Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Siete
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Capítulo Siete

Julie

H ace cuatro años que no confío en un hombre.

Desde que me rompieron el corazón por tercera vez, he mantenido las distancias en todas mis relaciones.

Nunca me he dejado llevar más de lo que me podía permitir, marchándome antes de que mi corazón saliera dañado.

Y por eso hace más de cuatro años que no tengo una relación estable. Ni pienso tenerla.

Todos los hombres son iguales: mentirosos, charlatanes, manipuladores, inmaduros y egocéntricos.

Y Tate Weston no es la excepción que cumple la regla. No…

Tate Weston es la jodida regla.

Si antes de este viaje pensaba que estaba confuso porque no tenía claro qué era lo que quería conmigo y que por eso parecía un poco imbécil, ahora creo que es simple y llanamente imbécil. No hay lugar para la compasión ni para las excusas.

Ya lloré todo lo que tenía que llorar cuando mi corazón salió herido después de la última vez que nos vimos, cuando él me dijo que no quería nada serio y me recordó que me lo había dejado claro desde el principio.

Y es cierto, lo hizo. Pero las cosas cambian, las personas evolucionan y los intereses pueden variar.

Lo sé porque eso pasó conmigo; aunque solo nos lo estábamos pasando bien, mis sentimientos comenzaron a crecer y, al final, quise intentar algo más serio y estable.

Pero no ocurrió lo mismo con Tate.

Él nunca quiso nada serio ni lo quiere ahora. Dudo incluso que algún día lo haga.

Y aun así actuaba como si estuviera enamorado.

No eran promesas ni palabras bonitas. Tate nunca fue de decir ese tipo de cosas.

Era peor que eso… Era la forma en que me miraba, como si yo fuera la única mujer en la faz de la tierra.

Como si todo lo demás desapareciera cuando estábamos juntos.

Era la manera en que me buscaba en una habitación llena de gente o cómo su voz cambiaba cuando decía mi nombre.

Ese tipo de cosas no se hacen si no significan nada.

Por eso no lo soporto.

Porque cuando por fin decidí apartarme y le dije que no quería seguir viéndolo de ninguna manera, se quedó mirándome como si no entendiera nada. Como si mi decisión hubiera caído del cielo. Como si no fuera él quien había estado jugando a algo que parecía demasiado real.

Solo yo sabía que lo que sentía no era un juego.

Y tal vez por eso fui la única que salió perdiendo.

Apoyo la frente contra el frío cristal de la ventanilla de la camioneta mientras dejo salir un lento suspiro con los ojos cerrados.

La mañana estaba siendo… decente, ya no digo perfecta —aunque sí un tanto inolvidable—, pero parecía que las cosas entre nosotros estaban funcionando de alguna manera.

Aunque apenas hablamos durante el viaje, parecía que habíamos logrado entendernos.

Que no nos íbamos a tocar más las narices. O no más de lo habitual.

Lo que no esperaba era que Tate diría en voz alta lo que estaba pensando.

Yo sabía perfectamente qué se le estaba pasando por la cabeza, y una parte de mí rezaba para que se atreviera a decirlo.

Pero otra, mucho más grande, deseaba que no dijera nada para no volver a abrir la herida en mi pecho.

Supongo que Tate puede ser más impredecible de lo que imaginaba.

Es gracioso, porque creo que no estoy enfadada con él.

Sí, estaba que echaba humo por las orejas cuando salí del almacén, pero también estaba… excitada.

Y quizá ese sea el verdadero problema: que mi corazón aprendió la lección hace tiempo, pero mi cuerpo todavía no parece haberse enterado.

Tate sigue mirándome de esa forma que hace que el aire se vuelva más denso entre nosotros, por eso me acobardé en el almacén, delante de Agnes.

Me mira como si bastara dar un paso en falso para que todo volviera a ocurrir.

Y lo peor de todo es que sé que, si eso pasa, probablemente no sería yo la que se detuviera. Y eso es lo que más miedo me da.

Tal vez debería salir de mi triste escondite y hablar con él.

No quiero que las cosas sean más complicadas entre nosotros; tampoco quiero ser su amiga, pero quizá lo mejor es que tengamos una relación cordial.

Quiero mantenerme alejada de Tate, y mi plan para cuando vuelva a casa es no volver a verlo en la vida —a no ser que sea estrictamente necesario.

Con las intenciones claras y la cabeza en alto, me armo de valor y abro la puerta de la camioneta.

El calor de Hazel Field es tan intenso a estas horas que, solo un par de pasos, mi piel ya está cubierta de una fina película de sudor.

Me acerco con pasos decididos a la puerta trasera de la floristería, cruzando los dedos a mi espalda para que Tate siga donde lo dejé hace unos minutos.

Pero, para mi sorpresa, no está por ninguna parte.

“¿Tate?”

Recorro la enorme sala llamándolo cada vez más alto. Lo busco entre las estanterías y los cientos de flores de colores, pero no hay ni rastro de él. ¿Cómo se me puede haber perdido un hombre de metro ochenta, corpulento como un armario y con rizos de un rubio intenso como Encantador?

Maldiciendo por lo bajo, camino hacia la puerta que conduce a la floristería.

Intento abrirla con cuidado para ver si está Agnes con algún cliente, pero no se mueve ni un milímetro.

