Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Ocho
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Capítulo Ocho

Julie

L a noche del viernes en The Red con las chicas se fue un poco de madre.

Theo debió de ver el deplorable estado en el que me he mantenido desde que volví a casa el martes, porque no pararon de llegar cervezas a nuestra mesa.

Apenas nos quedaba un trago de las que estábamos bebiendo, que ya había una nueva sobre la madera.

Ni Sage ni Lib hicieron nada para detenerlo; ellas también bebieron más de la cuenta.

Pero yo… no estaba en condiciones de llevarle la contraria a nadie.

Después de narrarles la odisea que fue ir hasta Hazel Field con el hermano pequeño de los Weston, mis amigas se ocuparon de que no me faltara comida ni un hombro sobre el que llorar o gritar.

Que yo recuerde fue más gritar que llorar.

Y lo peor es que no fue por enfado, sino por frustración.

Porque… ¿de qué coño va Tate, pasando de mí durante meses y de repente regalándome ramos de flores preciosas y pidiendo treguas?

Pero todo eso me lo guardé. No les conté a mis amigas nada más allá de los silencios incómodos, la actitud extraña de Tate y su inesperado interés por mí.

Ellas no sospecharon que me estuviera guardando información, y tampoco preguntaron demasiado.

Solo estuvieron ahí, presentes para escucharme y apoyarme.

Aunque no de la manera que yo quería… pinchándole las cuatro ruedas a la camioneta de Tate.

En el local hubo concierto de 9 to 5 Queens , mi grupo tributo favorito de Dolly Parton.

De lo que recuerdo, la noche fue espectacular.

Bailamos, cantamos, sudamos y nos emborrachamos como si volviéramos a tener dieciocho años.

Pero no tenemos dieciocho, sino veinticinco.

Bueno… Lib unos cuantos más, pero la resaca es la misma para todas.

Por eso llevo unos veinte minutos tirada en el sofá con los ojos cerrados, gimiendo del dolor de cabeza cada vez que un coche pasa cerca de la ventana o los pájaros cantan más fuerte de lo que puedo soportar.

Y pensaréis, ¿ahora es cuando dice lo mítico de las películas cuando se tiene una resaca monumental? Pues sí: No vuelvo a beber tanto en mi vida.

Respiro hondo un par de veces, mentalizándome para mi siguiente movimiento, y siento que hago un esfuerzo sobrehumano al abrir los ojos y erguirme en el asiento.

Apoyo la espalda en el respaldo antes de escurrirme hasta el borde del cojín para levantarme.

Todo me da vueltas cuando apoyo los pies en el suelo, y me llevo una mano a la frente para sentir el sudor frío por el mareo.

¿Qué coño tomé ayer?

Obligo a mis pies a ir hacia la cocina para tomar un vaso de agua fría, pero por el camino me veo reflejada en el espejo colgado encima del lavabo del baño y me detengo.

Una Julie con ojeras, el pelo rubio lleno de nudos y baba seca en la comisura de la boca me devuelve la mirada.

El verde de mis ojos apenas brilla, oculto bajo una sombra de ojos emborronada que me hace lucir como un mapache cansado.

Bajo la mirada y mi ropa arrugada, tres tallas más grande que yo, me hacen rodearme con los brazos, como si quisiera protegerme de mi propio reflejo.

La persona que veo delante de mí no soy yo.

Apenas veo un ápice de la calidez y el brillo que me envuelve siempre.

No sé muy bien cómo explicarlo, pero siento que algo se ha apagado en mí.

Y lo echo de menos. Echo de menos esa luz que me hacía sentir cerca de mi familia, la que me une a ellos sin necesidad de estar cerca.

Porque todos en mi círculo la tienen, siempre la han tenido.

Y ahora, al mirarme, siento que me falta algo importante.

Camino hacia el lavabo sin despegar la vista de mi reflejo, como si estuviera hipnotizada, y solo cuando mi abdomen roza la dura pica, salgo del trance.

Cierro los ojos y me lavo la cara a conciencia, dejando que el desagüe se lleve cualquier rastro de lo sucedido anoche.

Al levantar la vista, el brillo todavía no aparece, pero cada vez está más cerca.

Sin maquillaje sobre mis ojos, mi rostro es clavado al de mi madre, Layla.

No puedo evitar sentir una punzada en el pecho al recordar lo mucho que la echo de menos.

Una pincelada de arrepentimiento roza mis pensamientos por un segundo, pero la borro al instante.

Haberme mudado a River Cross ha sido una de las mejores decisiones de mi vida, y no la cambiaría ni aunque pudiera volver atrás.

Mi madre me había traído a River Cross de pequeña alguna que otra vez, pero yo era solo una niña, y los recuerdos se desvanecieron como las nubes con el viento.

Aún recuerdo cómo me sentí al visitar a mis primos hace cinco años.

No quería hacer el viaje sola, y estaba esperanzada de que, cuando le propusiera el plan a mi madre, me dijera que sí.

Pero ella no podía por las fechas y se negó cuando le dije de cambiarlas.

Me dijo que hiciera el viaje sola, que me lo merecía y que me iba a encantar disfrutar de mi propia compañía rodeada de los paisajes de River Cross.

