Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Doce #2
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Capítulo Doce #2

“A mí los arándanos me recuerdan a ti,” confieso, tendiéndole la caja donde está mi taza con su plato a juego.

“¿Para mí?” Se señala con una mano, sin apartar la vista del cartón marrón.

Asiento. “Puedes tirarlo en cuanto nos hayamos despedido,” digo, intentando quitarle hierro al gesto.

“¿Es un truco?”

Alza la vista, titubeante, todavía sin coger la caja.

“No es ningún truco,” digo despacio, con un tono más serio.

“¿Y has dicho que… te recuerdan a mí?”

Julie abre la boca ligeramente, haciéndome imposible el no bajar la mirada a sus labios.

Aprieto la mandíbula un segundo, replanteándome si sería más fácil salir corriendo o fingir que me desmayo.

Borro de mi cabeza la idea de huir, y es que a veces uno solo tiene que hacer frente a sus sentimientos y confesarse.

“Por fin te encuentro, cielo.”

O ser interrumpido en el momento perfecto .

Y con esta ya hacen tres en el día de hoy.

“¿Mamá? ¿Qué haces aquí? Pensaba que estarías toda la tarde en el taller con Dorian y Daisy.”

Julie se acerca a la mujer para darle un pequeño abrazo, que su madre recibe con una sonrisa ladeada.

Muy Thorne por su parte.

“He conseguido escaquearme antes de que me obligaran a seguir escuchando al señor Miller hablar durante otros cuarenta y cinco minutos sobre flores hechas con papel cebolla.”

“Ay… el señor Miller puede ser igual de intenso hablando de sus gallinas que sobre cualquier otro tema,” dice su hija torciendo el gesto.

“Me he quedado sin ramo, pero si gracias a ello he conseguido conocer a este hombre tan guapo, ha merecido la pena,” dice girándose hacia mí con un guiño, provocándome una carcajada.

“Soy Tate Weston, señora Bell,” me presento extendiendo una mano, que estrecha encantada. “Me han hablado mucho de ti.”

“Uy, espero que solo cosas malas,” me dice con una sonrisa divertida. “Y, por favor, llámame Layla.”

Julie bufa a nuestro lado, pero la veo apretar los labios para contener una sonrisa.

“Si tu obsesión por los animales marinos es algo malo, entonces, sí.”

Layla suelta una carcajada que le hace inclinar la cabeza hacia atrás, y su hija le lanza una mirada fulminante. “Con este vas en serio, ¿eh? Tiene que ser así si le cuentas cosas de tu madre.”

Julie abre la boca y se pone colorada, pero no dice nada.

Interesante .

“Ha sido un placer conocerte Tate. Aunque seas un Weston, pareces un buen hombre, igual que tu padre,” continúa Layla, visto que Julie sigue intentando arrancar su cerebro.

La simple mención a mi padre me hace estremecerme, y una punzada que reconozco demasiado bien se apodera de mi pecho con fuerza.

“Espero que trates bien a mi hija o no vas a volver a caminar tranquilo.”

Parece mentira que una mujer tan adorable, con su cabello rubio y su estatura menuda, sea capaz de soltar una amenaza tan fría con una expresión tan tranquila. Ahora entiendo de dónde saca Julie sus ideas de tirarme del coche en marcha.

“El placer ha sido mío, Layla.” Me despido con una sonrisa tensa, perdido en los recuerdos de mi padre.

No hay día que no piense en él, en lo mucho que lo echo de menos, en la de cosas que se está perdiendo y me encantaría que pudiera haber vivido.

Pero, sobre todo, me da pena que no pueda ver todo lo que sus hijos estamos logrando.

Siempre estuvimos muy unidos, aunque Weston fuera el más cercano porque lo ayudaba con todos los trabajos del campo, y su muerte fue un golpe muy duro.

Su inesperada partida, tan joven y tras lograr una victoria más en sus concursos de Raid, se sintió como si alguien hubiera apagado la luz de repente.

Nunca pensé que tendría que buscar mi lugar en la vida.

Para mí, mi familia y la granja lo eran todo.

Pero con la pérdida de mi padre, todo lo que alguna vez había tenido sentido se desplomó.

Al principio no me preocupé demasiado, pero con el tiempo me di cuenta de que necesitaba llenar ese vacío y encontrar algo que realmente me hiciera feliz.

Algo que fuera solo mío, sin la presión de hacerlo por la familia.

Por eso desempolvé el viejo despacho de los establos y me puse manos a la obra. Así encontré esa chispa que me faltaba, aquello que me ancla al presente y me recuerda quién soy y por qué estoy aquí.

Y, aunque mi padre ya no esté aquí, me gusta pensar que puede verme y que sonríe al ver todo lo que he conseguido.

“Tate, ¿estás bien?” Julie me mira con la cabeza ladeada. “Llevo llamándote como cinco minutos y no reaccionabas,” explica, al ver mi cara de confusión. “No sabía si necesitabas un tiempo a solas o te estaba dando algo.”

“Estoy bien,” digo con una sonrisa, pero no me llega a los ojos.

