Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Cuatro #2
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Capítulo Cuatro #2

Suelto una risa ligera pero niego. “Aunque me encantaría, he quedado para cenar con Lib y Sage. Estarán a punto de llegar.”

Eli echa un vistazo al local, a ver si las localiza entre la multitud. Parece que no encuentra lo que busca, porque se vuelve hacia mí con los ojos brillantes.

“Déjame invitarte a una cerveza mientras las esperas.”

Alzo las cejas, sopesando su propuesta, pero no tardo más de dos segundos en tomar asiento.

“Está bien,” digo encogiéndome de hombros.

Conozco a Eli desde que llegué a River Cross y, a pesar de que es el prototipo de hombre al que cualquier mujer caería rendida a sus pies: atento, divertido, sincero…

, no sentimos nada el uno por el otro. Él sabe que no me atrae de esa manera y yo sé que es recíproco, así que no me tengo que preocupar de que vaya con otras intenciones o se haga falsas ilusiones.

Somos nosotros mismos, y eso es lo que hace de nuestra relación algo tan sincero.

“¿Tú también esperas a alguien o me estás usando como tapadera para que todo el mundo vea que no has venido solo?,” pregunto volviéndome hacia él con una sonrisa burlona.

Eli le da un trago a la fría cerveza.

“Auch, pero no,” dice, llevándose una mano al corazón, fingiendo dolor. “También he quedado con los chicos para cenar. Creo que estaban arreglando el nuevo cercado de tus primos en Honey Ridge. Se les habrá complicado el asunto.”

“¿Evan llegó muy tarde al mediodía?”

Niega con la cabeza. “Solo tuve que esperar veinte minutos,” dice riendo. Para mi primo eso es, sin duda, todo un logro.

Hablamos durante un rato, presenciando cómo poco a poco el local se va llenando de más gente joven y el volumen de las conversaciones aumenta. Apenas estamos a varios centímetros de distancia, nuestras rodillas se tocan y Eli se inclina levemente hacia mí para escucharme.

Está tan ensimismado en lo que le estoy contando sobre mi día, que no es consciente de las enormes manos que se acercan a sus hombros desde su espalda.

No puedo evitar esbozar una sonrisa maliciosa cuando veo cómo el hombre que se aproxima detrás de él me hace un gesto para que me mantenga callada y asusta al armario de casi dos metros que tengo al lado.

Eli pega un salto en el asiento y se gira rápidamente hacia atrás con los puños en alto.

El cabreo y el susto le duran poco, porque abre las manos y esboza una sonrisa que enseña sus dientes e ilumina sus marcadas facciones cuando reconoce a los dos chicos que acaban de llegar.

“Casi me matáis del susto, imbéciles,” les espeta, saludándolos con un apretón de manos que deriva en un torpe abrazo. Nunca entenderé por qué los hombres hacen eso en vez de abrazarse normal como hace todo el mundo.

“Julie, te presento a Beau y a Isaac,” dice, señalando primero al rubio que lo asustó, que le saca media cabeza, y después al pelirrojo con el rostro bañado en pecas. “Muchachos, esta es Julie, la prima de los Thorne.”

“Me ha dicho Eli que venís de allí,” saludo con una sonrisa, bajándome del taburete.

Los ojos de Beau me recorren de arriba abajo sin ningún tipo de vergüenza, consiguiendo que el calor suba a mi rostro con rapidez. Parece entender a qué se debe mi rubor, porque ladea la cabeza y esboza una sonrisa que no debe significar nada bueno y baja la vista a mis labios.

“Encantado de conocerte, Julie,” dice con su sonrisa ladina.

“Eli nos ha hablado mucho sobre ti. Me sorprende que no nos hayamos conocido antes,” añade su amigo, lanzándole una rápida mirada al susodicho.

“Eli es experto en mantener ocultas las cosas valiosas,” asiente el rubio, guiñándome un ojo. Abro la boca para justificarlo, pero mi amigo se me adelanta.

“Venga, chicos, no la agobiéis. Suficiente tiene con conoceros.” Pasa un brazo por mis hombros en un gesto reconfortante que me hace relajarme al instante, y esbozo una sonrisa en agradecimiento. No me gusta ser el centro de atención, y menos delante de gente que no conozco.

Por suerte, justo cuando levanto la mirada de sus ojos verdosos, distingo entre la gente una cabellera rubia recogida en dos trenzas, seguida de otra llena de rizos oscuros como el azabache. Eli parece seguir la dirección de mi mirada, porque me da un apretón en el hombro donde descansaba su mano.

“Pásalo bien, Luli,” se despide Eli. Me inclino hacia él para darle un beso en la mejilla antes de despedirme de sus amigos murmurando un pequeño adiós.

Atravieso el local con la vista clavada en mis amigas, que llevan observándome desde que entraron, disculpándome a medida que me abro camino entre la gente.