Y no se equivocó. Mi madre nunca se equivoca.

Me enamoré del pueblo, de su gente y de la tienda de Lib, claro está.

La visita a mis primos fue mejor de lo que esperaba.

Imaginaba una comida incómoda, distante y extraña, pero no fue sino cálida y divertida.

Como si nos conociéramos de toda la vida y apenas hubieran pasado dos días desde la última vez que nos vimos.

Mis tíos, Sloane y Michael, me enseñaron fotos de cuando era pequeña y jugaba con mis primos, Dorian, Alice y Evan.

Todavía recuerdo el dolor que sentí por haber olvidado sus rostros.

Dijeron que Evan y yo éramos como uña y carne, siempre haciendo alguna travesura y ganándonos las broncas de Dorian, que estaba harto de cuidarnos a pesar de tener solo diez años más.

Sloane también me enseñó fotografías con su hermana, y aún guardo una de ellas. Siempre la llevo encima, o en mi bolso o en la cartera. Salen preciosas, abrazadas en un mirador con las montañas de fondo, iluminadas por su luz propia y por los últimos rayos de sol del día.

La nostalgia de tener un lugar al que sentir que pertenecía, más allá de mi madre, fue lo que me hizo desear quedarme.

Porque con ella nunca me ha faltado nada. Es una Thorne, y siempre hemos estado unidas a pesar de las circunstancias. Pero la ciudad era otra cosa. Nunca terminé de encajar en Westburn, nunca sentí que ese lugar fuera realmente mío.

Quizá por eso la ausencia de mi padre pesa de una forma extraña. Nos dejó cuando yo tenía tres años, pero no lo recuerdo. No podría reconocerlo si me enseñaran una fotografía —que no existen, pues mi madre se deshizo de cualquier rastro de su existencia.

Y odio eso. Odiar a alguien cuya cara no recuerdo.

De alguna manera, todo estaba conectado: ese vacío, esa distancia en Westburn, esa sensación constante de sentirme fuera de lugar. Como si me faltara una pieza.

Una pieza que he encontrado en River Cross. Les debo mi chispa a los Thorne, a Almond Valley, a Honey Ridge… pero sobre todo a mi madre. Si ella no me hubiera alentado a hacer ese viaje sola, jamás la hubiera encontrado.

Por eso mismo, como si una llama se hubiera reavivado en mi interior al recordar los mejores momentos de mi vida durante estos últimos cuatro años, la resaca parece desaparecer de mi cuerpo cuando echo a correr por el apartamento en busca de mi móvil.

En tres días comienza el Wildflower Waltz y mi madre va a venir de visita para ver el festival. Se va a quedar a dormir en casa de Sloane y, sin dejar de sonreír, lo primero que hago al encontrar mi móvil es marcar su número.

“¡Julie, qué sorpresa! ¿Cómo estás, cielo?,” su risueña voz me saluda al otro lado de la línea, haciendo que mi sonrisa se ensanche todavía más.

“Hola, tía, tengo una resaca de los mil demonios, pero todo va bien. Si en el Wildflower Waltz me ves con una cerveza en la mano, quítamela y bébetela tú.” Su risa me sube el ánimo.

“Y hablando del festival… Te llamaba porque el martes viene mi madre a River Cross. Hace semanas que no la veo y la echo de menos.” Con los años, Sloane se ha convertido en una de mis mejores amigas y le cuento todo lo que se me pasa por la cabeza sin tapujos.

“Por eso quiero que el viaje merezca la pena y que los pocos días que se queda sean especiales.”

“¿En qué habías pensado?”

“Se me había ocurrido que podíamos ir a Heaven Mountains. Ahora que llega el calor, podríamos pasar tiempo en familia, ir hasta Willow Lake y dejar que reconecte con la naturaleza.”

“Eso es importante para alguien que vive en la ciudad,” asiente riendo.

“¿Qué te parecería hacer una ruta por la zona en familia?”

Mi tía se mantiene en silencio unos segundos, y escucho el sonido de unos papeles moviéndose.

“Creo que el viernes no tenemos nada planeado,” dice, y apenas ha terminado la frase suelto un chillido de la emoción.

Sloane suelta una risa antes de continuar.

“Michael no podrá venir; tiene que quedarse en casa con unos potros nuevos. Además, con la rodilla destrozada apenas puede caminar unos cuantos pasos sin tener que parar a descansar.” Mi tío se ha pasado prácticamente toda su vida sobre un caballo, y a la larga —por no haberse tomado en serio su salud—, todo eso le pasó factura.

“A Daisy le encanta hacer rutas para tener solo ocho años, así que no será difícil que ella misma convenza a Dorian. Tengo que preguntarle a Alice cuál es su turno ese día en la peluquería, aunque últimamente está trabajando demasiado…” Sacudo la cabeza, reprimiendo una sonrisa, conociendo bien lo en serio que se toma el trabajo mi prima.

Si pudiera, se pasaría el día en la peluquería de River Cross.

“¿Y crees que a mi madre le gustará la idea?,” pregunto, vacilante. Layla trabaja en una oficina, y la última vez que hicimos senderismo juntas fue hace años.