Capítulo Doce
Tate
O s ha pasado alguna vez que tenéis todo un discurso preparado como si fuera una presentación con power point , sabiendo de memoria punto por punto todo lo que tenéis que decir, pero cuando os toca hablar os quedáis completamente en blanco porque no podéis dejar de pensar en si los ojos de la mujer que tenéis delante son verde oliva o verde menta?
Porque eso es justo lo que me ha pasado.
Llevo boqueando como un pez fuera del agua desde hace ya un minuto entero. Y empieza a ser incómodo.
Julie me mira con las cejas enarcadas, pero de mi boca no sale ni un solo sonido.
Yo diría que son verde oliva, con ligeros destellos color miel.
Estoy empezando a sudar; si pasa otro segundo más voy a estar a dos neuronas de colapsar.
“¿Todavía no ha elegido su recipiente ni los colores?,” pregunta la mujer que lleva el taller, acercándose a nosotros.
Intervención divina, gracias .
La mujer —alias, mi salvadora—, se lleva a Julie hacia la mesa de mantel blanco, que me mira por encima del hombro con los ojos entrecerrados, como si dijera «esto no ha acabado aquí». Aprieto los labios con fuerza antes de volver la vista hacia mi taza.
Joder… he hablado con Julie millones de veces, ¿por qué me tengo que quedar en blanco ahora, cuando tengo tanto que decir?
Continúo decorando la cerámica, pero no estoy tan concentrado en la tarea como hace un rato, antes de que la mujer rubia de vestido azul de tirantes estuviera en el mismo lugar que yo.
La veo seguir a la mujer por la carpa, escuchando sus explicaciones y sugerencias de pinceles con atención.
Casi sin darme cuenta, termino centrando toda mi atención en ella.
Observo cómo camina con delicadeza por el lugar, como si fuera una nube que surca el cielo y se mueve con el viento.
El vestido azul pastel se ajusta a su cintura de forma suave, marcando su silueta sin apretar, y luego cae suelto hasta los pies.
La tela es ligera y fluida, y tiene un acabado sencillo con detalles en blanco y azul cielo.
Pero es su pelo lo que me tiene embobado. Lleva sus ondas rubias sueltas, adornadas con pinzas en forma de mariposas de colores, como diminutos destellos repartidos entre los mechones dorados. No puedo evitar pensar cómo sería deslizar la mano por su cabello, tan suave como lo recuerdo.
Aparto la vista cuando se da la vuelta y viene hacia aquí, acomodándome en el duro asiento, centrándome en la mancha de pintura azul sobre mi mesa. Escucho cómo se sienta a mi lado, dejando un plato con forma de tortuga marina con un agujero en medio, donde debería estar el caparazón.
“¿Qué se supone que es eso?,” pregunto sin pensar. Me muerdo el interior de las mejillas sin atreverme a mirarla.
¿Por qué tengo que abrir la boca cuando no me toca?
“Podría ser un cenicero o un macetero, pero lo usaré como joyero,” contesta sin más.
No ha sido fría ni distante, aunque tampoco ha sido la alegría de la huerta. Pero algo es algo, así que me lo tomo como una pequeña victoria. Me fijo en que no ha traído ningún bote de colores, solo un par de pinceles y una esponja.
“¿Y las pinturas?”
Se encoge de hombros, mirándome con la cabeza ladeada.
“Resulta que las que quiero usar las tienes tú.”
Siento cómo mis mejillas comienzan a arder y me obligo a mirar hacia otro lado, intentando no mostrar que me tiene completamente fuera de mí.
Por el rabillo del ojo distingo una sonrisa divertida bailando en sus labios, y una sensación extraña se asienta en mi estómago, como si un millón de mariposas, iguales a las que tiene decorando su pelo, revolotearan dentro de mí.
Echo más pintura en la tabla de madera y espero a que sumerja su pequeña esponja en ella antes de hacer lo mismo y continuar con mi pequeño plato.
“¿Son… arándanos?,” pregunta Julie en voz baja, escudriñando mi lado de la mesa con una pequeña arruga entre las cejas. Me dan ganas de pasar un dedo por encima para hacerla desaparecer, pero en cambio me conformo contestando a su pregunta.
“Sí.” Mi voz sale más ronca de lo que pretendía, así que carraspeo antes de continuar. “Me gusta el color y es el mejor fruto silvestre de esta temporada.”
“¿Eso crees?,” pregunta entrecerrando los ojos como si no me creyera. Asiento, volviendo a la pintura.
“Son pequeños, suaves y brillantes.” Me encojo de hombros, pensando un segundo antes de continuar. “Los arándanos parecen simples frutos, pero esconden un encanto delicado, como alguien que ilumina todo a su alrededor sin esfuerzo.”
Mantengo la vista clavada en sus manos, sin atreverme a mirarla, como si sus uñas pintadas de azul marino fueran lo más interesante que haya visto en la vida.
“Vaya… Nunca había pensado que a alguien pudieran gustarle tanto los arándanos.” Suelta una pequeña risa. “Pensaba que yo era la única obsesionada con ellos.”
“¿Ah, sí?,” digo en tono burlón, ganándome otra risa suya.
