Capítulo Seis #2
“Está bien, señora Hill,” dice Julie dando un paso hacia ella.
“No es un viaje muy largo y merece la pena hacerlo para que el Wildflower Waltz sea perfecto. Créame que haríamos lo que fuera para que sus flores no falten nunca.” Sus palabras le devuelven la sonrisa a Agnes, que la mira con los ojos aguados.
“Hemos traído la camioneta y el tráiler, así que si no es mucha molestia y tienes un momento, podemos cargar las flores ahora.”
La dueña de la floristería asiente con energía, indicándonos que la sigamos por la puerta trasera, que da al almacén.
Julie pasa por delante de mí para seguirla, pero le agarro la muñeca antes de que se me escape.
“Gracias por eso,” le digo en voz baja. Julie frunce el ceño, bajando la mirada hacia donde la estoy sujetando.
La suelto de inmediato, sintiendo un frío repentino en el cuerpo.
“La pobre mujer se sentía fatal y has sabido subirle los ánimos con unas pocas palabras.”
“No es nada,” dice encogiéndose de hombros, pero un leve rubor le cubre las mejillas, haciéndole bajar la cabeza para ocultarlo.
“Así que… ¿ha merecido la pena el viaje?”
Un atisbo de sonrisa cruza su boca por un segundo antes de que se muerda el labio inferior. “No me provoques, Encantador.”
“Me encanta que me llames así,” digo subiendo y bajando las cejas provocativamente. Julie resopla, pero antes de que se gire para seguir a la señora Hill veo que una sonrisa de verdad asoma en sus labios.
Nos adentramos en el almacén de la floristería, donde nos espera Agnes sujetando una caja con un montón de flores silvestres de todos los colores.
“Wow.”
Julie suelta un silbido mientras da una vuelta sobre sí misma con la boca entreabierta, observando la inmensa cantidad de flores que cubren cada rincón de la enorme sala.
Están organizadas por tipos y colores: a la derecha hay tulipanes rojos, rosas, blancos y amarillos; a su lado hay decenas de ranúnculos de los mismos colores, seguidos de anémonas blancas con el centro negro.
Desvío la mirada al otro lado de la sala, donde hay flores de alhelí y jacintos morados; y, para terminar, sobre una mesa de madera de trabajo, un montón de caléndulas y lirios naranjas.
Entre la explosión de colores y variedades en el lugar, y que el aire está impregnado del aroma de las flores, me siento como si hubiera entrado en un jardín en plena primavera.
Mi acompañante parece verdaderamente fascinada con el sitio, y dejo que se tome el tiempo que quiera en observar y pasearse por el almacén. Le lanzo una mirada divertida a la señora Hill, que me lanza un guiño desde el centro de la sala.
“¿No es adorable?,” me susurra cuando me acerco a ella.
Asiento con la cabeza, sin desviar la vista de Julie. “Este sitio es una pasada.”
“Me refería a la muchacha, pero muchas gracias,” contesta con una risita.
La miro con la boca abierta, a punto de negarlo o hacerme el loco, pero ella me lanza una mirada con las cejas alzadas y me trago mis palabras.
“No hay de qué,” digo entre dientes.
Esta mujer no me conoce de nada y parece que sabe más de mí que yo mismo.
“¿Nos las vamos a llevar todas?,” pregunta Julie con la cabeza inclinada hacia atrás para ver las flores que cuelgan del techo.
“Solo las de los laterales,” responde la dueña del lugar. “Siete tipos de flores diferentes, tal y como pidió Lib, pero creo que eso ya lo sabe el muchacho…”
Julie se gira hacia mí con una ceja alzada
“¿Desde cuándo sabes de flores?,” me pregunta entrecerrando los ojos.
“Bueno…” No se me ocurre ni una excusa convincente.
“Toda una vida escuchando a mi hermana hablando de plantas, flores y calabazas…,” digo, apartando la vista de esos ojos verdes que me miran con demasiado interés.
“…con los años me he ido quedando con alguna que otra cosa. Datos sin importancia… Me sé los nombres de todas las flores y sé identificarlas sin problema.”
Joder, pese a ser todo verdad, mi voz insegura no suena para nada convincente.
Y por eso Julie no se traga ni una palabra.
“Demuéstralo,” dice desafiante.
Cojo aire lentamente. Si me hubieran dicho que este viaje iría a tomar este camino, no hubiera venido ni aunque me pagaran todo el oro del mundo.
“Las de la derecha que nos llevamos son los tulipanes, los ranúnculos y las anémonas, como las del mar.” Hablo sin apartar la vista de sus grandes ojos, perdiéndome en los tonos verdosos oscuros con destellos color miel que empapan su iris.
“Las de la izquierda son flores de alhelí y jacintos, pero mis favoritos son los lirios de la mesa a tu derecha, junto a las caléndulas.” Inclino la cabeza hacia allí, pero a Julie le lleva varios segundos dejar de mirarme para seguir la dirección de mi gesto.
Mira la mesa con las cejas fruncidas y da un par de pasos hasta llegar a ella.
