Capítulo Ocho #2
“Bueno… no tiene opción. La llevaremos a rastras si hace falta,” dice, riendo, pero una parte de mí sigue insegura.
“No lo pienses, cielo, yo creo que le va a encantar,” admite con ternura.
Y esa frase es suficiente para disipar cualquier rastro de preocupación en mi cuerpo.
“El martes cuando nos veamos en River Cross te confirmo todo.”
“Perfecto. Gracias, Sloane. Y otra cosa...,” añado por inercia, sin haberlo planeado.
“Dime, cielo.”
“¿Puedo ir a comer a vuestra casa?”
“Pues claro, Julie. Estás más que invitada siempre que quieras,” dice con una sonrisa que se escucha a través del altavoz. “Lo bueno de los sábados es que siempre estamos todos a mediodía en la casa principal, así que aquí te esperamos.”
Hablamos un rato más sobre la familia, el plan del festival y la ruta y, para cuando cuelgo, me siento mucho mejor que hace una hora. Como si hubiera necesitado de alguien para recordarme quién soy, a sentirme presente y recuperar mi luz.
Después del maldito viaje a Hazel Field, he perdido un poco el norte, dejándome arrastrar por cosas que en el fondo sé que no me hacen bien. Así que ya va siendo hora de poner distancia, de centrarme en mí misma y en lo que realmente importa: recuperar mi brillo y no perderme por el camino.
Deslizo los dedos sobre la superficie plana con delicadeza como si estuviera dibujando.
Siento el ligero relieve que hunde las letras cuando paso por encima de ellas.
La bonita caligrafía está pintada con tinta dorada, contrastando con el marrón de la piel.
La descripción, que ocupa casi toda la portada, reza con la letra de mi madre:
Julie’s Journal
Abro el cuaderno de cuero en la primera página, donde está mi nombre completo, y, justo debajo, un pequeño texto escrito en la misma caligrafía que la portada.
Julie Bell
Que estas páginas te sirvan para guardar los recuerdos más bonitos de tu viaje. Espero que compartamos algunos de esos momentos. Disfruta la vida, mi pequeña, aún te queda mucho por descubrir.
Sonrío al recordar lo ilusionada que estaba mi madre entonces.
Fue el mismo día que mi vida cambió, cuando salí de Westburn hacia River Cross para volver a conocer a la familia de mi madre.
El cuaderno fue un regalo para el viaje, para que llenara cada página con los lugares más bonitos del pueblo y todas las personas que conociera.
Paso las páginas con delicadeza, viendo el collage de polaroids combinado con pequeños textos.
Algunos describen las fotos, otros son frases que me recordaban al momento, pero también hay fechas y nombres.
Me detengo al llegar a la página seis, y una sensación amarga demasiado familiar se instaura en mi pecho.
Sé lo que viene a continuación, y odio ser la única que puede remediarlo pero que no es capaz de hacerlo.
Y es que las siguientes páginas están vacías.
No he podido llenar el cuaderno de recuerdos, tal y como le prometí a mi madre hace cuatro años.
Lo intenté, juro que lo hice, pero nunca me sentí cómoda sacando la cámara con mis amigos delante. Los únicos que saben sobre mi afición por la fotografía es mi familia.
Bueno, y después del viaje del otro día… también Tate.
No pretendía mostrarle esa parte de mí a alguien como…
él, pero, al ver el majestuoso paisaje en Heaven Mountains, no lo pensé.
Fue automático, como si mis manos no estuvieran conectadas a mi cerebro y no pudiera controlarlas.
No me arrepiento, y no puedo evitar sonreír al sacar las instantáneas de mi bolso para pegarlas en la siguiente página en blanco.
Además de las montañas, hice a escondidas varias instantáneas de Agnes’ Garden.
No es mucho, apenas cuatro fotografías, pero son suficientes para marcar un antes y un después en mi vida.
Le prometí a mi madre llenar el cuaderno de viaje y llevarlo siempre encima y, aunque la primera parte del trato está cogida un poco con pinzas, la segunda la cumplo de maravilla.
Siempre llevo el cuaderno conmigo, por eso nunca salgo de casa sin un bolso.
Aunque no vaya a sacar la cámara, y menos la libreta, la seguridad de llevarlas siempre encima por si acaso es reconfortante.
Y también es una forma de llevar una parte de mi madre conmigo.
Después de pegar, dibujar y escribir en las nuevas páginas, recojo la mesa del salón y guardo las cosas en mi bolso.
Me miro en el espejo una última vez, dando una vuelta sobre mí misma para mirar el conjunto completo.
