Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

Tate

P or tercera vez, cariño, no nos hemos perdido. Sé perfectamente por dónde se va a Hazel Field.”

Es posible que sea una mentira y la razón por la que todavía no hemos llegado al pueblo, pero no pienso admitir que no sé a dónde conduce el desvío que acabo de tomar a la derecha.

“Tate, no hace falta que te hagas el duro delante de mí. Admítelo y ya está. Te prometo que el mundo va a seguir girando,” dice Julie con voz tensa.

Saca el móvil del bolsillo de su sudadera blanca con un ramo de margaritas bordado a la altura del pecho, y escucho cómo teclea con más fuerza de la necesaria.

“Ah, y deja de llamarme cariño,” añade sin levantar la vista de la pantalla.

“Como quieras, campanilla,” murmuro con una sonrisa ladeada.

Bufa en respuesta, alzando la vista solo para fulminarme con la mirada.

Tengo que hacer un gran esfuerzo para no soltar una carcajada, que reprimo mordiéndome el labio inferior. Es adorable. Tanto que se me olvida insistir, admitiendo sin querer que no sé dónde coño estamos.

Genial, Tate. Buen uso de tu cerebro, como siempre .

“Vale, lo tengo,” anuncia Julie levantando el móvil para tener mejor cobertura. La carretera está literalmente en mitad de la nada, rodeada de campos de trigo recién sembrado. “Estamos yendo en dirección contraria,” dice frunciendo el ceño. “Da la vuelta cuando-”

Deja al frase a medias cuando giro bruscamente el volante para cambiar de sentido.

Los brazos de Julie salen disparados a sendos laterales, soltando el móvil en el camino.

Agarra con fuerza la manilla de la puerta con la mano derecha.

La izquierda no tiene a qué agarrarse, pero me roza el hombro, erizándome la piel, antes de sujetarse al respaldo del banco.

Una enorme humareda de polvo se levanta a nuestro alrededor, ocultándonos la visión por unos segundos. Dentro del coche solo se escucha el leve murmullo de una canción y nuestras respiraciones agitadas.

Abro la boca con la intención de disculparme, pero Julie se me adelanta dando un bote en el asiento:

“¿¡Estás loco!?,” grita a la vez que piso el acelerador para reanudar la marcha cuando por fin veo el camino.

“¿Pretendes matarme, psicópata?” Su rostro se tiñe de un rojo intenso y, si no la conociera un mínimo, pensaría que está a punto de echarse a llorar.

En cambio, sé que se está aguantando las ganas de quitarme el cinturón, abrir la puerta y tirarme del coche en marcha.

Con esa imagen en mi cabeza, las comisuras de mis labios se elevan sin poder detenerlas.

“Oh, cariño, si pretendiera matarte, créeme… no correría el riesgo de morir contigo.”

Julie abre mucho la boca al ahogar un grito.

“Eres un maldito inconsciente,” dice, lanzándome una mirada asesina, “y me arrepiento desde que me desperté a las cinco de la mañana de hacer este estúpido viaje contigo.” La vena de su frente se hincha del enfado, y sujeta el borde del banco con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos.

“Tienes suerte de que Lib sea tu hermana,” añade en un murmullo.

“¿Qué significa eso?,” pregunto con cautela.

“Que, si te mato, querrá tu cadáver para enterrarte o lanzarlo al río. Todo el mundo se enteraría, así que yo iría a la cárcel, y soy demasiado joven como para acabar entre rejas por un idiota,” dice con seriedad, mirándome fijamente.

Me revuelvo en el asiento, fingiendo un escalofrío, y trato de cambiar el rumbo de la conversación.

“Bueno, campanilla…, ahora que ya hemos aclarado lo que sentimos por el otro, y que no podemos convertirnos en asesinos… ” Esbozo una sonrisa tensa.

“Quizá podrías bajar un poco esa mala vibra y guardar bajo llave esos pensamientos destructivos.” Le guiño un ojo, tratando de aligerar el ambiente “Aún podemos ser amigos.” Aunque, si soy sincero, su tono sombrío me ha puesto los pelos de punta.

“No, gracias,” espeta con frialdad. “Prefiero que me hagas picadillo y me des de comer a los cerdos.”

No hemos ni llegado a Hazel Field y ya nos estamos divirtiendo de lo lindo.

Alzo una ceja. “Vaya. Qué imaginación más creativa tienes para estar medio dormida.”

“Después de esa demostración de piloto de rally, estoy más que despierta,” dice entre dientes. “Aunque preferiría seguir dormida antes de continuar perdiendo mi tiempo contigo dentro de este coche.”

Vuelve a cruzarse de brazos, pegándose a la puerta como si quisiera poner la mayor distancia posible entre nosotros dentro de un coche que apenas deja espacio para estirarse.

Tamborileo los dedos en el volante. “Me halaga saber que mi presencia puede causar ese efecto en alguien.”

“Cállate y conduce.”

“Estoy conduciendo.”

“Entonces hazlo sin hablar.”

Le lanzo una mirada rápida.

“Pues entonces habla tú.”

“No tengo nada de lo que hablar contigo,” dice encogiéndose de hombros.

