Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Nueve #2
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Capítulo Nueve #2

Puede que no pase todo el tiempo que me gustaría con mi familia, pero aun así me conocen lo suficiente como para saber cómo voy a actuar sin necesidad de palabras. Es como si la distancia y el tiempo no fueran capaces de cambiar lo que somos.

Dedico todo el domingo a mi familia. Me paso la mañana con Sloane, acompañándola al corral que tiene en el jardín trasero de su casa para dar de comer a las gallinas mientras Alice babea su lado de la almohada.

Hacía mil años que no hablaba tanto con mi prima, y haber estado horas contándonos cosas, riéndonos en silencio y confesándonos secretos como si volviéramos a ser niñas, ha conseguido reavivar esa chispa que tanto necesitaba volver a ver.

Antes de marcharme de vuelta a River Cross, tropiezo con Evan al entrar en casa por la puerta trasera que conduce a la cocina.

“Buenos días,” saludo con el ceño fruncido.

¿Ha dormido aquí?

Tiene cara de no haber dormido más de dos horas pero…

¿Por qué no se ha marchado a casa todavía?

“Hey, Julie,” dice apoyándose en el marco de la puerta para bloquearme el paso. “Te estaba buscando.”

¿Quiere pasar tiempo conmigo? Definitivamente, se le ha ido la cabeza.

“¿Qué tramas?,” pregunto ladeando la cabeza, sin fiarme un pelo. Evan suelta una risa entre dientes, pero el nerviosismo en su cuerpo es visible por la manera en la que se pasa una mano por la barba rubia de varios días.

“Quería preguntarte si te gustaría ayudarme con los caballos.”

Miro el reloj del móvil un segundo. No tengo nada que hacer en casa, más que recoger y limpiar mi apartamento. Por un par de horas más aquí tampoco me va a pasar nada…

“Claro.”

Lo sigo hasta los establos, a cinco minutos en coche de la casa de mis tíos.

A diferencia de Almond Valley, aquí el terreno es más rocoso y las zonas de cultivo y ganado están más alejadas entre sí.

Trato de darle un sentido a que Evan me haya pedido que lo acompañara, porque no abre la boca en todo el tiempo que estamos en los establos.

Les damos de comer a los caballos, limpiamos las cuadras y sacamos a unos cuantos para que pasten al sol de la mañana en el prado.

“¿Quieres dar un paseo antes de marcharte?,” pregunta, devolviéndome a la Tierra. Estaba ensimismada en la tarea, disfrutando del silencio agradable que nos envolvía.

Asiento con una sonrisa, entrando detrás de él para ensillar a los caballos.

Cabalgamos al trote por los senderos que suben por la montaña de Honey Ridge y, tras varios minutos acompañados por el canto de los pájaros y el aroma a hierba húmeda, paramos en un pequeño mirador.

Desde aquí se puede ver todo el terreno de los Thorne y, al otro lado de la montaña, el de los Weston.

Las dos familias separadas por una montaña. Literal y metafóricamente.

“Mira, se ve mi casa desde aquí,” me dice, señalando unos árboles a lo lejos en mitad de la ladera.

Aunque tengo que hacer un esfuerzo para ver la pequeña casa de piedra rodeada de naturaleza, ahí está.

Me imagino perfectamente a mi primo trabajando desde casa, a lo que sea que se dedique, solo, sin nadie que lo moleste.

Es lo más parecido a un ermitaño que conozco.

Y eso que me han contado historias bastante locas de algún personaje de Cinder Lake.

“Te gustan los caballos,” anuncia, rompiendo el silencio. Me giro hacia él con el ceño fruncido, sin entender muy bien adónde quiere llegar.

“Ajá,” asiento, fijándome en su perfil. Tiene las ojeras más marcadas que la última vez que lo vi hace varias semanas. Supongo que no he sido la única a la que se le han hecho cuesta arriba la vida últimamente.

“Montas muy bien para trabajar en una tienda de verduras.”

Alzo una ceja. “¿Gracias?”

