Capítulo Cinco #2
La música de la radio suena tan bajita que me permite escuchar el sonido de los pájaros cantando en el exterior del coche.
La suave brisa de la mañana mece las copas de los árboles, que se mueven como las olas constantes del mar.
Falta poco para que amanezca; la franja anaranjada en el horizonte reclama atención, apareciendo lentamente frente a nosotros.
Hacía mucho que no me despertaba antes que el sol, y me apena admitir que todo este tiempo me he estado perdiendo un espectáculo precioso.
La calefacción sigue echando calor a tope, pero ya no tengo frío.
Me desabrocho el cinturón para quitarme la chaqueta, que dejo hecha un ovillo a mis pies, y extiendo un brazo sobre el cambio de marchas para bajar la intensidad del aire.
Miro de soslayo a Tate que, a juzgar por cómo tararea Goodbye Yellow Brick Road mientras mantiene la mirada fija en la carretera, le importa más bien poco lo que yo haga.
Antes de volver a recostarme en el banco, subo el volumen de los altavoces.
¿Cuál es su obsesión con Elton John? Han sonado durante una hora entera sus mejores canciones.
Me hundo de nuevo en el asiento, intentando relajarme mientras observo la sucesión de luces y colores cálidos que entran poco a poco en la camioneta.
Los minutos en silencio pasan, y siento cómo me voy adormeciendo entre el calor acumulado y los tímidos rayos rozándome la piel.
Mis párpados se cierran sin poder contenerlos, apoyo la cabeza en el respaldo del cómodo banco y me dejo llevar por el cansancio.
“¿…bien?”
El sol me ciega cuando abro los ojos, obligándome a mantenerlos cerrados. Dudo en si Tate me ha hablado en sueños o en la vida real. Suelto un quejido entre dientes, y me giro hacia su voz medio dormida.
“¿Hmm…?” Mi garganta no responde a mis deseos; solo sale un sonido estrangulado sin llegar a abrir la boca.
Escucho la risa de Tate a mi izquierda, y me odio por cómo un leve cosquilleo se agita en mi estómago ante ese sonido delicado.
“Te preguntaba que si has dormido bien,” dice con voz ronca. Sacudo la cabeza, intentando despejarme y apartar de mi mente lo que me provoca tener toda su atención —y su voz. “Vamos a pasar por delante de Heaven Mountains, si quieres mantenerte despierta unos minutos para verlas.”
“Vale.” Mi voz suena como si hubiera dormido veinte horas con la boca abierta.
Carraspeo con fuerza y bebo un poco de agua, apartándome de la cara unos mechones rebeldes que se han soltado de mi coleta baja.
“Había dormido poco por la noche, estaba algo cansada. No habré dormido más de unos minutos, ¿no?”
Tate suena una risa que se parece más al bufido de un gato.
“Cariño, son las diez de la mañana.”
“¿¡Las diez!?,” grito, incorporándome por completo. La chaqueta que tenía en el regazo se cae a mis pies. Frunzo el ceño. No recuerdo haber dejado eso ahí . Pero, volviendo a la hora… “¿He dormido la mitad del viaje?”
Tate asiente a mi lado, mirándome de reojo para ver mi cara deformada en una mueca de horror. “Te dije que se pasaría rápido,” dice sin más.
Suelto un suspiro, dejándome caer con fuerza contra el asiento.
“Lo sé, pero no imaginaba que sería por estar babeando el asiento.” Me vuelvo hacia él con los labios apretados.
“Perdona por haberme dormido. Seguro que tú también estás cansado y lo que menos necesitabas era que no te diera conversación para no dormirte.”
“Oh, no te preocupes. Tus ronquidos me han mantenido despierto.”
“Yo no-”
“De todas formas, no es como si estuviéramos hablando mucho antes de que cayeras inconsciente, así que te perdono,” continúa diciendo, haciendo caso omiso a mi ofensa.
Touché .
Pero no sé qué me molesta más, haberle pedido perdón a Tate por una nimiedad, o que él me haya perdonado de forma tan pasiva. No le importa una mierda que me haya dormido, de igual manera que no le importa una mierda haberme hecho daño hace meses.
Con ese pensamiento en mente, borro la sonrisa de golpe, vuelvo a levantar el muro que me protege de Tate Weston, y me giro hacia la ventanilla.
