Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Cinco
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Capítulo Cinco

Julie

N o me puedo creer que ayer aceptase levantarme a las cinco de la mañana para hacer un viaje de un día entero con la persona que menos soporto de este mundo.

Lib y Sage no me deben una cena, como les hice prometer, sino algo mucho más grande.

Y pienso reclamarlo en cuanto pise de nuevo mi apartamento cuando volvamos.

“Baja esos humos, campanilla,” masculla Tate entre dientes, sin ocultar su cara de enfado.

“Podría decirte lo mismo, Encantador, aquí no hay ogros cerca,” espeto subiéndome a la camioneta y cerrando de un portazo para no escuchar su respuesta.

Nos han hecho una encerrona. Y no hay cosa que deteste más que las encerronas.

Lo peor de todo es que lo hicieron de manera inconsciente, ni siquiera se acordaban del encargo de las flores, así que no puedo enfadarme con mis amigas en serio.

Además, Sage se merece estar un día tranquila con Wade, y Lib tiene trabajo para dos en el huerto como para perder también el día.

Incluso convenció a Luke para que le hiciera el favor de sustituirme en la tienda.

Yo no encontré ni una excusa válida para negarme. Así que aquí estoy, atrapada en un espacio tan reducido como mi bañera, oliendo a heno y cuero viejo.

Todavía no ha amanecido, y no sé si es por el cabreo o que estoy un poco nerviosa, pero me siento más despierta que nunca.

Mi enfado no se debe a Tate, como debe de estar pensando en este momento, sino por madrugar.

Odio madrugar. Si pudiera, mis días comenzarían a partir de las once de la mañana y terminarían a las dos de la madrugada.

Y eso que tampoco soy mucho de trasnochar, pero si pudiera dormir doce horas al día sería una persona tan feliz…

Me abrocho el abrigo hasta el cuello, escondiendo media cara detrás de la tela para protegerme del insoportable frío de la mañana.

Llevo unos calcetines gordos por debajo de las botas de pelo y, aun así, tengo los pies fríos.

El cambio de temperatura entre la mañana y el resto del día me pone nerviosa; no me gusta tener que vestirme pensando en que ahora estamos a siete grados y al mediodía estaremos a quince.

Es como si viviera en dos estaciones a la vez.

Con lo bien que se está en invierno… Jerséis enormes, bufandas calentitas y una temperatura fría y constante durante toda la estación. Sin ese calor abrasador que deja la piel pegajosa y se mete en todos los recovecos del cuerpo y te deja sin aliento a los cinco pasos de salir de casa.

Podría añadir el calor a la lista de cosas que odio, ya que parece que estoy enumerándolas una a una mientras espero al hermano insoportable de los Weston.

Tamborileo con los dedos sobre el salpicadero de la camioneta de Tate, esperando que dé la vuelta al vehículo y se suba de una vez.

¿Qué estará pensando?

Al menos ha tenido la decencia de venir a buscarme a la tienda…

aunque no era a mí a quien pretendía recoger.

Las chicas ni siquiera lo avisaron de que lo acompañaría yo en lugar de Sage, y si yo estaba mosqueada con la idea de estar más de dos segundos respirando el mismo aire que él, no os imagináis la cara que puso al verme aparecer hace media hora.

Fue como si hubiera visto un fantasma. Pero no uno de los románticos como en Ghost o divertidos como Casper .

Uno de esos que van a por ti, te persiguen y te hacen la vida imposible como en Expediente Warren . Cualquiera de las cuatro películas.

Pero yo no soy ningún fantasma ni pretendo hacerle la vida imposible a Tate. O al menos no a propósito...

Supongo que por eso no me creyó cuando le dije esas palabras exactas al explicarle por qué estaba yo aquí en lugar de Sage.

Y por eso no me habló en todo el rato que estuve plantada en medio de la calle desierta de River Cross, esperando a que terminara de cargar sabe-dios-qué de la tienda de su hermana en el enorme remolque que lleva enganchado a la camioneta.

Solo es un día. Un día y no volveré a verlo. Sage y Lib no lo hicieron con mala intención; se les había olvidado. Al igual que se olvidaron de que es una muy mala combinación juntarme con Tate. ¡Qué cabeza la suya! ¡Cualquiera se olvidaría!

Creo que estoy empezando a delirar y el viaje todavía no ha comenzado.

Una ráfaga de aire gélido entra de pronto cuando Tate abre la puerta de golpe y se sienta tras el volante, alborotándome el pelo y haciéndome sisear del frío.

Me giro hacia la ventana para no verle la cara de amargado, y escucho cómo arranca el motor.

Guardo las manos en los bolsillos de mi abrigo azul pastel y cierro los ojos, a la espera de una frase igual de fría que el clima.

En cambio, me sorprende su silencio durante tanto tiempo que entreabro los ojos.

No me atrevo a girarme hacia él, pero por el rabillo del ojo veo un movimiento claro.

Extiende un brazo sobre el cambio de marchas y enciende la calefacción al máximo.

