enfadada. Y también su nerviosismo al estar a solas conmigo, su expresión contenida al ver el ramo y mi taza.

Julie nunca estuvo molesta conmigo por haber hecho algo mal; estaba frustrada con la situación… porque yo no sentía lo mismo que ella.

No lo vi en su momento. No quise verlo. Estaba en las ganas con las que quedaba conmigo, en cómo siempre encontraba una excusa para alargar un poco más el tiempo juntos, en esa forma suya de mirarme como si yo fuera algo más que un simple plan.

Era su ternura, en lo fácil que le salía acercarse, tocarme, sonreírme como si todo importara un poco más cuando yo estaba delante.

Y ahora lo entiendo.

Porque así es exactamente como me siento yo.