Frunzo el ceño y la empujo varias veces, pero parece que está atascada.

Respiro hondo lentamente, me preparo para empujarla con todo el peso de mi cuerpo y, justo cuando mi hombro roza la madera, esta desaparece, dejándome caer al vacío.

Suelto un grito que despertaría hasta a la rata más escondida del pueblo y cierro los ojos esperando el duro impacto contra el suelo.

Pero este no llega. En cambio, unos cálidos brazos me rodean la cintura y me sujetan con fuerza.

Abro los párpados lentamente, respirando con dificultad, y lo primero que veo son las muescas de la madera a un palmo de mi cara.

Por los pelos .

El cuerpo que me sujeta tira del mío hacia arriba para incorporarme, pero todavía estoy temblando por lo que podría haber sido un golpe bastante doloroso. Me agarro con fuerza a sus musculados antebrazos, sintiendo el corazón palpitando con fuerza en mi pecho.

“¿Estás bien?,” susurra su voz ronca a pocos centímetros de mi oído. Trato de ignorar el escalofrío que me recorre el cuerpo, y trago con fuerza para deshacer el nudo que se ha empeñado en acampar en mi garganta cada vez que Tate está cerca de mí.

Hago un ruido afirmativo sin abrir la boca, consciente de que no podría decir nada coherente ahora mismo.

“Te voy a levantar para que toques el suelo con los pies, ¿vale?,” continúa diciendo en voz baja. Asiento varias veces, dejándome llevar por su cuerpo y su voz.

Tate me levanta en el aire y me deja caer lentamente, posando mis pies en el suelo con delicadeza como si estuviéramos bailando ballet.

Cuando recupero la compostura y me fijo en lo cerca que estamos, doy un paso tambaleante hacia atrás.

Tate extiende una mano hacia mí para estabilizarme, pero no llega a rozarme con los dedos.

“Me has dado un susto de muerte,” digo con voz temblorosa. “Pensaba que me iba a partir la cabeza.”

“Suerte que esté tu Encantador para salvarte,” dice con una sonrisa ladeada. Su gesto refleja diversión, pero su mirada rebosa cautela.

En teoría estoy enfadadísima con él, pero mi cabreo se ha disipado por completo por esta experiencia cercana a la muerte.

Y que Tate desconozca que no estoy molesta, es algo que juega a mi favor.

Nos quedamos en silencio varios segundos, como si Tate estuviera esperando que diga algo más.

Cuando no lo hago, carraspea por lo bajo y se pasa una mano por la nuca.

No puedo evitar fijarme en el gesto. Es sutil, pero lo conozco lo suficiente para saber que lo hace cuando está nervioso.

Interesante .

“Bueno…,” murmura al final, mirando brevemente hacia la puerta como si estuviera considerando huir. “Al menos no te has matado.”

“Todavía,” respondo con sequedad.

Sus labios se tensan, y por un instante parece debatirse entre bromear o pirarse. Pero al final no hace ninguna de las dos.

“Lo siento,” susurra, soltando la tensión de sus hombros.

La palabra queda flotando entre nosotros, torpe, como si no estuviera acostumbrado a usarla.

Levanto una ceja. “¿Por qué exactamente?”

Tate frunce el ceño, desconcertado con la pregunta.

“Por… ya sabes.” Hace un gesto vago con la mano, señalando primero el suelo, luego la puerta, y finalmente… a nosotros dos.

“Vas a tener que ser un poco más específico.”

Suelta un suspiro corto y se rasca la mandíbula.

“Por lo de ahora,” dice, evitando mirarme directamente. “Y por lo del almacén. Y por… bueno.” Hace una pausa incómoda. “Por todo.”

No respondo, sino que me limito a observarlo.

El silencio se alarga lo suficiente como para que empiece a cambiar el peso de su cuerpo de una pierna a otra.

“Vale,” dice al final, levantando las manos ligeramente como si se rindiera. “Supongo que sigues enfadada.”

No confirmo ni desmiento nada. Solo me encojo de hombros.

Y, por alguna razón, eso parece ponerlo todavía más nervioso. Dios, está siendo el mejor viaje de mi vida.

Tate exhala por la nariz y baja la mirada al suelo durante un segundo. Parece que de repente se acuerda de algo, porque alza la cabeza con los ojos bien abiertos y una pequeña sonrisa dibujada en los labios.

“Tengo algo para ti,” dice, dándome la espalda.

Enarco una ceja aunque no pueda verme. “¿Qué tramas?”

“Nada malo.”

Ruedo los ojos, torciendo la boca. No se lo cree ni él .

Se agacha detrás del mostrador de la tienda y, cuando vuelve a incorporarse, mantiene las manos ocultas en su espalda.

“¿Qué tienes ahí?,” pregunto con cautela.

“Una tregua.” Tate sonríe ante mi cara de confusión, y se queda frente a mí con dos amplias zancadas.

“Lo siento. De verdad. No era mi intención molestarte, ni incomodarte ni darte un susto de muerte. He sido un imbécil contigo y no te mereces que nadie te trate así. Eres diez mil veces mejor que yo, así que entiendo que no merezca ni tu perdón ni que me vuelvas a hablar en la vida.”