“También creo que son el mejor fruto silvestre. Pero no pensé que alguien se fijara tanto en los… detalles.”
“Los detalles son importantes,” replico, intentando sonar despreocupado. “Sobre todo cuando llaman tu atención.”
Ella arquea una ceja, vuelve a la cerámica y murmura casi para sí misma: “Cualquiera diría que hablas de arándanos.”
Siento otra vez el calor subiéndome a las mejillas y aparto la vista hacia la mesa, concentrándome en los dibujos para distraerme, aunque sé que no funciona.
No soy propenso a sonrojarme. De hecho, nunca me sonrojo. La vergüenza no forma parte de mi vocabulario cotidiano. Puedo bromear, reírme de mí mismo, decir lo que pienso sin filtros, y casi siempre me sale bien. Veo la vida con cierta ligereza y, sobre todo, sin temores innecesarios.
Y sin embargo… aquí estoy. En un solo día he perdido la cuenta de las veces que me he sonrojado. Porque esta vez no se trata de mí ni de mi orgullo, se trata de Julie.
Por primera vez, alguien tiene el poder de desnudarme sin que yo quiera.
“¿Por qué has escogido la tortuga?,” pregunto, optando por cambiar de tema antes de que mi cabeza se derrita.
Julie pinta la cabeza del animal con una esponja, dando toquecitos para dejar una textura azulada irregular pero suave.
“Me recuerda a mi madre,” contesta, esbozando una adorable sonrisa al pensar en ella.
“Siempre ha estado obsesionada con los animales marinos. Más que tú con los arándanos, y eso ya es decir…,” murmura, lanzándome una sonrisa burlona que me hace reír.
“Por eso estudió biología marina. Siempre me dice que hay tanto por descubrir en el mundo, que no quiere perderse nada. Le encantaba viajar y hacer expediciones a lugares recónditos del océano en busca de nuevos animales por observar y conocer, aunque en los últimos años apenas ha podido salir de su despacho... A ella no le importa que los científicos estimen que existen más de dos millones de especies y plantas marinas aún por descubrir. Layla Bell nunca se rinde,” dice eso último con una risa ligera.
La pequeña burbuja que nos rodea es cómoda, agradable y cálida, como si no hubiera pasado nada entre nosotros. Como si fuéramos dos viejos amigos que acaban de reencontrarse y comparten anécdotas entrañables.
“Creo que tu madre me caería muy bien,” digo con una amplia sonrisa, guiñándole un ojo para hacer que se ría.
“Tenéis la misma determinación a la hora de hacer las cosas, siempre trabajando hasta el final,” dice, asintiendo con una pequeña sonrisa que pone a mi corazón a bailar sin previo aviso.
“¿Y las tortugas?,” pregunto con curiosidad, fingiendo tranquilidad, como si dentro de mí todo estuviera bajo control y no estuvieran sonando todas las alarmas que creía inservibles.
“Siempre encuentran el camino a casa, sin mapas y sin brújulas,” contesta con una sonrisa que le ilumina el rostro.
Joder, tiene que dejar de hacer eso . “Son fuertes y resistentes, capaces de sobrevivir semanas sin comer, enfrentándose a mares enormes y tormentas que a cualquiera de nosotros nos harían desistir. Pero ellas siguen luchando, nadando, viviendo. Me fascina esa fuerza silenciosa, esa manera de sobrevivir sin hacer ruido, como si el mundo fuera un desafío que aceptan cada día.”
Julie me deja sin palabras. Si ya había conseguido desarmarme con solo dirigirme la palabra al comienzo del taller, ahora, con ese abanico de sonrisas que me ha regalado, como si tuviera que elegir mi favorita, me ha destruido por completo.
Como había previsto cuando la vi, Julie va a ser mi ruina.
Terminamos nuestras figuras de cerámica entre conversaciones triviales, anécdotas familiares y algunos de mis comentarios que consiguen sacarle más de una carcajada.
Estar con Julie se siente como caminar descalzo sobre la arena seca de la playa, esa que se cuela entre los dedos y se amolda a cada paso, suave y cálida.
Es como si supiera exactamente dónde apoyarse para resultar perfecta.
La sensación que me acompaña cuando estoy con ella no abruma, pero se instala poco a poco, metiéndose en cada rincón de mi ser para envolverme sin darme cuenta.
Con ella todo parece sencillo y natural, como si me conociera sin preguntar, sin necesidad de palabras, compartiendo cada risa y cada silencio.
Recogemos arropados por un silencio cómodo, desistiendo al intentar limpiar el mantel de las manchas de pintura azul.
Vamos hacia el pequeño horno donde se terminan de secar las figuras de todos los participantes del taller, y nos despedimos de las vecinas en cuanto cogemos la vajilla, guardándolas en pequeñas cajas de cartón.
Salimos juntos de la carpa, encontrándonos con apenas una docena de personas en el campo.
Parece que los demás habitantes de River Cross están en otro taller, ocultos bajo una carpa blanca al otro lado del río.
Echamos a andar hacia el camino que conduce al centro del pueblo, pero me paro antes de avanzar un paso más. Julie se gira hacia mí con expresión confundida, pero antes de que pueda preguntarme qué ocurre, acabo soltando lo que llevo toda la tarde guardándome.