Capítulo Diez
Tate
T erminar el recorrido entero de cross me ha llevado menos de lo que esperaba. Imaginaba que tardaría varias semanas en construir los obstáculos, trasladarlos y montarlos, pero solo ha pasado una semana desde que empecé, y solo me faltan los últimos detalles.
Ya es lunes, lo que significa que mañana da comienzo el Wildflower Waltz y tendré que pasarme las tardes en River Cross, haciendo las actividades programadas por el alcalde.
No es que sea muy fan de hacer el tonto con la gente del pueblo, pero si no asistes a todo lo programado, es como si dejaras de existir para los vecinos. Aunque a la gente no le guste participar, es algo casi sagrado, y al final terminas pasando un buen rato entre la familia y los amigos.
Le echo un vistazo al móvil a ver si Sage ha contestado al último mensaje que le envié, y sonrío al ver el emoticono de un pulgar hacia arriba de su parte.
Espero a que llegue apoyado en la rueda de mi camioneta, fijándome en los saltos repartidos por uno de los senderos que rodea la casa de mi hermano. Y ahora también la de Sage.
No pasan ni quince minutos cuando aparece caminando por el sendero.
“¿Has venido andando?,” pregunto en cuanto la tengo a un par de metros. “¿Cómo has tardado tan poco?”
Sage suelta una pequeña risa, negando. “Me ha acercado Lib, que tenía que marcharse a la tienda. No ha querido meterse en el sendero porque ya se olía que estos trastos iban a ocupar todo el camino,” explica sin dejar de caminar, esquivando como puede uno de los obstáculos que, exactamente, va de un lado al otro de la carretera de tierra.
“¿Qué te parece?,” pregunto, sintiéndome nervioso de pronto.
Sage se para a mi lado para mirar lo que hay delante de nosotros, pero yo no aparto la vista de su perfil.
Quiero ver su reacción. Primero, su boca se abre ligeramente, seguida de sus ojos.
Lentamente, las comisuras de sus labios comienzan a elevarse, hasta que forman una enorme sonrisa.
Sus ojos grisáceos brillan a la luz del mediodía y se gira hacia mí con la emoción reflejada en ellos.
“¡Tate!,” exclama, haciéndome elevar las cejas. “¡Qué pasada!” Ríe al darme un torpe abrazo, alejándose antes de que me dé tiempo a devolverle el gesto. “Qué pasada,” repite, esta vez en tan solo un susurro.
Se acerca al enorme seto circular con un agujero del diámetro de una persona en medio.
Una persona del tamaño de Sage, claro; tampoco hacía falta que fuera muy alto.
Las flores rosas le dan un toque dulce de color, y no puedo evitar sonreír al verla pasar los dedos con delicadeza por encima de los pétalos artificiales.
“¿Te gusta?”
“¿Estás de coña?,” exclama, todavía de espaldas. “Es increíble, Tate. No me esperaba esto para nada.”
“¿No pensabas que lo consiguiera?,” pregunto en un tono burlón, pero por dentro algo en mí se resquebraja al pensar que no me tenía fe.
Sage niega con la cabeza, girándose hacia mí.
“No es eso,” dice con una sonrisa de oreja a oreja.
“Sabía que conseguirías hacer un recorrido impresionante y que te currarías cada detalle para que todo quedara perfecto. Pero esto…” Suelta un pequeño suspiro, llevándose las manos al pecho.
“Es mejor de lo que cualquiera podría imaginar. ¡Y lo has hecho tú solito! ¿Qué narices?”
Suelto una carcajada que me hace inclinar la cabeza hacia atrás mientras Sage continúa halagando mi trabajo, poniéndome por las nubes y subiendo mi ego hasta la estratosfera. No voy a necesitar un refuerzo de autoestima en un largo tiempo si sigue con los cumplidos.
“¿Sabes? Tenía dudas en si te iba a gustar,” confieso cuando estamos a medio camino hacia la casa de mis padres para comer. Desvío la vista de la carretera durante un momento hacia Sage.
“¿Me estás vacilando?,” pregunta con sorpresa desde el otro lado del banco.
Me encojo de hombros, mirándola de reojo.
“No quiero subirte más el ego, si es que se puede, pero todos los proyectos que haces terminan siendo una pasada. Y no es solo por lo exigentes que son, sino porque te tomas tu tiempo y no necesitas de nadie para conseguirlos.”
“A veces es un poco agobiante…”
“Pues tómate más tiempo en el proceso,” contesta sin más. Como si fuera tan fácil dejar de ser autoexigente y no imponerse una fecha límite. “Ahora aprovecha y descansa, Tate. Te lo mereces.”
“Esta semana estaré ocupado con el Wildflower Waltz,” digo con sonrisa burlona.
“Dios… no me lo recuerdes,” murmura pasándose las manos por sus tirabuzones perfectos.
Frunzo el ceño.
“Pensaba que te gustaban las fiestas.”
“Y me encantan ,” dice asintiendo varias veces. “Es a tu hermano a quien no le gustan nada. No sabes lo que me costó que aceptara a venir al menos a una actividad en River Cross.”
