Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Trece #3
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Capítulo Trece #3

“Oh, no, cielo,” dice con ternura deteniéndose.

Me hace mirarla, entrelazando nuestros dedos.

“El amor es la cosa más sencilla del mundo. Amar es muy simple. Son las personas las que lo complican todo. Es el miedo, las dudas y el temor a dejarse llevar, lo que nos hace detenernos y no abrir nuestros corazones.”

Miro a mi madre con atención, fijándome en cada detalle de su expresión. Parece dolida, la viva imagen de haber pasado por un corazón roto en mil pedazos.

“Cuando tu padre se fue me quedé destrozada,” continúa, apretándome las manos con fuerza.

“Pensaba que era el fin, que me iba a morir de pena y que no merecía volver a amar. Pero no fue así, porque estabas tú. El amor a veces llega de las maneras más inesperadas y cuando más lo necesitamos. Yo amaba a tu padre, pero aprendí a amarme a mí misma para no hundirme y arrastrarte conmigo.”

“Mamá…”

“Es normal que tengas miedo a amar. Yo también estaba asustada antes de que tu padre se declarara. Pensaba que no era correspondido, que solo me veía como a una amiga y que viviría solo para verlo tener con otras mujeres lo que yo anhelaba.”

“Pero se casó contigo,” añado en un susurro.

Mi madre asiente con un brillo triste en los ojos.

“Nos juramos amor eterno y terminó yéndose al ver que no estaba preparado para ser padre. Pero no me arrepiento de haberlo amado, Luli. Es una de las emociones más bonitas y desgarradoras que podemos vivir, y no nos merecemos privarnos de sentirla al menos una vez en la vida.”

La miro con los ojos humedecidos, sintiendo una presión en el pecho como si me gritara que le hiciera caso, que me armara de valor e hiciera frente al torbellino de emociones que bulle en mi interior.

Pero no es tan fácil.

“Al menos prométeme que lo harás cuando estés preparada,” añade en voz baja, mirándome con la sonrisa que utiliza siempre que quiere pedirme algo y sabe que no podré negarme.

Una brisa brota de mi garganta. Echaba mucho de menos a mi madre.

“Te lo prometo.”

“Esa es mi chica,” susurra, dándome un fuerte abrazo que consigue juntar un poco las diminutas piezas de mi corazón partido.

Nos quedamos de pie en mitad del aparcamiento, a una distancia prudencial, viendo cómo mi madre discute con Michael sobre cuál va a ser la distribución en los coches.

A mí me da igual dónde me sienten. Estoy de vacaciones durante cinco días; no pienso meterme en ninguna discusión ni pretendo utilizar el cerebro más de lo estrictamente necesario.

Además, después de caminar durante horas, lo que menos me preocupa es en qué coche voy a dormitar todo el camino de vuelta.

“Voy a ir por la noche a River Cross,” me susurra Evan, parándose a mi lado. Seguimos con la mirada puesta en nuestra familia, que está a punto de comenzar a gritar.

No me sorprende nada, sabiendo que los Thorne son conocidos por su facilidad para hacer un drama de un grano de arena.

“¿Es una invitación?,” pregunto con sorna.

Evan se encoge de hombros. “Te puedo dejar en casa.”

Después de la fiesta del primer día del Wildflower Waltz, me pasé todo el miércoles holgazaneando en casa. Estaba tan aburrida que en cuanto Dorian me comentó que se pasaría por el pueblo a atender a un cliente, prácticamente le rogué que me llevara con él a Honey Ridge.

Llevo aquí desde entonces, pero creo que todavía no es hora de volver a casa.

“No hace falta,” contesto, negando. “Pero si tienes algún recado que hacer, puedo acompañarte.”

“Nena, es viernes por la noche. Lo que voy a hacer en River Cross no es que digamos un recado,” dice riendo.

Me lo pienso un instante. Probablemente hable de ir a tomar algo con sus amigos o a bailar, aunque no creo que Evan sea mucho de bailar…

Guardamos silencio un rato, pero entonces él cambia el peso de una pierna a otra y me mira.

“¿Quieres pasar una noche en River Cross?,” pregunta con una sonrisa ladeada.

“He pasado miles de noches en el pueblo donde vivo, Evan,” digo con el ceño fruncido.

Pero él niega con la cabeza. “Pero no conmigo y fuera de The Red.”

Mis cejas se juntan tanto que prácticamente forman una sola, y lo miro con desconfianza. “¿Por qué tengo miedo de saber adónde me llevarás si digo que sí?”

Pero no me contesta, sino que suelta una sonora carcajada. Me agarra de la muñeca y caminamos hacia su coche sin decir nada. No abro la boca, demasiado aturdida como para oponerme.

“Nos vamos a River Cross,” anuncia mi primo antes de meterse en la camioneta, hablando por encima del hombro.

Mi madre y su cuñado siguen discutiendo, ajenos al secuestro que está ocurriendo justo delante de sus narices por parte de sus hijos.

“¿Cómo has conseguido convencerla?,” pregunta Alice, haciendo una mueca.

“No creo que esté muy convencida,” dice él con una risa, mirándome desde arriba. Parpadeo como respuesta, confirmando sin palabras que no pienso bajarme. “El poder de la curiosidad.”

Me guiña un ojo antes de sentarse tras el volante y arrancar el motor del coche que me llevará a un destino que no estoy muy segura de querer conocer. Pero qué gracia tiene la vida si no improvisamos de vez en cuando.