No recordaba que los lunes se llenara tanto este sitio; los jueves y viernes suelen ser los más ajetreados, entre que comienza el fin de semana y hay conciertos porque Theo, el dueño de The Red, suele contratar a diferentes grupos de música.

“Ay, chica, no sé por qué sigues empeñada en buscar el amor por todas partes si lo tienes delante de tus narices,” dice Lib como saludo después de lanzar una miradita a mi espalda.

Sacudo la cabeza con una sonrisa. “Ya os he dicho que entre Eli y yo no hay nada,” digo, fingiendo cansancio.

“¿Pero qué pierdes por intentarlo? Dale una oportunidad,” insiste Sage, haciendo un puchero.

Reprimo las ganas de poner los ojos en blanco,

“Ya se la di una vez,” murmuro mordiéndome el interior de la mejilla.

Mis amigas clavan sus ojos abiertos como platos en mí. Me encojo de hombros, apoyando mi peso en una pierna, restándole importancia.

“Fue cosa de una noche, por probar. Llevamos con la coña de coquetear constantemente desde que nos conocemos, y un día quisimos ver qué pasaba si lo llevábamos más lejos. Pista: fue más divertido que apasionante.”

Ninguna hace el amago de moverse o dejarme pasar, así que me quedo atrapada en mitad del local, mirándolas mientras procesan la nueva información.

“Tampoco es para tanto,” insisto. “Fue una vez y no se va a volver a repetir.”

“¿Pero fue bien?,” pregunta Sage, saliendo de su sorpresa.

“No sentimos mariposas en el estómago, si es lo que me preguntas.”

“Me refiero a que si fue una buena noche,” dice con una sonrisa pícara.

Siento cómo las mejillas me arden al recordarlo.

Sin duda fue una muy buena noche, y es cierto que nos lo pasamos bien, pero no soy de las que hablan abiertamente de sus experiencias sexuales —no como Rachel, la mejor amiga de Sage—, así que mantengo la boca cerrada y dejo que mi rostro hable por sí mismo.

“Qué locura…,” susurra Sage con la boca abierta. Suelto una risita nerviosa, llevándome las manos a las mejillas para tratar de enfriarlas.

“No me sorprende,” dice Lib reanudando el paso. “Con lo guapo que es y lo fuerte que está, no es una sorpresa que sea tan impresionante como parece en la cama.”

Me atraganto con mi propia saliva, y tengo que abanicarme con las manos al volver a sentir el rubor subiendo a mi cara.

Sigo a mis amigas hasta nuestra mesa de siempre junto a la ventana, y me deslizo por el banco al lado de Sage, que me da unas palmaditas en la espalda y se vuelve hacia la otra rubia con el ceño ligeramente fruncido.

“¿Estás tratando de decir algo, Lib?,” la pincha la pelinegra. “¿Acaso te interesa Eli?”

Cuando consigo dejar de toser porque mi saliva se ha ido por donde no debía y me limpio las lágrimas con la manga de mi jersey azul bebé, logro enfocar a Lib. Se muerde el labio inferior al mirar de reojo la barra que acabamos de dejar atrás.

“Pues… supongo que no me importaría,” dice en un murmullo apenas audible.

La boca de Sage y la mía se abren a la vez en una O. Nos giramos para intercambiar una mirada, y volvemos la vista a Lib. Sage es la primera en salir del shock, soltando una estridente carcajada que le hace llevar la cabeza hacia atrás.

“Bueno, bueno, bueno, si no lo veo no lo creo. Nuestra querida Lib está interesada en un hombre. Pensé que este momento jamás llegaría, que estarías soltera de por vida, convencida de que ningún hombre merece la pena.”

Lib frunce el ceño y suelta una risa entre dientes.

“Oh, no te equivoques, Sage. Es que ningún hombre merece la pena. Que quiera tener una noche de sexo despreocupado no significa nada. No quiero una relación y mucho menos casarme. Puedo enrollarme con un hombre y seguir pensando que son todos igual de imbéciles e inútiles. Una cosa no quita la otra.”

“Amen, hermana,” susurro para mí. Sage aplaude un par de veces, también dándole la razón.

Y eso que es una mujer casada.

El camarero justo llega a nuestra mesa para tomarnos nota con una sonrisa.

Todas pedimos cerveza, a pesar de ser lunes, y nuestros platos habituales.

Nuestra noche aquí no se alargará mucho; mañana trabajamos y sabemos que no podemos liarnos más de la cuenta.

Si fuera viernes sí que nos quedaríamos hasta que Theo nos echara, pero durante la semana debemos ser responsables.

“Por cierto, Sage, ¿qué tal va el programa de Trust & Trot?,” pregunto, dejando el botellín en la mesa después de darle un largo trago. “El otro día Wade se pasó por la tienda y me comentó que estabas agobiada por un caballo loco.”

Sage resopla, poniendo los ojos en blanco.