“Pero si ha ido sin falta todos los años.”
“¡Por eso!,” exclama, alzando los brazos al cielo, sacándome una risa. “Me dijo que estaba harto de ir al festival, que es la peor fiesta del año. Pero no puede negarse. Se lo repetí como mil veces y menos mal que terminó accediendo. Aunque creo que solo lo hizo para que dejara de insistir.”
Sacudo la cabeza, recordando lo cabezota que ha sido siempre mi hermano, empeñado en detestar todo lo que conlleve socializar y pasarlo bien.
“Es un caso perdido, Sage. Él se lo pierde.”
Me da la razón con un asentimiento, y lo que queda de camino nos lo pasamos cantando a todo pulmón las canciones de Elton John que añadí a mi playlist .
Desde el día que Sage pisó Almond Valley, sabía que acabaría siendo mi mejor amiga.
Comemos en la casa de mi madre con mis hermanos y la abuela Mira, que cada día parece más cansada.
Su cuerpo aguanta bien los años, pero es su mente la que no la deja dormir.
Siempre pensando, siempre dándole vueltas a algo sin poder controlarlo.
Emily la llevará al médico a finales de esta semana, así que a ver si hay suerte y pueden ayudarla.
Ella insiste en que no nos preocupemos, que es lo que ocurre con la edad, pero no podemos evitar sentir impotencia al ver cómo el tiempo se va haciendo dueño de su cuerpo y mente poco a poco.
“¡Venga, Tate, que te estás quedando atrás!,” me grita la voz de una mujer desde lo alto de la colina. No distingo quién es, estando tan lejos y pegando semejante grito. Aunque algo me dice que se trata de Sage.
“¡No me puedo creer que tu hermana mayor esté en mejor forma que tú!,” exclama otra voz que sí reconozco. Cómo no, mi hermana.
Hago que Raven trote ligeramente para alcanzarlas, sujetándome el sombrero con una mano para que no se lo lleve el viento. Después de una rápida comida en la casa principal, Sage me ayudó a convencer a todos para que les enseñara el recorrido de cross terminado.
“Dejad de meteros con él,” les chista mi madre, ganándose una sonrisa por mi parte que desaparece en cuanto vuelve a abrir la boca. “Siempre ha sido el más lento de la familia.”
Gracias, mamá .
Tanto mi hermana como Sage se ríen a carcajada limpia, y no se me pasa por alto la sonrisa que trata de ocultar el caradura de mi hermano. Traidor .
Hago caso omiso de sus risas, haciendo fuerza en las piernas para que Raven avance hasta quedar delante de ellas.
“Venga, señoritas, vamos a empezar el recorrido.”
“Yo no quiero saltar,” interrumpe Lib con cara de haber chupado un limón.
“Pues no lo hagas. Nadie te obliga,” contesta mi hermano, tan agradable como siempre.
“No hace falta que saltes,” digo yo, más empático que el chalado de Wade.
“Míralo como si fueras a hacer una vuelta de reconocimiento. Solo quiero que veáis los obstáculos y me digáis qué tal los veis, por si tengo que cambiar algo. Si queréis saltar, podéis hacerlo. He medido las distancias y están perfectas, así que no hay riesgo de muerte.”
“Está Sage presente,” recalca Lib, señalándola. “Eso significa que sí hay riesgo de muerte.”
“No la gafes, anda,” le dice Sage riendo. Mi hermano fulmina a la rubia con la mirada, y esta saca la lengua como si tuviera cinco años.
Y luego soy yo el idiota…
“Si no hay dudas ni objeciones, empezamos.”
Salgo al trote hacia el camino donde comienza el recorrido, mirando hacia atrás para verificar que me siguen. Conociéndolos, son capaces de pasar de mí y volver a casa en cuanto les dé la espalda.
Me decidí por colocar un total de quince obstáculos por los senderos de Almond Valley, con la intención de que se complete como máximo en diez minutos al galope, ya que las distancias entre saltos son muy amplias.
La altura no sobrepasa el metro de altura, así que cualquier jinete con una mínima experiencia en el salto puede ser capaz de hacerlo sin problema.
Cualquiera con experiencia o con un par como Sage.
“Relájate, vaquera, apenas has saltado con Mud y te puedes caer,” le reprocha su marido, cruzándose de brazos sobre Shiny. Y es que no sería la primera vez que tuviera que llevarla a urgencias por caerse de Mud.
Lo veo apretar la mandíbula mientras observa cómo su mujer mira decidida el primer salto.
Me aseguré de que los primeros obstáculos fueran los más bajitos para ir aumentando la dificultad según se avanza en el recorrido, pero bien es cierto que los enormes troncos dan un poco de respeto.
No tanto como para montar una escena, si eso es lo que pretende mi hermano, pero sí para estar atento.
Pero Sage hace caso omiso a las súplicas de Wade y retrocede para coger carrerilla y entrar al galope al salto.
“Espero que tengas marcado ya el número de emergencias,” susurra Lib a mi lado mientras observamos la escena a un lateral del obstáculo como si fuéramos el público.