Evan suelta una risa entre dientes y se vuelve para mirarme. “Lo que quiero decir es que podrías dedicarte a ello. Tienes madera de amazona. Está en los genes.”

“Oh, no, qué va.” Me río sacudiendo la cabeza. “Yo no estoy hecha para los caballos.”

“¿Y para qué estás hecha?,” pregunta con curiosidad.

Buena pregunta .

“Me gusta mi trabajo, si es lo que me estás preguntando.”

Evan niega.

“Me refería a la vida, Julie. ¿A qué estás esperando?”

“Creo que no te sigo…” ¿Desde cuándo Evan es tan… místico?

Suelta un resoplido, pero vuelve a intentarlo.

“¿A qué esperas para vivir? Para hacer eso que tanto miedo te da,” dice, alzando las cejas. “Todos sabemos la razón por la que vienes de visita, Julie. Te sientes perdida, de bajona, y no sabes qué hacer, así que pasas un finde increíble con tu familia para devolverte los pies a la tierra.”

“Estoy un poco perdida,” admito en voz baja.

“No es malo sentirse así, Julie. Entiendo cómo te sientes, porque to también me sentía así hasta hace solo unos años…,” admite, bajando la voz hasta que se convierte en un susurro.

“Y no te juzgo por venir. Ojalá yo fuera tan valiente como tú y contara lo que me ocurre, mis miedos, y le hubiera pedido ayuda a mi familia cuando la necesitaba.” Se queda un momento en silencio, asimilando sus palabras.

“Pero no soy así, ya lo sabes. Me gusta encerrarme en mí mismo y resolver solo mis movidas.”

“Tampoco es que yo la hubiera pedido explícitamente…,” murmuro más para mí, pero Evan me escucha.

“Da igual que no lo digas con las palabras exactas, lo que cuenta es la intención, tus actos… Pero sobre todo tus ojos. Cualquiera de la familia se daría cuenta de que nos necesitas solo con mirarte, Julie.”

“No quiero ser una carga.”

Me duele el alma solo de pensarlo.

“Quien quiera que te haya metido esa idea en la cabeza es un idiota,” gruñe con el ceño fruncido.

Yo misma . “Somos tu familia, Julie. Estamos para eso. De igual manera que nosotros contamos contigo y tú estás ahí siempre que lo necesitamos. ¿O no te acuerdas de las veces que Ali te ha pedido consejo? ¿O la de mañanas que habrás pasado con Sloane en el huerto sin que te lo pidiera? Incluso a Michael le iluminas los días cada vez que vienes de improvisto.”

A veces no puedo evitar sentirme como una intrusa.

Evan guía a su caballo para quedar a mi lado, y me da un ligero apretón en el codo. “Eres lo contrario a un estorbo, Julie, y perteneces a esta familia tanto como cualquiera de nosotros.”

Cojo aire con fuerza, pestañeando rápidamente para ahuyentar las lágrimas que amenazan con salir.

“Gracias,” susurro, mirándolo con toda la ternura que puedo expresar.

Evan me sonríe antes de abrazarme como puede desde su caballo, haciendo que suelte una pequeña risa que me anima al instante.

“Te echo una carrera hasta los establos,” digo con una sonrisa traviesa, desafiándolo con la mirada.

“Oh, Julie, te estás haciendo adicta a competir contra mí,” dice riendo. “Pero no puedo dejar que me ganes. Al menos no en esto.”

Antes de que me dé tiempo a procesar lo que quiere decir con eso último, aprieta los costados de su caballo y sale a galope.

Lo veo desaparecer entre los árboles, todavía sin moverme.

Quizá Evan tenga razón y ya vaya siendo hora de replantearme mis prioridades; comenzar a darle la importancia que se merece mi familia y sentirme en casa.

Acorto las riendas y aprieto las piernas antes de salir a toda prisa detrás de Evan. Espero poder alcanzarlo. Aunque… si pregunta, le diré que le estaba dejando ventaja.

“¡Allá vamos!”