Siento cómo se gira hacia mí en el asiento, confuso al notar mi repentino cambio de actitud, pero mantengo la boca cerrada y no me giro aunque mi cuerpo me pida a gritos que lo haga.
El silencio vuelve a reinar en el coche aunque la música suene de fondo.
No soy amiga de Tate ni pretendo serlo. Lo nuestro es cosa del pasado.
Además, nunca llegamos a tener nada serio.
Tate tampoco lo quería, y así de claro lo dijo después de acostarnos la primera vez: «No estoy buscando nada serio».
«Yo tampoco», le había contestado yo con la cabeza en otra parte.
Porque me conozco, y sé —sabía—, que no iba a salir bien, que yo no estoy hecha para cosas no-serias, que mi corazón se inmiscuye aun sin yo desearlo y que la única que iba a salir mal parada era yo.
Pero el problema es que mi corazón ya peligraba antes de que sucediera nada entre nosotros, y no hizo sino empeorar a medida que veía más y más a Tate.
Pero… ¿cómo puede hacer la gente para mantener una relación informal con alguien que te mira como si fueras la flor más bonita que hayan visto jamás? ¿Cómo no terminan enamorados, con el corazón latiendo con fuerza y hecho pedazos a la vez?
Me maldigo una y otra vez por haberme despertado y no haber aguantado dormida hasta llegar a casa.
Reprimo un resoplido, recolocándome en el asiento hasta encontrar la postura perfecta para estar cómoda y no ver a Tate ni por el rabillo del ojo.
Tal y como prometió hace unos minutos, a medida que avanzamos por la carretera, el paisaje se transforma en la creación de la naturaleza más espectacular que haya visto en mi vida.
Heaven Mountains
Majestuosas montañas se alzan frente a mí hasta rozar el cielo con sus picos, repletos de motas blancas a pesar de estar en plena primavera.
Los campos de cultivo han desaparecido, dejando paso a una combinación de rocas, montañas y árboles.
No hay más coches en la carretera, como si el paisaje estuviera hecho únicamente para nosotros.
Y justo me toca compartirlo con Tate.
Qué desperdicio de vista.
Pero una idea me cruza la mente. Me inclino hacia delante, rescatando mi vieja cámara instantánea de la mochila.
Abro la ventana a pesar de la corriente de aire que entra con fuerza, despeinándome y haciéndome encogerme del frío.
Saco el cuerpo por la ventanilla, levanto la cámara y observo el paisaje a través de la mirilla durante varios segundos.
Se me corta la respiración cuando consigo enfocar la vista, realmente impresionante.
Cuando dejo de sentir las manos, pulso el botón y el flash lo ilumina todo como un rayo en mitad de una tormenta.
Cierro la ventana antes de que la foto instantánea termine de imprimirse y salga volando. Miro ensimismada cómo la imagen se va revelando lentamente, como si fuera el mapa del merodeador en El prisionero de Azkaban .
“¿Quieres que subamos al mirador y haces una foto desde allí?”
La voz de Tate me devuelve a la tierra. Me había olvidado por completo de su presencia, y cuando me giro hacia él, me observa con los ojos brillantes, como si estuviera entre sorprendido y fascinado.
Guardo con movimientos torpes la cámara y la foto en la mochila, arrepentida por haber dejado que viera una parte de mí que nunca enseño.
“No hace falta, gracias,” digo con voz queda, rezando para que no se dé cuenta de cómo me tiemblan las manos. “Será mejor que no perdamos el tiempo.”
“No es perder el tiempo,” insiste, obligándome a hacer caso omiso de cómo me da un vuelco el corazón.
“Estoy bien, Tate. Gracias,” digo con firmeza, mirándolo con los labios apretados en una tensa línea.
Me lanza una larga mirada con el ceño fruncido como si estuviera tratando de meterse en mi cabeza para entenderme. Parece que no saca nada en claro, porque la arruga en su frente se relaja un poco y asiente antes de volver la vista a la carretera.
Suelto lentamente el aire que no sabía que estaba conteniendo y aparto los ojos de su perfil. Puede que haya dormido la mitad del viaje, pero todavía queda todo el día por delante. Si vuelvo a mostrarle alguno de mis lados más privados, no creo que mi corazón pueda soportarlo.