Estiro las mangas del jersey amarillo que llevo, a juego con mis converse con pequeñas setas rojas pintadas con acuarelas.
Me engancho el bolso blanco de crochet en el hombro y respiro hondo antes de salir.
Estar en mi pequeño apartamento normalmente me transmite calma, pero ahora me está dando claustrofobia.
Por eso ayer en un arrebato le pregunté a mi tía si podía ir a comer.
No suelo ir a visitarlos muy a menudo porque Honey Ridge queda a una hora de River Cross y, como siempre estoy trabajando o liada, no suelo tener tiempo suficiente como para que me compense el viaje.
Prefiero ir con calma, disfrutando del momento y aprovechando cada minuto con ellos.
Y eso es lo que pretendo hacer hoy.
Tras exactamente una hora y veinte minutos sin dejar de conducir —porque puede, y solo puede, que me haya perdido—, por fin vislumbro un pequeño cartel blanco con letras en rojo recién pintadas que anuncia:
Honey Ridge
Aparco delante de la casa de mis tíos entre el viejo monovolumen gris de Sloane y un todoterreno negro con un elevador en el asiento trasero.
Un profundo suspiro escapa de mi boca cuando salgo del coche, bolso en mano, y piso las tierras de mi familia.
Camino hacia la enorme casa de los Thorne, que dista mucho de parecerse a la de los Weston.
En vez de una cabaña en lo alto de unas escaleras, la casa de mis tíos está escondida en medio de las montañas y las paredes están hechas de piedra.
Los coches están a varios metros del porche delantero, ocupado por una mesa con sillas a juego y varios bancos del mismo material que la casa.
Camino por las baldosas cubiertas de verdina que conducen a la puerta principal, fijándome en lo parecido pero diferente que se ve todo desde la última vez que vine.
Las montañas se yerguen detrás de la enorme casa de dos plantas como si fueran gigantes protegiendo un castillo.
En cuanto entro, una mata de pelo marrón viene corriendo a saludarme, y prácticamente me tiro al suelo para acariciarla.
“¡Flika! ¿A dónde vas?,” grita una voz aguda desde la cocina. Unos chillidos, mezclados con una risa traviesa, acompañan a la pequeña niña que cruza el umbral derrapando.
Aprovechando que estoy tirada en el suelo, la pequeña Daisy grita con fuerza antes de correr en mi busca y tirarse encima de mí. Me giro justo a tiempo para no aplastar al dóberman, y abrazo a mi prima con fuerza.
“Ay, Julie, ¿por qué has tardado tanto en volver? Te echaba de menos,” gimotea entre mis brazos. Se me parte el corazón al verla tan afectada por mi ausencia. No suelo ser consciente del tiempo que pasa entre visitas, solo vengo cuando saco tiempo y a ellos les viene bien.
“He tenido mucho trabajo últimamente,” me excuso apartándola de mí lo justo para verle la cara. Tiene los mofletes hinchados y coloreados de un rosa intenso, a juego con su camiseta llena de flores. “Prometo venir más a menudo, si eso es lo que quieres.”
“¡Por favor!,” pega un chillido usando toda su capacidad pulmonar, con el que casi me deja sorda.
“Está bien, está bien,” asiento riendo.
Me levanto del suelo, llevándome a Daisy conmigo, y, mientras escucho con atención cómo me cuenta las rarezas de todas sus amigas con pelos y señales, camino hacia la cocina con la vista fija en la niña.
Escucho las voces alegres de mi familia al otro lado de la puerta, y el olor a hamburguesa y queso me hace salivar cuando empujo la madera y me adentro en la habitación.
Las cuatro personas de la cocina se vuelven hacia mí con una sonrisa enorme en los labios. Sloane es la primera en acercarse para darme un abrazo cuando dejo a Daisy en el suelo.
“¿Qué tal ha ido el viaje, Julie?,” pregunta Michael a su espalda, alzando la espátula como saludo.
“He tardado un poco más de la cuenta,” contesto, poniéndome colorada, consiguiendo que mis primos suelten una risa que ocultan detrás de sendos botellines de cerveza.
“No te sientas mal por perderte, cielo,” me anima Sloane, dándome un apretón en el brazo. “Hacía mucho que no venías. Es normal que no te acuerdes bien de los caminos.”
“¿Crees que necesitas que te recordemos dónde está el baño o crees que te acordarás?” Pongo los ojos en blanco, y veo a Dorian acercarse desde el otro lado de la encimera para tenderme una cerveza con una sonrisa ladeada, que cojo sin dudar.