Capítulo Once #3
“Por fin te encuentro.” La voz de mi hermano mediano me interrumpe, obligándome a cerrar la boca al instante. Lo último que quiero es que se entere y meta las narices donde no le llaman.
Aunque… no puedo evitar sentir una punzada de frustración al no saber la respuesta de Sage. ¿Julie le habrá hablado de mí? ¿Le habrá contado algo que yo no sé sobre el viaje? Quizá hice algo mal y no me di cuenta. Quizá debería hablar con ella y solucionarlo.
Me levanto en un acto reflejo del banco, sorprendiendo a Sage y Wade, que se me quedan mirando; una con las cejas alzadas y el otro con el ceño más fruncido que de normal.
“El taller está a punto de empezar…,” invento como excusa para marcharme. Me saco el móvil del bolsillo para mirar la hora, y tampoco estoy muy equivocado. Quedan quince minutos para las cuatro y media.
“¿Quieres que vaya contigo?,” se ofrece Sage, mirándome con confusión. Debe de estar alucinando con mi repentina prisa.
“Estoy bien,” digo intentando tranquilizarla. No quiero tener una conversación incómoda con Julie y que Sage presencie cómo me parten el corazón. Otra vez.
Una ya fue suficiente, dos sería como cavar mi propia tumba.
Me despido a toda prisa, poco más y echo a correr, mimetizándome entre la multitud en busca de una melena rubia. Ni siquiera he pensado en qué le diré a Julie cuando la vea. Lo primero será preguntarle si le ocurre algo y después le pediré perdón si hace falta.
La busco en cada caseta, detrás de los puestos e incluso vuelvo a la carpa donde acabamos de comer —escondiéndome detrás de un contenedor para que Sage y Wade no me vean hacer el ganso—, pero no hay ni rastro de Julie Bell.
Mi móvil me sorprende cuando comienza a vibrar en mi mano, y desactivo la alarma que anuncia que el taller de cerámica comienza en dos minutos.
Me debato internamente en si debería esperar un rato más y seguir buscándola o ya es hora de rendirse.
A lo mejor es que se ha ido a casa después de ayudar a Lib con la decoración.
Podría mandarle un mensaje y preguntárselo, pero me parece demasiado hasta para mí.
La próxima vez que la vea —que podría ser de unas horas a varias semanas—, intentaré hablar con ella.
Entro un tanto derrotado en la pequeña carpa que han montado cerca del río, donde un grupito de mujeres charlan animadamente.
Me saludan con enormes sonrisas, encantadas de ver que un único hombre ha elegido este taller.
Me paro frente a la vajilla que hay para elegir, expuesta sobre una enorme mesa cubierta con un mantel blanco con encajes.
Necesito varios minutos para decidir cuál es la mejor opción para pintar lo que tengo en mente, y me decanto por una taza con forma irregular y un platito a juego.
A pesar de haber sido de los primeros en llegar, soy de los últimos en sentarse, y lo hago cerca de una esquina, entre dos asientos vacíos.
La mujer que organiza el taller nos da la bienvenida, nos muestra dónde está la pintura y los utensilios y nos deja libertad creativa.
Cojo todo lo que necesito antes de volver a sentarme, y sonrío al ver que el asiento de mi derecha está ocupado.
Hay una mujer pelirroja pintando un jarrón cilíndrico de verde, pero no parece muy habladora, porque apenas me mira cuando la saludo al sentarme a su lado.
No continúa la conversación educada que trato de comenzar, y terminamos sumiéndonos en un silencio incómodo.
Normalmente hablaría con cualquier persona que estuviera cerca, pero como el otro asiento está vacío y esta mujer parece que no tiene ganas de hablar con nadie, me tengo que conformar con compartir el silencio.
Cojo uno de los pinceles gruesos, comenzando por una fina capa de pintura blanca sobre toda la taza, incluido el interior.
Espero a que se seque un poco, soplando suavemente sobre la superficie, impaciente, antes de darle unos toques con los dedos por encima para comprobar si ha secado lo suficiente para seguir con los detalles.
Cambio de pincel y de color, empezando con la decoración del interior de la taza, mezclando pintura azul con verde.
Me quedo ensimismado en la tarea, disfrutando de mi momento a solas, aunque acompañado en silencio, y de la mezcla de olores de la pintura fresca y la arcilla húmeda.
“Perdón por llegar tarde. No sabía en qué carpa era.”
“No te preocupes, hija. Tienes un hueco al lado de aquel muchacho de camiseta azul.”
Oigo voces a lo lejos, difusas y entrelazadas, como un murmullo del que apenas soy consciente.
No me doy cuenta de que unos pasos se acercan en mi dirección con fuerza; una estampida que anuncia mi perdición.
Porque eso es exactamente lo que encuentro cuando voy a coger más pintura y por casualidad levanto la vista: me quedo paralizado, con la mano a medio camino entre mi taza y la tabla con colores, atrapado en la mirada de la persona que permanece de pie frente a mí.
Sus ojos arden con un huracán de emociones, y siento que mi corazón se para al quedarme atrapado en este instante.
“Siempre apareces en los lugares más inesperados,” susurra, mi perdición.