Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Once
31%

Capítulo Once

Tate

M ueve el culo, Tate. Como lleguemos tarde te corto las piernas.

” Sage llama a mi puerta unas treinta y cinco veces, por si acaso no me entero con la primera, ya que solo golpea la madera con tanta fuerza que retumba en toda la casa.

Termino de atarme los zapatos y cojo aire con fuerza, mentalizándome para lo que me espera hoy.

El primer día del Wildflower Waltz.

Casi se me olvida que comenzaba hoy, entre que mi mente solo tiene espacio para pensar en troncos y arbustos y el cansancio acumulado de estas últimas semanas.

Menos mal que tengo a Sage para recordarme la llegada del festival.

Aunque… a este paso se va a quedar sin voz y le van a sangrar los nudillos antes de que empiece.

“¡Ya voy!,” grito desde el otro lado de mi casa, levantándome de la cama y echándome un último vistazo en el espejo.

Llevo una camiseta de algodón azul y los vaqueros menos desgastados que he encontrado en el armario.

Mis botas de trabajo descansan al lado de la puerta, llenas de tierra y polvo.

La ocasión merece mis otras botas, que son igual de viejas, pero al menos no están llenas de mierda.

Mi pelo suelto está demasiado largo, formando pequeñas ondas en mi nuca y detrás de las orejas.

Ahora que he terminado el trabajo tendré tiempo para ir a la peluquería, pero no está dentro de mi lista de prioridades.

Cuando construimos mi casa solo hicimos una planta, poniendo la habitación principal al fondo de todo para tener vistas al bosque. Así que tengo que recorrer la casa al completo para llegar a la entrada y encontrarme con una Sage bastante desesperada.

“¿Qué estabas haciendo? ¿Aprender claqué? Como tengas que volver ahí dentro a algo te corto lo siguiente a las piernas, Tate Weston. Conduzco yo, así que camina,” suelta con las mejillas coloradas por la rabia.

Me muerdo el labio inferior para contener una sonrisa y asiento como única respuesta.

Sage suelta un bufido de lo más adorable y la sigo hasta su vieja camioneta.

El enfado le dura unos cinco minutos, cuando empieza a hablar sin parar de las actividades que hay organizadas desde la mañana hasta la noche.

Los mejores días del festival son el primero y el último.

Las fiestas abren con talleres, bailes y un gran concierto al final del día.

El resto de la semana la decoración continúa presente en River Cross, pero solo hay actividades para los niños.

El martes, el último día, es parecido al primero, cerrando con fuegos artificiales y un baile de despedida en el que todo el pueblo está obligado a participar. Palabras del alcalde.

Las flores de Agnes nos dan la bienvenida cuando cruzamos el puente para ir al otro lado del pueblo, y Sage casi deja que nos estrellemos contra un puesto de comida al soltar las manos del volante para llevárselas al pecho de la emoción.

Menos mal que reaccioné a tiempo y lo sujeté por ella, porque ni dejó de pisar el acelerador ni cogió el volante hasta después de varios segundos.

No sé si me da envidia o miedo su calma.

Sage observa todo con atención, avanzando tan despacio que los vecinos que caminan por la acera nos adelantan sin esfuerzo.

Estoy a punto de decirle que, por favor, acelere y aparque detrás de The Green Basket, cuando frena en seco y pega un chillido que me hace llevarme las manos a las orejas en un acto reflejo.

“¿Qué pasa?,” pregunto asustado, sacando la cabeza por la ventanilla para ver si ha atropellado a alguien.

“¡Mira eso!” Señala al frente, donde hay un puesto de cuadros hechos con pétalos de flores. Hay varios collages de caballos en diferentes posturas, un par de bodegones y unos cuantos paisajes de River Cross.

Me giro lentamente hacia ella, todavía sintiendo el corazón palpitando con fuerza contra mi pecho. Mis labios son solo una línea fina y tensa, y Sage parece que se da cuenta sin necesidad de mirarme, porque hace un mohín y acelera en silencio.

“Era adorable, ¿vale? Lo siento,” me dice en cuanto aparca y nos bajamos de la camioneta. Me contengo para no resoplar, aunque las comisuras de mis labios se curvan hacia arriba. Supongo que me lo merecía, después de hacerla esperar varios minutos en la puerta de mi casa.

“¿Qué quieres ver primero?,” pregunto, acercándome a ella para pasar un brazo por encima de sus hombros, haciendo que ponga los ojos en blanco.

“Vamos a ver los puestos de artesanía y luego le hacemos una visita a tu hermana,” dice con una sonrisa, dirigiéndonos hacia unas casetas de madera que están decoradas con flores hasta el techo. Cada una tiene un color distinto, lo que las hace especiales a su manera.

“¿Has visto a tu marido?,” pregunto cuando nos paramos frente a un puesto de flores de hojas de papel cebolla.

“Todavía no,” dice, ojeando unos ramos de rosas. “Me dijo que vendría más tarde para la actividad a la que nos apunté. Ni un minuto más ni un minuto menos.”

“Tan social como siempre…,” murmuro tocando la superficie de un cuaderno decorada con papel de tonos azules. Los colores me recuerdan inconscientemente a una persona, provocándome una punzada extraña en el pecho.

