Capítulo Trece #2
Es precioso ver cómo Dorian cuida solo de Daisy.
Apenas conozco su historia, pero Sloane me contó que estaba casado con la madre de Daisy cuando la tuvieron.
Lo único que sé es que se llamaba Sarah, que era preciosa, divertida y muy casera.
Desconozco lo que ocurrió con Dorian y por qué se quedó solo con su hija.
Nunca le he preguntado, y es tan reservado que no habla de ese tema con nadie.
Sloane no quiso contarme más y yo no insistí; esa historia solo le corresponde contarla a mi primo mayor.
Lo voy a querer de igual manera, así que no me importa no conocer más sobre la madre de Daisy.
Es una niña muy especial, sensible, extrovertida y sincera. Complementa a la perfección a su padre, más reservado, abierto solo con sus personas de confianza.
“¿Vamos a subir hasta ahí arriba?,” pregunta Daisy, señalando la montaña más alta de todo Heaven Mountains.
“No, cielo. Seguiremos este camino hasta llegar a una zona de descanso a media hora de aquí,” explica Dorian con paciencia.
“¿Has venido más veces?,” le pregunto, extrañada. Es la primera vez que hago una ruta por aquí.
Dorian asiente, y me señala con el índice una de las montañas. “Suelo hacer senderismo por la zona. Normalmente subo hasta esa cima, pero llevaría toda una mañana y parte de la tarde, y el camino no está en tan buenas condiciones como este.”
“¿Vienes solo?,” pregunto con curiosidad, sentándome al lado de Daisy, que me coge una mano y entrelaza nuestros dedos.
“A veces lo acompaño yo,” dice ella, sonriente.
“Sí, pero como solo tienes ocho años, caminamos poco tiempo por senderos de tierra…”
“Para fortalecer las piernas con el terreno,” finaliza de memoria, sacando pecho al recordar las palabras exactas.
Su padre y yo nos reímos, y me cuentan la anécdota más divertida de sus vidas.
Tiene que ver con un calcetín mojado, un palo y un grito poco masculino, según Daisy.
Aprovechando que estamos todos juntos, les pido al resto de mi familia que se reúnan con nosotros, y no lo pienso dos veces cuando saco la cámara instantánea de mi mochila.
Les hago una foto con las majestuosas montañas de fondo, y después me uno a ellos mientras mi madre me cambia el sitio.
Antes de darle la cámara, me da un ligero apretón en la mano y me sonríe como si supiera perfectamente lo difícil que es para mí verlos desde el otro lado de la mirilla.
“Venga, chicos, vamos a seguir antes de que anochezca,” anuncia Sloane, recogiendo su mochila del suelo y pasándole la crema a Alice para que vuelva a echarse en la cara.
“Hay que reponer cada cincuenta minutos,” se excusa, ganándose un gruñido por parte de su hija y una carcajada incontenible de Evan.
Nos ponemos en marcha y continuamos hacia una zona de descanso, tal y como prometía Dorian. Mi madre camina a mi lado, preguntándome por el trabajo en la tienda y cómo está la familia Weston.
“Se te ve feliz, Luli,” me dice con ternura, usando el apodo que solo utilizan ella y Eli, haciendo que mi corazón se encoja.
“No te sientas mal por marcharte de Westburn,” añade, como si me leyera el pensamiento.
Al igual que su hermana, a veces pienso que las Bell son una familia de brujas.
“Fue decisión mía quedarme en la ciudad, ese es mi sitio, pero no pasa nada si no es el tuyo. No tengo dudas en que perteneces a River Cross, cielo.”
“Intentaré visitarte más,” prometo con tristeza.
“No quiero que me visites, Luli. Quiero que vivas, por y para ti. No quiero que te preocupes por mí. Disfruta de haber encontrado tu lugar. No todos pueden decir lo mismo,” dice con un guiño y una sonrisa ladeada.
“Gracias, mamá.”
Engancha su brazo al mío sin dejar de caminar. Un silencio tranquilo se instaura entre nosotras mientras divisamos poco a poco las mesas de piedra de la zona de descanso.
“Y ahora cuéntame todo sobre el muchacho de ojos azules chispeantes del otro día.”
Me atraganto con mi propia saliva, siento que me ahogo, y tengo que toser un buen rato para mitigar la quemazón en mi garganta. Mi madre me mira con una sonrisa socarrona, y sé que no tengo escapatoria.
“¿Quién?,” pregunto, haciéndome la loca. Pero mi madre es inmune a mis juegos, porque me da un golpe en el brazo y me mira con las cejas alzadas.
Suspiro con fuerza, pero termino contándole cómo es que conozco al idiota de Tate Weston y los dolores de cabeza que me ha supuesto mantenerme cerca de él todos estos años.
No le doy muchos detalles de nuestra relación…
íntima, pero mi madre no es tonta. Sabe lo que hicimos detrás de los matorrales cuando fuimos de ruta con sus hermanos y Sage en Cinder Lake.
“Entonces… para que me aclare yo bien.” Parpadeo, esperando a que continúe. “Estás enamorada de Tate Weston.”
Desde lo más profundo de mi ser nace una carcajada de lo más estruendosa que me hace doblarme sobre mí misma en busca de aire.
Nuestra familia se gira, asustada, pero mi madre les asegura que va todo bien mientras a mí me da un ataque de histeria con el que siento que me quedaré sin cuerdas vocales.
“Voy a intuir que no estás enamorada,” dice mi madre en cuanto consigo calmarme. Me seco las mejillas húmedas por las lágrimas con la manga de la camiseta. “Pero es innegable que te gusta,” insiste.
Bufo. “¿Innegable?”
Layla me mira como si fuera estúpida.
“A mí no me vengas con esas, que te he parido. Puedes mentirte a ti misma todo lo que quieras, pero a mí no me engañas. He visto cómo lo mirabas. Antes y después de interrumpiros, así que a mí no me la cuelas.”
Aprieto los labios con fuerza, desviando la mirada hacia el suelo. “Es complicado,” murmuro.