Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Trece
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Capítulo Trece

Julie

E l primer premio este año a la mejor decoración floral es para… ¡The Green Basket!”

El pueblo estalla en vítores, y los aplausos se entremezclan con los silbidos, risas y felicitaciones de los vecinos.

El cielo se tiñe de colores al ser adornado con pétalos de flores, que caen desde lo alto del tejado de mi edificio.

Todos los años, en la noche anterior al festival, el alcalde sube a la azotea con un par de ayudantes para dejarlo todo preparado para el día siguiente.

Miro a Lib sin dejar de sonreír, contagiada por el entusiasmo y la felicidad de River Cross.

Mi amiga se queda en shock, llevándose las manos a la boca sin ocultar su emoción, que comienza a afectarle en los lagrimales.

Me acerco a ella para guiarla hacia un pequeño taburete que han puesto en medio de la acera y recibir al sonriente alcalde.

“Lib Weston,” dice con voz grave, tendiéndole una mano.

“Alcalde Harris,” saludo yo, sosteniendo a una paralizada Lib entre mis brazos. La agarro como puedo para estrechar la mano del pobre hombre que espera con paciencia.

“Enhorabuena, chicas, habéis hecho un trabajo magnífico,” nos felicita, entregándonos un pequeño trofeo con forma de ramo de flores silvestres.

Lib parece salir de su estupor, porque es ella quien extiende sus manos temblorosas para sostenerlo. Se lo queda mirando un buen rato, y finalmente lo alza con una sonrisa que podría iluminar el mundo entero, mostrándoselo al pueblo, que estalla en aplausos de nuevo.

Como si de una fuerza magnética se tratara, siento unos ojos posados en mí con intensidad, siguiendo cada uno de mis movimientos. Cuando miro por encima del hombro hacia el hombre que me sonríe en medio de la multitud, mis manos comienzan a sudar. Su sonrisa no es para su hermana, sino para mí.

No despega los ojos de mí, y, cuando creo que va a apartar la mirada… ¡me guiña un puto ojo!

Me giro en una exhalación hacia delante, sintiendo la cara ardiendo. Pero no es vergüenza lo que me recorre.

“¿Estás bien, Julie?”

Lib me mira con el ceño levemente fruncido, escudriñándome en busca de alguna pista en mi expresión.

“Sí, sí, todo bien,” le aseguro, tragando con fuerza.

Respiro hondo, intentando calmar los latidos descontrolados de mi estúpido corazón.

Porque parece que no aprende. No le llegó haber pasado meses prendado de Tate, sino que cuando parece que ahora las cosas se van a poner más…

cercanas, se vuelve loco con una simple miradita.

Si antes pensaba que iba a salir herida solo por pasar el tiempo justo con él, ahora que vamos a ser amigos se me va a hacer dificilísimo no dejar que mis sentimientos se descontrolen.

“¡Y ahora todos a la carpa, que en unos minutos dará comienzo el concierto de las 9 to 5 Queens !,” exclama el alcalde Harris hacia la multitud.

El pueblo entero comienza a moverse. Mi madre se acerca a nosotras para darnos la enhorabuena y despedirse, volviendo a la casa de Sloane con Dorian, que carga en sus brazos una adormecida Daisy.

La mayoría de las familias deciden dar por terminado el día volviendo a sus casas, pero algunas parejas y la gente joven nos quedamos al concierto.

Sobre todo yo, que me muero por escuchar mis canciones favoritas de Dolly Parton por segunda vez en menos de un mes.

Nos reunimos bajo la carpa y, mientras los hermanos Weston se quedan en la barra siendo unos aburridos, las chicas y yo nos perdemos entre el público para cantar y bailar al ritmo de la música country.

Terminamos la noche acaloradas, con dolor de piernas y con el corazón rebosante de felicidad.

Volvemos hacia los hombres que nos esperan; uno con una sonrisa bobalicona en los labios al mirar a su mujer antes de besarla, y otro haciéndome sentir como si estuviera encima de un escenario y hubiera un único foco iluminándome.

No sé si estoy sudando por haber bailado o es la forma en la que sus ojos me recorren, anhelantes, que me eriza la piel.

“¡Mirad los ramos que hicimos en el taller por la tarde!”

El chillido de Sage me hace parpadear, saliendo del trance en el que me habían abducido unos ojos azules como el mar.

La pareja nos enseña los dos ramos de flores de papel cebolla. Uno parece imitar unos tulipanes, un poco espachurrados porque Sage se tiró encima de Wade al besarlo, y otro tiene los pétalos de diferentes colores y estilos, como si fueran flores silvestres.

“Son preciosos,” dice Lib, con corazones en los ojos.

“Y los dos son para Wade,” explica Sage sin apartar la vista de él, que sacude la cabeza como si no tuviera remedio.

“El de los tulipanes lo hice yo, para que lo ponga junto a los de verdad en la segadora de vuestro padre. El otro lo hizo él, pero cuando fue a dármelo dije que se lo quedara. Los hombres deberían recibir más ramos de flores.”

“Como si nosotras recibiéramos muchos,” exclama Lib, soltando un bufido.

“Bueno, algunas reciben ramos inesperados de flores azules,” murmura Sage en voz tan baja que solo yo la escucho, haciéndome desviar la mirada de ella hacia Tate.

