Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Ocho #3
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Capítulo Ocho #3

Porque no voy a dejar de beber. La promesa que me hice ayer incluía un tanto al final.

Después de darme un abrazo riendo y un beso en la coronilla, su figura se ve opacada por los rubios rizos de Alice.

“¡Mi turno!,” chilla igual de fuerte que Daisy antes de estrujarme. “Tenemos que ponernos al día,” susurra con picardía en mi oído para que solo yo la escuche.

Contengo una carcajada, y asiento sin romper el abrazo. “Si no nos da tiempo, pediré cita para un buen corte de pelo.”

“Hecho,” sella con una pequeña risa antes de soltarme.

“No sé qué tramáis, pero desde luego no puede ser nada bueno,” dice una voz grave a nuestras espaldas.

Me giro para ver a mi primo pequeño apoyado en el marco de la puerta que da al patio trasero con una sonrisa ladeada.

No sé qué tienen en esta familia con las sonrisas que no auguran nada bueno, pero me encantan.

Ese tipo de mirada, con un brillo especial que promete diversión, me recuerda tanto a mi madre, que mi sonrisa se ensancha.

No llevo ni quince minutos aquí y ya me duelen los mofletes de reír tanto.

“Pero mira a quién tenemos aquí…,” digo con la cabeza ladeada y las manos apoyadas en las caderas.

“No es ni más ni menos que mi competidor favorito. ¿Quién se llevará la victoria al rubio más escurridizo del lugar?” Le lanzo un guiño que no hace sino aumentar el resplandor travieso en su expresión.

“Vais empatando,” dice Alice con los codos sobre la encimera. “La última vez que lo vimos fue cuando viniste tú.”

Mi sonrisa flaquea, y un destello de frustración cruza la mirada de Evan por un brevísimo momento, pero a mí no me pasa desapercibido.

“Vaya, pues no puedo dejar que me ganes tan fácil.” Continúo bromeando antes de que el ambiente se vuelva incómodo, y parece que lo consigo, porque la sonrisa de Evan cambia.

Miro a sus padres con disimulo, pero ninguno parece percatarse de la pulla de su hija.

“No te tomaba por un perdedor, Evan Thorne, así que será mejor que te pongas las pilas.”

“Necesito un incentivo.”

“¿Ver a tu pobre madre no es motivo suficiente para honrarnos con tu presencia?,” pregunta Sloane con dramatismo.

Evan se pasa las manos por la cara, pero veo cómo trata de contener una sonrisa apretando los labios.

“Mamá, llevas torturándome desde que nací y me obligaste a convivir con estos animales,” dice señalando a sus hermanos, ganándose miradas ofendidas de ambos.

“No me miréis así, yo no tengo la culpa de haber sido el más pequeño y el más guapo.”

“No te ganaste la atención y cariño precisamente por tu agradable personalidad y tu extraordinaria humildad,” murmura Alice poniendo los ojos en blanco.

“Necesito un incentivo,” repite, haciendo caso omiso de su hermana. “Uno que valga la pena.”

Alice abre la boca para hablar, pero me adelanto sin pensarlo.

“¿Y si traigo a Lib Weston?”

El silencio se hace en toda la casa. Incluso Michael suelta la espátula de la sorpresa. La expresión de Evan es un cuadro: su rostro se ha paralizado en una mueca entre sorpresa, enfado y algo que no soy capaz de distinguir. No me atrevo a moverme, arrepentida de haber hablado antes de tiempo.

“Alguien tenía que sacar el temita...” Alice rompe el silencio soltando una carcajada que retumba por toda la cocina. Dorian se ríe entre dientes, y mis tíos se vuelven hacia los fogones para ocultar sus risas, pero las sacudidas incontrolables de sus hombros los delatan.

Evan suspira, cruza los brazos y me lanza una mirada cargada de ironía. El bullicio de la cocina vuelve, y todos retoman sus conversaciones como si nada hubiera ocurrido.

“¿Y eso es un incentivante? Porque si traes a Lib, eso sería justo lo contrario de motivarme a venir,” dice, ladeando la cabeza y dibujando una sonrisa torcida que mezcla humor y un sentimiento que trata de ocultar.

Me muerdo el interior de las mejillas, divertida y un poco arrepentida a la vez. “Soy la peor dando ideas.”

Alzo las manos en señal de rendición, y Evan se acerca a mí sin dejar de mirarme como si quisiera decir un millón de cosas pero no quisiera… o no supiera cómo pronunciarlas.

Cuando nuestros zapatos casi se tocan, me sorprende envolviéndome en un cálido abrazo. Le devuelvo el gesto un poco confundida, pero lo estrecho con fuerza cuando siento cómo se relaja entre mis brazos. Compartimos en silencio más de lo que puede transmitir un simple abrazo.

Tras unos segundos que se me hacen cortos, Evan se separa un poco, y su sonrisa ya no es solo irónica.

Hay algo de alivio en ella. Por un instante, me doy cuenta de que quizá no somos tan diferentes; nuestras vidas no distan tanto como pensaba.

No sé qué pasó entre él y Lib para que rompiera su amistad, pero me da la sensación de que siente algo parecido a lo que yo siento con Tate…

Una mezcla confusa de frustración, anhelo y desconcierto, que a veces no sabemos cómo manejar.

Y me reconforta darme cuenta de que, aunque sea una situación difícil, de alguna manera sé que no estoy sola.