Capítulo Siete #2
Lo observo sin pestañear mientras extiende lentamente su enorme mano hacia mí, y por un instante siento que el mundo se detiene al ver lo que sostiene entre los dedos.
Es un ramo de flores azules.
Incluso el delicado papel que las envuelve es de un tono azul bebé precioso.
Mis labios se separan de la sorpresa, y siento cómo la emoción llega hasta mis ojos.
Pestañeo varias veces para ahuyentar las lágrimas que amenazan con salir, y levanto la mirada hacia los ojos del mismo color que los lirios que sujeta.
“Una tregua, campanilla,” dice otra vez, y su habitual sonrisa ladeada vuelve a hacer acto de presencia al observar mi reacción.
No queda ni rastro del enfado fingido de hace un momento.
“Una tregua,” repito, como hipnotizada.
A esto me refería cuando dije que, aunque para Tate sus detalles parezcan insignificantes, para mí significan demasiado. Esto dicta mucho más que una tregua a ojos de cualquiera. Para él, tan solo es una oportunidad. Para mí, implica arriesgarme a que me vuelvan a partir el corazón.
“Está bien,” murmuro, cogiendo las flores con cuidado.
Joder… que ni siquiera soy capaz de cerrar las manos alrededor del ramo .
“¿Estás segura, campanilla?”
“No me hagas cambiar de opinión…,” murmuro entre dientes, con la vista fija en las flores y el corazón en un puño.
Tate suelta una risa suave que me eriza la piel.
No ha pasado ni un minuto y ya sé que darle otra oportunidad a Tate va a doler demasiado .
Mientras me explica qué tipo de flor compone el ramo, no puedo evitar mirarlo ensimismada, escuchando con atención cada palabra.
Para cuando termina y nos despedimos de Agnes, que me lanza un guiño al fijarse en el ramo que todavía sostengo contra mi pecho, no puedo evitar pensar en si estaré tomando la decisión correcta.
Estaba tan segura de tenerlo todo bajo control, que pensé que pactaríamos una tregua para que las cosas no fueran incómodas entre nosotros y después cada uno seguiría con su vida como si nada hubiera pasado… pero este maldito ramo lo cambia todo.
Mi pecho está abierto en canal, y si Tate sigue así voy a acabar suspirando como una tonta por él, deseando que alguien me salve de mí misma.
Porque, tal y como me había dicho Sage hace dos años: soy la prueba viviente de que un error se puede cometer muchas veces.
Emprendemos el camino de vuelta a River Cross con el estómago lleno de patatas fritas, carne picada y queso.
Volvería a Hazel Field solo para comer otra vez en el bar de carretera a las afueras del pueblo.
A pesar de no tener espacio ni para un trocito del postre que pidió Tate, se me sigue haciendo la boca agua al recordar el sabor de la comida.
Dejamos atrás el tono anaranjado de los campos cuando atravesamos las carreteras que bordean Willow Lake.
Es la misma ruta que a la ida, pero parece un paisaje completamente nuevo con el sol de media tarde creando sombras y reflejos entre las piedras.
Saco la mano por la ventanilla y la húmeda brisa de las montañas se cuela entre mis dedos.
Creo ondas en el aire y, sonrío al sentirme como si estuviera en un videoclip veraniego, con Robbie Williams cantando Rock DJ a todo volumen por la camioneta.
“Pásame la cámara y te grabo. ¿Quieres alguna canción en concreto o esta te vale?”
El tono divertido de Tate hace que mi sonrisa se ensanche, pero me muerdo el interior de las mejillas para que no la vea cuando me vuelvo hacia él.
Lo encuentro con un brazo apoyado en el marco de la ventanilla mientras sujeta el volante con la otra mano, tensando los músculos de su enorme antebrazo.
Me fijo en su expresión relajada cuando levanto la vista y la clavo en su sonrisa ladeada.
Carraspeo antes de volver a girarme.
“Muy gracioso.”
“Estaba pensando en parar en el lago y estirar las piernas,” dice a mi espalda.
“Preferiría hacer el camino de una y no perder más tiempo. Quiero llegar a casa cuanto antes.” Solo de pensar en estar más tiempo del necesario con Tate hace que se me revuelva el estómago. “Además, estarás cansado de conducir todo el día,” añado, mirándolo de reojo.
Se encoge de hombros. “Me gusta conducir. No me importa pasar un rato más en la carretera.”
Lo miro con el ceño fruncido. “¿Quieres que conduzca yo?”
“No vas a conducir mi camioneta ni en tus sueños, campanilla,” niega con una sonrisita.
“Solo estaba siendo educada,” replico entre dientes, haciéndole soltar una risa.
Saco el móvil del bolsillo de mi sudadera, manchada de tierra por mover casi mil flores, y abro el único chat que tengo con dos mensajes sin leer.
Sage: Julieeeee, ¿sigues viva?
Lib: La verdadera pregunta es si mi hermano sigue vivo...
Julie: Estamos vivitos y coleando👍
Julie: De momento.
Sage: Por favor, Julie, no sigas enfadada. ¡Te juro que no lo hicimos a posta!
Lib: Te subiré el sueldo este mes por las molestias ocasionadas.
Sage: ¡Yo te pagaré el psicólogo!
Julie: Págaselo a Tate. Alguien tan idiota debería medicarse por atentar contra la salud pública.
Lib: Créeme, lo he intentado todo. No tiene cura ni tratamiento.
Rachel: No sé qué ha pasado, pero si Julie está en el coche de Tate, espero que le deis un buen uso a ese banco que tiene por asientos…
Sage: Rae, creo que meterle esa imagen en la cabeza a Julie solo va a darle más motivos para tirarse del coche en marcha.
Julie: No me des ideas…
Razón no le falta, pero por suerte Tate apenas abre la boca en todo el camino de vuelta.
Presenciamos la puesta de sol, que nos acompaña a nuestras espaldas como si fuera el telón de un escenario y marcara el fin de la obra.
Ojalá todo este viaje hubiera sido mentira, un teatro, y fuéramos actores que fingen llevarse mal pero que en realidad ni siquiera se conocen.
Pero no lo es. Tate y yo nos conocemos. Demasiado. Y, muy a mi pesar, voy a seguir viéndolo en la casa de su familia, en sus tierras, en las festividades y en la tienda de Lib.
Porque Tate Weston está en todas partes. Incluso en mi cabeza. Es como un parásito que acampa a sus anchas en mis pensamientos.
No podría fingir que no conozco a Tate, y menos después de todos los sentimientos que juraba tener encerrados bajo llave en mi corazón, que, con solo pasar doce horas juntos, ha conseguido abrir y liberar.
A pesar de todos mis intentos por no volver a sentir por él nada más que desagrado, la situación me sobrepasa.
Y lo peor de todo es que sé que él nunca sentirá lo mismo y que la herida seguirá abierta hasta que no encuentre un amor correspondido.