“Venga, campanilla, algo tendrás en esa cabecita tuya.”

Julie gira la cabeza muy despacio hacia mí con los labios apretados.

“Te juro que como no te calles, hago autostop para volver a casa en cuanto lleguemos a Hazel Field.”

Se me revuelve algo en el estómago solo de pensar en Julie metiéndose en el coche un desconocido.

“¿Eso es una amenaza?”

Para el desgraciado que acepte llevarla, sin duda .

“Es una promesa.”

Agarro el volante con fuerza, obligándome a mantener la boca cerrada.

Julie se recuesta en el asiento después de rescatar el móvil del suelo para ver el mapa.

Lo único que se escucha en los siguientes veinte minutos es el rugido del motor de mi vieja camioneta, el susurro de la música y la voz de Julie dándome indicaciones.

Hazel Field es conocido por sus inmensos campos de trigo que se pierden tras las colinas que rodean el pueblo.

Todo está bañado de un tono anaranjado, como si el sol hubiera decidido acampar aquí para siempre.

A diferencia de River Cross, aquí apenas hay humedad, y el aire cálido nos da la bienvenida cuando abro las ventanillas.

Julie hace un ruidito por la sorpresa, pero sonríe al darse cuenta de que no hace frío, inclinándose hacia fuera con los ojos cerrados para sentir la cálida brisa en el rostro. La observo unos segundos antes de volverme de nuevo hacia la carretera, sonriendo internamente ante la tierna escena.

Sería una bonita foto: Julie sonriente, reclinada sobre la puerta con la brisa meciendo su cabello dorado, apenas sujeto con una goma de pelo, y un paisaje coloreado en tonos cálidos.

Como la sensación que se asienta en mi pecho.

Me dan ganas de pedirle la cámara de fotos para inmortalizar el momento, pero, a juzgar por la rapidez con la que la guardó al pasar por Heaven Mountains, no es algo que quiera compartir conmigo.

No sabía que tuviera una cámara de fotos, y menos que fuera tan reticente a mostrar su bonita afición.

A pesar de que nos conocemos de hace años, en realidad desconozco muchas cosas sobre Julie.

Jamás habría pensado que fuera algo que me molestara, hasta este momento.

Saco mi libreta de la guantera para buscar el nombre de la floristería que me dijo mi hermana. Conduzco despacio por la calle principal de Hazel Field fijándome en todos los letreros, hasta que encuentro el que estaba buscando y aparco justo delante.

“Quédate aquí si quieres,” le digo a Julie antes de apagar el motor y bajar de la camioneta.

“¿Qué te crees, que he venido solo para mirar?,” pregunta en cuanto cierra de un portazo la puerta del copiloto y me sigue por la acera.

Agradezco que esté detrás de mí para que no vea la sonrisa que se extiende por mi rostro. De verla, como mínimo me ganaría una patada en la entrepierna.

Dentro del pequeño local apenas hay espacio para tres personas, lleno hasta los topes de flores, plantas y macetas.

Incluso algunas enredaderas caen del techo como cascadas de colores.

Una mujer de la edad de mi madre nos recibe con una cálida sonrisa detrás del mostrador.

Lleva un mandilón repleto de flores bordadas y hojas secas, que se le han debido de quedar pegadas al trabajar con alguna planta.

Una diadema con una enorme flor de lirio amarilla decora su cabeza, que se mueve al compás de sus pasos al acercarse a nosotros.

“¡Qué bonito ver dos caras nuevas en mi pequeña tienda!,” exclama rebosante de alegría. “Bienvenidos a Agnes’ Garden, soy Agnes Hill.”

“Buenos días, señora Hill. Somos Julie Bell y Tate Weston,” saludo a su vez, estrechándole la mano.

“Si me lo permitís, hacéis una pareja preciosa,” dice, guiñándonos un ojo con una pícara sonrisa.

“Oh, no, no somos…,” Julie murmura, pero la señora continúa hablando.

“Hablé con Lib ayer para confirmar que vendríais hoy para recoger las flores. Lamento muchísimo lo ocurrido con el transporte, hemos tenido problemas durante todo el invierno para hacer los envíos y todavía no he logrado solucionarlo,” dice volviendo al otro lado del mostrador con los ojos cargados de preocupación y disculpas sinceras.

“No se preocupe, señora Hill, no ha sido un problema venir nosotros a recogerlas,” digo, esbozando una sonrisa tranquilizadora.

Julie a mi lado carraspea sin disimulo, y cuando me giro hacia ella la pillo observándome con una ceja alzada y una mueca de disgusto. Le guiño un ojo sin decir nada, ganándome un resoplido por su parte.

“Espero que para el año que viene no haya ningún problema. Carl, el repartidor, está de baja por una fractura en la pierna y todavía necesita guardar reposo. He intentado contratar a otros chicos, pero ninguno se queda más de dos semanas porque encuentran trabajo de lo suyo en el campo,” explica retorciéndose las manos.

“El repartidor que iba a ir a la tienda de Lib lo dejó cuando la avisé, hace una semana, y no pudo hacer este último encargo.”