Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Cuatro
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Capítulo Cuatro

Julie

S ujeto con fuerza la taza de limones pintados entre mis manos, con la vista clavada en la ventana.

El café se mantiene caliente cada vez que doy un sorbo distraído, centrada en el paisaje.

Por suerte, la vista desde mi apartamento no da al interior de la calle, sino al camino que conduce a Cinder Lake.

Cuando me mudé a River Cross, hace ya casi cinco años, elegí el piso más cercano al trabajo.

No fue por las vistas ni por el vecindario ni por la zona, sino porque estaba a unos cuantos pasos de The Green Basket.

Por lo que se ve, no soy fan ni de hacer ejercicio ni de madrugar más de lo estrictamente necesario.

El camino asfaltado hace demasiados años cruza el campo como un río serpenteando entre las montañas.

Tiene los baches suficientes como para acabar mareado si pasas por ahí con el coche —experiencia que no volvería a repetir.

Los árboles esparcidos por el campo se mecen con la suave brisa primaveral, y ya se comienzan a ver algunas flores germinando.

Me encanta asomarme por la ventana cada día y ver cómo se van sumando más al espectáculo de colores.

Dejo la taza en el fregadero cuando me termino el café —que me hago jurar que limpiaré cuando vuelva de trabajar—, y estiro el cuello, cerrando los ojos unos segundos.

La cocina del apartamento está conectada con el salón, y todos los muebles son color tierra.

Hay algunos destellos azules, como los cojines del sofá beige o los marcos de los cuadros que decoran las paredes marrones clarito.

Le dan un toque discreto de color, que para mí es más que suficiente y marcan mi esencia.

Sencilla pero con luz propia.

Rescato el móvil de la encimera, donde lo dejé cargando hace un rato, y miro si tengo nuevas notificaciones. Pero es la hora la que capta toda mi atención.

Mierda . Llego tarde al trabajo .

Es el colmo: basta que viva a veinte metros para que me lo tome con toda la calma del mundo y termine llegando tarde.

Corro por el pequeño apartamento, entro derrapando al baño, que está a un lado de la estancia, y rebusco en mi neceser.

Me aplico un poco de colorete en las mejillas y en los párpados y después voy con la máscara de pestañas, intentando no sacarme un ojo en el proceso.

Vuelvo sobre mis pasos para ir a la única habitación, donde está mi dormitorio.

Cojo la chaqueta y me calzo dando saltitos por todo el piso hasta llegar a la puerta.

Agarro las llaves y el bolso, y cierro después de salir, dando un portazo por el ímpetu.

Cruzo la calle sin apenas mirar antes a los lados y, cuando llego a The Green Basket y voy a abrir la puerta con fuerza, esta no se mueve. Con el ceño fruncido y sin entender nada, saco el móvil del bolsillo que, para sorpresa mía, no he olvidado en casa, y reviso qué día es.

Lunes .

Pienso un segundo, repitiendo esa palabra como si estuviera rezando en la iglesia.

Hasta que recuerdo… «El lunes de la semana que viene voy a ayudar a Sage en el huerto, así que te vas a tener que encargar de abrir y atender la tienda» .

Las palabras de Lib me llegan como una epifanía, y me doy un golpe en la frente por no haberlo apuntado en el calendario.

Saco las llaves del bolso, que siempre llevo encima por si hay alguna emergencia, y me adentro al local a oscuras. Los cálidos rayos de sol entran en la tienda cuando levanto las cortinas de las ventanas, iluminándolo todo de una preciosa luz que crea sombras entre las estanterías.

Reviso la caja, limpio las baldas, organizo el escaparate y le doy la vuelta al cartel de la puerta para que desde fuera se lea Abierto .

Apenas tengo tiempo de revisar la hora durante la mañana, ocupada entre los clientes, pedidos y reponer las estanterías, yendo y viniendo del almacén.

No hay tanto trabajo como para pedir refuerzos, pero sí que hay varios momentos en los que me agobio porque son demasiadas cosas a la vez.