Llevo sin ver a Julie desde que volvimos del viaje a Hazel Field.

Una parte de mí se alegra por no haber coincidido con ella en una semana, pero también he sentido una extraña sensación durante estos días por no haberla visto ni de casualidad.

Como un vacío. No sé explicarlo, ni tampoco sé a qué se debe.

Tampoco es que fuéramos amigos antes, pero haber pasado tantas horas con ella, que ocurrieran tantas cosas en un solo día, tantas emociones…

Me siento como si hubieran revuelto en mi pecho con brío y me hubiera dejado mareado, aturdido y un poco perdido.

“¿Tienes pareja para el baile de esta noche?” Miro a Sage con las cejas levantadas de la sorpresa, pero mantiene la vista fija en las flores expuestas sobre la mesa. Es como si me hubiera leído la mente.

Podría mentirle e inventarme el nombre de alguien, pero al final opto por la verdad. “No se lo he preguntado a nadie,” contesto, encogiéndome de hombros. “Se lo pediré a alguna mujer solitaria como yo que esté en la carpa.”

“Como si fuera cosa del destino, ¿no?,” dice con una sonrisa ladeada.

“Exacto,” digo, guiñándole un ojo.

“Cómo te gusta romper corazones.”

“No te equivoques, Sage. Yo no rompo ningún corazón, solo los hago bailar un poco de salsa. A todos nos gusta tener un poco de atención de vez en cuando.”

Sage rueda los ojos, dándome un apretón en el hombro. “Como me entere yo de que vas por ahí haciéndoles ilusiones a las mujeres, te parto las piernas.”

“Cómo te gusta amenazarme con mis preciadas piernas,” digo llevándome una mano al pecho con teatralidad.

“Es porque sé que aprecias demasiado lo que tienes entre ellas y me parecería más gracioso verte lidiar con una silla de ruedas.”

“Te compadecerías de mí y me empujarías por todo River Cross, Sage, no te mientas.”

“De eso se encargarían otras mujeres,” dice, avanzando entre la multitud. “Estoy segura de que las tendrías loquitas y se pelearían para llevarte de un lado a otro.”

Suelto una carcajada y sigo a Sage por la carretera, cada vez más concurrida. “¿Crees que ligaría más en silla de ruedas?”

“¿Quieres comprobarlo?” Me mira por encima del hombro con una ceja alzada, haciéndome reír otra vez.

La mañana transcurre sin altercados, mis piernas continúan en su sitio y Sage me ha hecho cargar con varias bolsas llenas de decoraciones artesanales que dejamos en su camioneta cuando nos da la hora de comer.

Hablamos un rato con unos vecinos de Windstone, el pueblo que hay que cruzar desde Almond Valley para llegar aquí, pero nos tenemos que despedir a toda prisa cuando vislumbramos un par de trenzas doradas al otro lado de la calle.

No hemos logrado hablar con mi hermana en toda la mañana.

Es como una lagartija escurridiza, cada vez que hemos tratado de acercarnos, o nos interceptaban unos vecinos o desaparecía detrás de algún puesto florido.

Cualquiera pensaría que está huyendo de nosotros, pero sé que estos festivales la hacen evadirse de todo y apenas tiene tiempo de mirar alrededor.

En su cabecita solo hay espacio para las tareas que tenga organizadas, mantener el orden en su tienda y estar pendiente del pequeño puesto que ha montado justo delante.

“¿Estamos jugando al escondite y no nos hemos enterado? ¡Porque se te da de miedo!” Sage intercepta a mi hermana adelantándola con una amplia zancada, obligándola a frenar antes de estamparse con su escaso metro y medio de altura.

“¡Pero qué sorpresa!” Lib se echa a reír y la abraza con fuerza, levantándola un par de centímetros del suelo. “¿Dónde está el idiota de mi hermano? ¿De verdad te ha dejado sola?”

“Si, bueno…”

“Estoy yo,” anuncio con una sonrisa ladeada, cortando a Sage antes de que invente alguna excusa, a juzgar por la cara de pena que ha puesto. Lib me mira haciendo una mueca, pero se encoge de hombros antes de volverse hacia su amiga.

“Un Weston es un Weston. Y no sabría decirte cuál de los dos es peor compañía.”

“Wade, sin duda,” digo con convicción, ganándome una mirada de reproche por parte de mi adorable hermana. Se nota que nos queremos, ¿verdad? “Justo íbamos a ir a la carpa a comer algo, a ver qué ha preparado Theo este año.”

“Tengo que arreglar un poco el escaparate de la tienda,” dice, señalando con el pulgar a su espalda.

Miro por encima de su hombro las flores formando una perfecta corona naranja en la cristalera y bajo la mirada hacia Lib con el ceño fruncido.

Sus ojeras están más oscuras de lo normal, y luce bastante cansada para ser solo las once de la mañana.

“Hoy es el concurso de decoración floral,” explica, frotándose las manos con nerviosismo.

“Todos los años gana The Red, pero Julie me contó que hoy soñó que este año sería diferente. Llevamos desde las seis preparándolo todo porque quiero ganar, así que tiene que ser perfecto.”