Capítulo Once #2
Ahora es mi turno de fruncir el ceño. “Me estás diciendo que este año vas a ganar por un… ¿sueño?”
Mi hermana y Sage comparten una mirada exasperada, como si estuviera diciendo una locura. Parece irónico que yo sea el más cuerdo de los tres en este momento.
“Sí, Tate, por un sueño. ¿Y qué? Julie nunca se equivoca con sus premoniciones nocturnas, y esta no me parece una excepción. Me lo he currado como nunca y tengo el escaparate más bonito de todo River Cross.”
“Eso lo decidirá el pueblo,” murmuro, alzando las cejas con retintín, irritando todavía más a mi hermana.
“¿Te esperamos para comer?,” pregunta Sage, señalando la carpa al fondo de la carretera. Lib niega, jurando que tiene el estómago cerrado por los nervios, pero cuando nos marchamos prometemos traerle una caja de alitas para después.
Esta tarde hay programados varios talleres y actividades. Para los niños hay diferentes puestos para hacer flores de papel, plantar semillas en las jardineras del pueblo y en los campos a las afueras. También han organizado una gymkana para que busquen flores silvestres y hagan sus propios ramos.
Sin lugar a dudas, esa última es la actividad favorita de las madres, pues todos los años los hijos se los dan como regalo.
Encontramos un hueco libre en una mesa de picnic debajo de la carpa para sentarnos y ocultarnos del intenso sol del mediodía mientras comemos.
Hay una inmensa barra que ocupa todo el ancho del espacio cubierto, donde sirven las bebidas y preparan las comidas.
Theo ha cocinado alitas, hamburguesas y perritos calientes, y, como todos los años, es un completo éxito.
Apenas hay espacio para más vecinos, y muchos tienen que comer de pie, pero el ambiente es agradable, divertido y acogedor.
Verdaderamente se siente como una festividad, con música country sonando por los altavoces.
“¿A qué taller te has apuntado hoy?,” me pregunta Sage después de beber un trago de agua para bajar la hamburguesa que está devorando.
“Decoración de cerámica,” contesto, limpiándome la boca con la servilleta antes de hacerla una bolita y encestarla en la papelera. Punto .
“Vaya, qué… delicado.”
Veo a Sage apretando los labios para contener una risa.
“Ja, ja. Ríete lo que quieras, Sage, pero es una actividad muy entretenida y relajante. Además, necesito una taza nueva para mi café de la mañana.”
“¿Y no te sirve una de la tienda de la esquina?”
“Me gusta llevarme un detalle de cada festividad.”
“¡Eso sí que no me lo esperaba!,” exclama, sonriéndome como si hubiera descubierto una nueva estrella en el cielo. “Tate Weston es un apasionado de los detalles.”
Parpadeo una vez, pensándolo un segundo. “Pues… sí. Siempre me quedo con algo de cada sitio al que voy: las listas para organizar los proyectos, me llevé un pétalo de las flores que puse en el obstáculo que me pediste, un lirio azul de Agnes’ Garden…”
Me pierdo en todos los recuerdos que guardo de cada momento especial en mi vida, y estoy tan ensimismado mirando a la nada, que casi no escucho la pregunta de Sage.
“¿Quién es Agnes?”
Abro la boca para contestar, pero la cierro de inmediato.
“¿Y por qué un lirio azul?,” pregunta con curiosidad.
Me encojo de hombros, sabiendo que si lo digo en voz alta solo conseguiré que me acribille a preguntas a las que no tengo respuesta.
“¿No tienes nada que contar?” Solo pensar en el enorme ramo de flores azules que Agnes me dio me hace sonrojarme, y Sage se da cuenta porque prácticamente pega un chillido. “¡Te estás sonrojando! Tate Weston, si no me dices ahora mismo en quién estás pensando, juro que me pondré a gritar.”
“¿Todavía más?,” digo con la voz estrangulada.
“Soy una mujer de palabra,” dice con seriedad.
Suelto todo el aire de mis pulmones, pasándome una mano por la barba de dos días.
“Agnes es la florista de Hazel Field, el pueblo al que fui la semana pasada a recoger las flores de Lib.”
“Ajá.”
Fulmino a Sage con la mirada, lo que le hace esbozar una sonrisa burlona. Me tiene comiendo de la palma de su mano, y sabe que se lo voy a contar todo con pelos y señales.
“Hubo un… malentendido entre Julie y yo.” No puedo evitar sonreír al recordar su expresión y cómo salió hecha una furia del almacén. “Así que le pedí a Agnes que me hiciera un ramo de flores azules para arreglarlo.”
Sage abre mucho los ojos y sus labios se separan formando una pequeña O. “¿Tú le pediste a Agnes un ramo de disculpas?”
Asiento, revolviéndome con incomodidad sobre el duro banco de madera. En su momento fue el único detalle que merecía la pena probar para ofrecerle una tregua a Julie. Sabía que intentar hablar con ella sería imposible. Necesitaba algo más significativo.
“¿Y qué dijo ella? ¿Te perdonó?” Hago un ruido afirmativo, y Sage se lleva las manos a la boca. “¿Y qué pasó después? ¿Hablasteis o… hubo algún tipo de confesión?”
“¿Confesión?,” suelto una risa entre dientes. “No, nada de eso. Aceptó mi tregua y seguimos con el viaje como si nada hubiera pasado.”
“Como si nada hubiera pasado…,” repite en voz baja, como si tuviera que pronunciarlo para creerlo.
Vuelvo a asentir, confuso, intentando averiguar a dónde quiere llegar con todo esto.
“¿Qué ocurre? ¿Julie te ha dicho algo de alguna confesi-”