Pasa los dedos con delicadeza por encima de las hojas anaranjadas, como si tuviera que tocarlas para convencerse de que son reales.
Levanta la vista y primero mira a Agnes, que le sonríe como para confirmar que todo lo que he dicho es cierto, y luego se vuelve hacia mí.
A pesar de la intensidad de su mirada, no titubeo.
La observo con la misma presencia, fijándome en cada uno de los detalles que la componen.
Desde sus pantalones vaqueros gastados hasta la sudadera blanca que lleva manchada por las mangas de tierra seca.
Tiene el pelo recogido en una coleta baja, pero algunos mechones rubios como los rayos del sol se han soltado de la goma, enmarcando su rostro y realzando sus suaves facciones.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que pestañea con fuerza, rompiendo la pequeña burbuja en la que ella misma nos ha sumido, y da un paso atrás.
Cuando vuelve a abrir los ojos, su mirada ha cambiado. Apenas hay un atisbo de la cercanía y calidez que estaban presentes hasta hace dos segundos. Mantiene la vista fija en la señora Hill cuando se mueve por el almacén hasta llegar a nosotros.
“¿Podemos cargar ya las flores? No quiero que se nos haga muy tarde antes de volver a River Cross,” dice con voz ronca. No me mira mientras espera, pero yo no puedo apartar la vista de su perfil.
“Por supuesto,” dice Agnes con una pequeña sonrisa.
La mujer me da un ligero apretón en el antebrazo antes de volverse hacia la puerta que da a la calle, pero el gesto me enfada más que me consuela.
Como si el hecho de que ella haya presenciado este momento me molestara.
Me da vergüenza haberme mostrado tan vulnerable frente a Julie y que Agnes haya visto cómo me partían un poco el corazón.
Cargamos las flores en un silencio extraño.
No es el mismo tipo de silencio que nos ha rodeado en el trayecto en coche.
Este es diferente. Como si el aire estuviera impregnado de las palabras que sentimos pero no nos atrevemos a pronunciar.
Intento compartir una mirada con Julie, pero no levanta la vista de las flores o de cualquier punto que no sea mi cara.
Casi es la hora de comer para cuando terminamos, y entre el esfuerzo físico y el calor del mediodía, las capas de ropa con las que salimos de River Cross han terminado tiradas en la parte delantera de la camioneta.
Me paso el dobladillo de mi camiseta negra de manga corta por la frente para secar el sudor acumulado.
La prenda es tan ajustada que prácticamente me la tengo que quitar para que se estire hasta mi rostro y, para mi sorpresa, cuando bajo la tela, me encuentro con los ojos de Julie puestos en mí.
Las comisuras de mis labios se elevan automáticamente, y apoyo todo mi peso en una pierna al devolverle la mirada.
“¿Disfrutando de las vistas, campanilla?”
El rostro de Julie se tiñe de un intenso rojo, que combina con el tono de su cuello y sus orejas. Se muerde el labio inferior antes de desviar la vista y apoyarse en la mesa de trabajo del almacén.
“No te estaba mirando, Encantador. Estaba disociando,” dice con sequedad sin atreverse a mirarme.
Observo su perfil sin cortarme un pelo, fijándome en cómo se ciñe la camiseta de tirantes blanca a su pecho y cae suelta sobre su cintura. Los vaqueros acampanados se ajustan a sus caderas, realzando su figura como nunca antes.
O quizá es que nunca me había fijado con tanto interés .
“Creo que te he visto disociar alguna que otra vez y nunca se te había caído la baba de esa manera,” digo en tono burlón, ganándome un resoplido de su parte. “No te cortes, campanilla. Disocia cuanto quieras si me vas a mirar con esa cara.”
“¿Qué cara, Tate?,” espeta, volviéndose hacia mí. Me mide con la mirada, como si supiera exactamente en qué estoy pensando y supiera que no me voy a atrever a decirlo en voz alta.
Pero está muy equivocada si eso es lo que cree…
“La cara que pones cuando tengo mis dedos enterrados en ti.”
Julie se endereza de golpe, sus ojos centellean del enfado y el color sube hasta sus orejas.
“Avísame cuando hayas terminado,” dice con frialdad, marchándose por la puerta hacia el coche sin girarse ni una sola vez en mi dirección.
Me quedo donde estoy, viendo cómo se aleja, con el corazón martilleando con fuerza en mi pecho, consciente de que acabo de cruzar un límite que no sé lo que va a conllevar.
El aire se vuelve más denso en el almacén a pesar de que estoy solo y la puerta está abierta.
Mi pulso se dispara y, sin pensarlo demasiado, camino con decisión hacia la puerta que conduce a la floristería.
Vaya puto imbécil . ¿Qué esperabas que ocurriera?
Si quiere enfadarse, está en todo su derecho… pero ahora depende de mí recuperar su confianza, si es que alguna vez la he tenido. Abro la puerta y miro a Agnes con los ojos brillantes, y no puedo evitar preguntarme si Julie alguna vez volverá a mirarme sin enfado.