Antes de que pueda aclararme la garganta —porque la siento seca, como si me hubiera tragado una cucharada de canela—, pisa el acelerador y nos hace atravesar las calles del pueblo en dirección al sur.

Tate conduce con una mano en el volante mientras que la otra permanece en el cambio de marchas. Diría que es un gesto sexy, pero mejor para otra vida. Una en la que no quiera estrangularlo con mis propias manos.

Dejamos atrás los edificios bajos de River Cross, viéndose reemplazados por numerosas casas familiares.

Algunas están cerca de la carretera, mientras que otras permanecen ocultas tras los árboles o al final de eternos caminos secundarios de tierra.

Todas tienen sus jardines delanteros y amplios terrenos al otro lado, y la madera es el material predominante en las construcciones.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que Tate se cansa del silencio y enciende la radio con un resoplido, como si el simple gesto de alargar el brazo para darle a un botón conllevara un gran esfuerzo físico.

Ayer, cuando mis supuestas amigas me tendieron la emboscada, no me dijeron exactamente adónde íbamos, solo que era una aventura que nos iba a llevar todo el día.

Una puta aventura.

Como si estuviéramos en la película Up .

Normalmente no hago más de dos referencias a películas al día, y esta ha sido la cuarta. No debe ser un buen presagio.

Un tirón en la parte baja de la espalda me obliga a revolverme en el asiento con una mueca.

Me giro hasta quedarme de frente al parabrisas y no contorsionada como estaba hacia la ventanilla, y el dolor desaparece al instante.

Quedan muchas horas de día, y todavía no ha amanecido.

Supongo que no me queda otra que comportarme como una persona normal. O al menos intentarlo.

“¿Adónde estamos yendo?” Rompo el silencio con una pregunta sencilla. Una que haría una persona normal .

Mi preciado acompañante no parece muy contento de tener que contestarme, porque respira hondo un par de veces antes de bajar un poco el volumen de Rocket Man con la mano que no sujeta el volante. Para mi tranquilidad.

“A Hazel Field.”

“¿Y cuánto se tarda?,” pregunto a continuación.

“Unas… cuatro horas.”

“¿¡Cuatro horas!?” No me puedo contener. Abro tanto los ojos que siento que se me salen de las órbitas. Me giro para mirarlo, con la esperanza de que una sonrisa burlona eleve las comisuras de sus labios.

Pero no. No hay sonrisa. De ningún tipo.

Tan solo está Tate con una mano sobre el volante, apretando los dientes con fuerza, contrastando con su postura relajada sobre el banco que nos une.

“No sé si has hablado con Sage,” dice en un tono tranquilo. Aprieta la mandíbula cuando me ve negar. “Ella pensaba que se tardaban dos horas, pero no. Es el doble.”

“El doble,” susurro, y es como si las palabras se repitieran una y otra vez en mi cabeza.

Cuatro. Horas. No puedo evitar entrar en pánico al pensar en estar tanto tiempo aquí encerrada.

Imaginaba que estaríamos allí, al aire libre, durante varias horas, cargando las flores.

No que nos pasaríamos la mitad del día viajando para ir y la otra para volver.

Hay una gran diferencia entre aguantar a Tate en un espacio abierto y uno cerrado.

Y yo estaba mentalizada para la primera situación.

Tate parece darse cuenta de mi crisis nerviosa, porque gira el torso hacia la derecha para mirarme.

“Estás entrando en pánico, Julie.” Como si yo no lo supiera . “No te preocupes. Las horas se pasan rápido,” dice como para tranquilizarme. Pero sus palabras no me tranquilizan en absoluto. “Pararemos las veces que haga falta, si es lo que quieres,” añade.

Guardo silencio durante lo que me parecen horas, pero todavía sigo en este coche, así que es posible que solo hayan pasado un par de minutos.

Con la mirada fija en el salpicadero del coche, respiro hondo hasta que siento que el corazón me late a una velocidad controlada.

No puedo dejar que las emociones me sobrepasen. No si quiero sobrevivir a este viaje.

“Está bien. Estoy bien,” digo en voz alta, aunque es más para convencerme mí misma que para tranquilizarlo a él.

“Genial. Perfecto,” asiente lentamente, volviendo la vista a la carretera. “¿Necesitas algo? ¿Quieres agua?”

Niego con la cabeza, inclinándome hacia delante para coger la mochila a mis pies.

Remuevo en el interior hasta dar con mi botella, pero mis ojos se deslizan hacia el objeto a su lado.

Rozo con las puntas de los dedos la suave tela de la cubierta de mi viejo cuaderno.

Apenas he llenado unas cuantas hojas, y recordarlo solo hace que mi corazón se retuerza.

Con un suspiro contenido, rodeo la botella de plástico y la saco, dejando mi cuaderno olvidado una vez más.

“Gracias de todas formas,” susurro casi sin voz al incorporarme.

“Avísame si quieres parar.”

Asiento una vez con una sonrisa imperceptible. Parece que hemos firmado una pequeña tregua. Desconozco cuánto durará, pero al menos puedo relajarme en el asiento hasta que estalle la guerra.