¿Se lo ha contado a Sage?

Tate parece no darse cuenta de mi escrutinio, enfrascado en una conversación con su hermano, y cuando me vuelvo hacia la pelinegra, la veo poner los ojos en blanco mientras le dice a Lib que «si no hay ningún hombre con el que mantenga una relación romántica, es difícil recibir flores», a lo que la rubia replica que «podrían regalárselas sus amigos o sus propios hermanos».

Discuten un rato manteniendo una expresión seria, pero Sage no tarda en responder con una risa floja, lo que deriva en un montón de carcajadas. Obviamente, termina dándole la razón a Lib. Porque en cuestiones sobre hombres, ella siempre tiene la razón.

Una sonrisa tranquila se instaura en mis labios durante toda la noche.

Hablamos, bebemos y bailamos hasta bien entrada la madrugada y, cuando nos despedimos, siento el corazón cálido, como si hubiera recibido un fuerte abrazo.

Mi amistad con las chicas no hace sino mejorar y ser cada vez más cercana, haciéndome sentir que no estoy sola.

Las quiero como nunca había querido a mis pocas amigas de Westburn.

Lo que nos une se basa en el respeto, el cariño y un amor incondicional, muy distinto a lo que experimenté en la ciudad, donde la gente solía ser más reservada y distante.

Wade ha seguido en su postura de hombre gruñón, aunque se ablanda con cada mirada de Sage. Me recorre una punzada de envidia cada vez que comparten unos segundos en su propia burbuja. Aunque no busque un romance estable, anhelo una relación como la suya.

Y, terminando con los hermanos Weston, ha sido Tate quien me ha sorprendido esta noche. Ahora que somos… amigos, esperaba cierta distancia, una incomodidad propia de dos personas que han tenido algo íntimo en el pasado pero que ahora se dan una oportunidad.

No esquiva mi mirada, ni yo soy capaz de evitarlo cuando sus ojos me buscan.

Sé que las alertas que gritan «peligro» se activan cada vez que estamos cerca, pero creo que ya va siendo hora de que me atreva a sentir. No puedo seguir viviendo a medias, apagando mi chispa cada vez que me dé miedo arriesgarme.

“Alice, cielo, ¿has traído la crema de sol?”

“Sí, mamá. Ya no tengo cinco años, así que puedes dejar de tratarme como si fuera una niña.”

A Evan se le escapa una risa detrás de ella, que intenta disimular tapándose la boca y tosiendo con fuerza. Alice se vuelve hacia él con una mirada asesina que no hace sino empeorar su descontrolada tos.

“Da igual la edad que tengas, Alice. Te seguiré diciendo que te eches crema; tengas cinco como ochenta años,” replica Sloane, llevándose una mano a la cadera con mirada severa.

“Con ochenta no creo que estés para recordárselo, pero soñar es gratis,” murmura Evan, llevándose un puñado de anacardos a la boca.

“Entonces dejaré en mi testamento que el legado lo continúes tú,” replica su madre, encogiéndose de hombros.

Evan suelta un resoplido. “Creo que yo tampoco estaré para hacer de niñera.”

“Pero si eres el pequeño, Evan. ¿Dónde te crees que estarás?,” pregunta su hermana con una sonrisa burlona.

“Detrás de ti ya te voy avisando que no,” dice él en el mismo tono, ganándose un sopapo en la nuca.

Tengo que morderme el interior de las mejillas para disimular mi sonrisa. Valoro demasiado mi cara como para exponerme a que mi prima me la desfigure.

Hemos caminado durante una hora y poco, pero mi madre se quejó de que le dolían sus pobres rodillas «de anciana», como dije yo, y hemos parado para comer algo y descansar unos minutos.

Evan se protege del sol llevándose una mano a la cara para que le haga de visera, provocando que la camiseta de manga corta se le suba, mostrando unos marcados abdominales.

Al igual que Dorian, lleva unas bermudas negras que le quedan por debajo de las rodillas, dejando al aire sus gemelos definidos.

Mi prima y yo decidimos abrigarnos un poco más, con leggins negros y una camiseta térmica ajustada de manga larga.

En la montaña no hace mucho calor, a pesar de que el cielo esté despejado, pero una vez te pones a caminar, las capas de ropa comienzan a sobrar. Agradezco haber sido previsora y llevar un top deportivo bonito por debajo, en caso de que necesite refrescarme.

Muevo la cabeza de un lado a otro para que mi coleta baile mientras me acerco a Dorian con una sonrisa.

“Pareces un hada con esa camiseta amarilla,” me dice la pequeña Daisy, ofreciéndome un cacahuete que cojo encantada.

“Gracias, cielo. Tú pareces un hada siempre, con esos ojazos azules y tus tirabuzones rubios como el oro. Siempre haciendo magia, robando sonrisas y amor de todo el que te conoce.” Le toco la punta de la nariz, ganándome una risita adorable por su parte.

“Papá dice que siempre consigo lo que quiero,” dice orgullosa.

“No me cabe la menor duda,” contesto riendo.

Dorian se pellizca el puente de la nariz y cierra los ojos, pero su hija le da un beso en la mejilla no puede evitar una sonrisa que ilumina su rostro.