Julie parece darse cuenta, porque se me queda mirando un buen rato sin decir nada, como si buscara una pista en mis ojos que le explicara qué ocurre.

“¿Quieres dar una vuelta?,” propone, señalando la carretera que conduce al centro de River Cross.

Asiento, algo distraído, y la sigo como en piloto automático.

“¿Has dormido algo?”

Julie se sorprende con mi pregunta, porque me mira con los ojos bien abiertos. Me reiría si no sintiera todavía el pecho comprimido. Es adorable cuando la dejo sin palabras.

“¿Quién, yo?” Se señala, mirándome como si estuviera loco, pero justo un bostezo le hace cerrar los ojos y llevarse una mano a la boca para ocultarlo.

“No, me refería a tus pies… que caminan más lentos que tus pensamientos.” Me trago la sonrisa que tira con fuerza de las comisuras de mis labios y, en su lugar, alzo una ceja.

“Es que Lib me ha hecho madrugar y no hemos parado en toda la mañana,” explica, haciendo una mueca. Al igual que mi hermana, cuando me fijo en su rostro compruebo que tiene las ojeras oscuras y los ojos cansados.

“Y tú odias madrugar,” asiento. Julie me mira confusa, y yo me encojo de hombros. “Tenías el mismo aspecto cuando fuimos a Hazel Field el otro día,” explico como si fuera obvio.

“Ah, sí, cuando te babeé el asiento de la camioneta,” murmura con cara avergonzada.

“No sabía que los adultos pudieran babear tanto, pensaba que solo era cosa de los recién nacidos,” me burlo, ganándome un golpetazo en el antebrazo.

“Muy gracioso,” farfulla, clavando la mirada en el suelo.

Avanzamos hacia The Green Basket, presenciando cómo poco a poco la calle se va llenando con más vecinos que terminan sus talleres florales. Dentro de veinte minutos se anunciará el resultado del concurso de escaparates, así que esperamos en la acera a que llegue mi familia.

“Por cierto, Julie…,” comienzo, inseguro. Ahora que hay un ambiente cómodo entre los dos, es mejor quitármelo de encima cuanto antes y no seguir con la espina clavada por mucho más tiempo.

“¿Ocurre algo?,” pregunta, clavando esos ojos verde oliva en mí con intensidad.

“Verás… El otro día, cuando fuimos a Hazel Field, yo… no sé si hice algo que te molestó. Además de ser un imbécil, pero eso no es nada nuevo,” murmuro eso último, sin quitarle los ojos de encima.

“Quería disculparme por si te he hecho sentir mal o te he hecho daño. No era mi intención. Jamás te haría daño a propósito, Julie.”

Se queda en silencio varios segundos, mirándome sin parpadear, pero me obligo a no apartar la vista.

“¿Quieres que sea sincera?,” dice al fin.

“Por favor.”

“Estuve un poco distante e incómoda en el viaje porque noqueríaquemerompieraselcorazón.” Me mira con los ojos muy abiertos, y a mí me lleva un par de segundos entender y procesar sus palabras de lo rápido que ha hablado.

Cuando lo hago, suelto una risa nerviosa. “Pero si habíamos hablado mil veces de que lo nuestro no iba en serio, que solo nos estábamos divirtiendo.”

Julie se muerde el labio inferior, y mi mirada cae irremediablemente sobre su boca.

“Lo sé. Pero a veces las cosas cambian, ¿vale?,” dice con sequedad, a la defensiva.

Me quedo en silencio uno, dos latidos, pero Julie continúa hablando.

“Pero está superado,” dice, encogiéndose de hombros, pero desvía la vista hacia el suelo. “Ya no me gustas de esa manera y no quiero nada contigo.”

Su voz es tan inexpresiva y su cuerpo está tan en tensión que a mí se me para el corazón. Una sensación que nunca había sentido se extiende por todo mi cuerpo y me deja sin aliento.

“¿Estás segura, Julie?,” pregunto con cautela.

Asiente con energía.

“Sip. No hay nada de lo que preocuparse.”

No sé en qué estoy pensando, probablemente en nada, cuando extiendo una mano hacia ella.

“Entonces… ¿amigos?”

Julie la mira como si le fuera a pegar la peste, pero alza la vista hacia mí y su expresión se relaja.

Me fijo en su rostro, cansado pero resplandeciente por los rayos del sol que la iluminan como si fuera un ángel, con su vestido azul pastel y su pelo dorado.

Un pequeño mapa de pecas salpica sus mejillas, como si el mismo sol se hubiera posado un instante sobre ella.

Tarda un latido en reaccionar, y termina estrechándome la mano con fuerza. Intento ignorar las emociones que su simple roce despierta en mí, pero se me hace imposible pasar por alto todo lo que Julie está comenzando a encender en mi interior.

No es el corazón de Julie el que peligra, sino el mío. Y es que empiezo a darme cuenta de que me va a ser imposible mantenerme alejado de ella sin tocarla, y estoy seguro de que eso va a acabar conmigo.