Esbozo una pequeña sonrisa, viendo que Mud y Sage hacen un gran binomio y no demuestran inseguridad alguna al volar por encima del tronco decorado con plantas artificiales. Mi madre aplaude con una sonrisa enorme y Wade se pasa una mano por la cabeza, respirando de nuevo.
“Tate, como propósito del año te suplico que me enseñes a hacer el recorrido entero,” exclama Sage sin aliento, acercándose a nosotros después de frenar a Mud y acariciarlo en el cuello.
Me echo a reír mientras reanudo el paso. “Pero si todavía no lo has visto entero.”
“Si esto es el principio, solo puede mejorar. Además, mi obstáculo es una pasada.”
“¿Ya has visto el tuyo?,” pregunta Lib, lanzándome una mirada asesina.
“Yo- yo creía q- que…,” tartamudeo, abriendo mucho los ojos. “Me daba miedo que a Sage no le gustara el resultado,” confieso con la boca pequeña.
“¿Y a mí no?,” espeta, torciendo la boca.
“Es que enfadada no das tanto miedo como Sage,” dice Wade como si pretendiera salvarme. Pero, obviamente , consigue el efecto contrario.
“¿Cómo que doy miedo enfadada?,” pregunta ella, volviéndose hacia mi hermano, que levanta las cejas como si dijera: ¿Ves?
Sage resopla, pero nos lanza una sonrisa maliciosa sin que Wade la vea. Son tal para cual…
Continuamos con el recorrido durante la tarde hasta llegar al obstáculo trece, donde el enorme seto ocupa todo el ancho del sendero.
Lib silba a mi lado. “Pues sí que es una pasada,” dice acercándose al enorme obstáculo.
Impone bastante al alzarse a varios metros sobre el suelo, y mi hermana tiene que echar la cabeza hacia atrás para ver el punto más alto.
El obstáculo no es demasiado alto, será de unos ochenta centímetros, pero hay que estar mentalizado y entrar seguro al salto para que el caballo se atreva a pasar.
“¿Vamos todos?,” pregunto con una sonrisa traviesa. Mi madre se raja la primera, con la excusa de que se tiene que ir a casa a hacer la cena. Claro… a las cinco de la tarde… Sage y Wade están más que seguros en saltarlo, así que se ponen a ello.
Pero, después de sobrepasar el obstáculo y volverme hacia el otro lado, veo a mi hermana en el centro del círculo verdoso con la boca torcida en una mueca.
“¿Vienes o qué, lenta?,” le grito, aguantando la risa.
Lib parece dudar, porque guía a su caballo hacia delante y luego hacia los lados como si buscara una alternativa.
“Si no quieres saltarlo, tendrás que ir por el camino del bosque, pero tienes que dar una vuelta bastante grande,” añado, esperando pacientemente a que se decida.
Pero mi hermano Weston no tiene esa habilidad tan desarrollada como yo.
“Venga, quejica, salta de una vez para que podamos continuar y acabar esta tortura familiar.”
“Es que me da miedo,” dice Lib con expresión de perrito abandonado.
“¿Pero a ti qué te pasa?,” refunfuña de nuevo. “El miedica de la familia es Tate.”
“¡Oye! Te he oído.” Le lanzo una mirada asesina, pero él solo pone los ojos en blanco. Será imbécil .
“Tampoco pretendía lo contrario,” murmura el otro, ganándose un golpetazo en el brazo de parte de su mujer.
“No seas imbécil,” le riñe ella. Me muerdo el labio para que no me echen la bronca por reírme.
“No pienso saltar eso,” insiste Lib sobre su caballo. Reprimo mis ganas de darle una patada en el culo y me giro hacia ella con la expresión más agradable que me permite mi cara.
“Ve por el bosque si lo prefieres. Solo quedan dos saltos, así que te esperaremos al final del recorrido, junto al tuyo.”
Nos despedimos de mi hermana y avanzamos al trote lo que queda de sendero.
Sage me pregunta por el proceso del recorrido y no dejamos de hablar hasta que llegamos al punto de encuentro.
Wade no abre la boca en todo el camino, y su cara de molestia nos acompaña como una nube oscura sobre nuestras cabezas.
Los minutos pasan hasta que Lib llega y prácticamente grita al ver sus calabazas.
El sol comienza a ocultarse tras las colinas cuando termino de contarles mis ideas y me dan un feedback del recorrido que me llena de orgullo.
A todos les ha gustado, no hay ninguna queja.
Incluso Lib se anima a sobrepasar con su caballo su delicado salto con decoración otoñal.
Siento una calma en el pecho, como si me hubiera quitado un peso de encima. Y no es solo satisfacción, sino sentirme capaz; esto lo he construido yo desde cero. Cada idea, cada hora invertida y cada rasguño ha merecido la pena.
Mientras el cielo se tiñe de tonos anaranjados y volvemos a casa, dejo que ese orgullo me llene por dentro despacio, dándome tiempo a saborearlo como un logro que me hace estar más cerca de mis metas. Porque creo que por fin he encontrado la chispa que me faltaba. Y se halla entre estos obstáculos.