Tengo que estar pendiente de que todo funcione en la tienda, además de preparar los encargos y ausentarme varias veces para llevar los pedidos en la nueva motocicleta.

Llevo varias semanas usándola por todo el pueblo para acostumbrarme a ella, pero todavía me tiemblan las piernas cada vez que aparco en el callejón que da a la puerta trasera de la tienda.

“¡Oye, Luli! ¿Ya te llevas mejor con ese trasto?”

Me giro hacia la derecha para fulminar al hombre que me mira con una sonrisa burlona desde la puerta del almacén.

Lleva unos vaqueros gastados llenos de tierra, a juego con su camisa remangada, que deja a la vista su tez morena, que imagino que será de pasar horas trabajando bajo el sol.

Todos en River Cross tienen el mismo tono de piel y siempre es por la misma razón.

“Lo odio,” contesto, apagando el motor y sacando las llaves del contacto. “En vez de acostumbrarme, cada día lo odio más y más.”

Me quito el casco antes de echar a caminar hacia él, que me pasa un brazo por los hombros. Si fuera cualquier otra persona lo apartaría por la incomodidad, pero siendo él, me resulta familiar y reconfortante.

“Es cuestión de tiempo, Luli, no te desesperes. Piensa que es como montar a caballo: al principio da miedo, pero en cuanto le coges el tranquillo lo adoras.”

“No sé si en algún momento adoraré que me piten los oídos por el ruido infernal que hace cada vez que acelero,” murmuro entre dientes, caminando a su lado hacia la tienda.

Se ríe entre dientes, dándome un apretón en el brazo antes de soltarme para que abra la puerta. Vuelvo a girar el cartel y quito el anuncio de: «Estoy con un pedido, vuelvo enseguida».

Me muevo por la tienda, ordenando las verduras y los materiales para que esté todo en su sitio, antes de deslizarme detrás del mostrador para revisar si hay algún pedido pendiente.

“¿Y qué te trae por aquí? ¿Necesitas pareja para el Wildflower Waltz?,” pregunto, burlona, levantando la vista del ordenador.

“Pues no era mi intención, pero ahora que lo dices…” Me regala una sonrisa ladeada, cruzándose de brazos.

“Eli,” advierto, aguantándome la risa.

Esa es la dinámica entre Eli y yo desde que nos conocemos: él tontea conmigo y yo le rompo el corazón.

“Está bien, está bien,” dice alzando las manos.

“Para tu sorpresa, no venía con la intención de verte a ti. O al menos esa no era la única razón,” murmura eso último, haciéndome poner los ojos en blanco.

“Quería encargar un par de cosas, pero no tengo prisa. He quedado para comer con Evan y, conociéndolo, va a salir tardísimo de trabajar.”

Niego con la cabeza, sonriendo al recordar la de veces que habré esperado durante eternos minutos a mi primo, y saco la libreta para apuntar su pedido.

Por suerte, todo lo que quiere está en la tienda, y para cuando termino de prepararlo y nos despedimos, ya casi es la hora de comer.

Miro el reloj sobre la puerta del almacén y respiro hondo.

Todavía quedan diez minutos para cerrar, pero Lib me diría que me marchara ya.

Me quito el delantal que nos ponemos para no llenarnos de tierra —y que siempre me olvido de quitarme aunque me vaya con la motocicleta—, lo cuelgo junto con el de mi jefa y apago las luces.

Escucho las campanitas por última vez en el día cuando le doy la vuelta al cartel a Cerrado y cruzo la calle para continuar con la misma rutina de todos los días: comer sola en mi apartamento con la televisión de fondo y el aire cálido entrando por la ventana abierta.

No es el plan más emocionante del mundo, pero para mí es perfecto.

Adoro mis mañanas tranquilas, previsibles y parecidas unas a otras.

Siempre hay algún detalle que las hace especiales y diferentes, pero no demasiado.

Y por eso nunca podría haber imaginado que a veces las rutinas se rompen cuando una menos se lo espera.

A estas horas, el bullicio en el interior de The Red se escucha incluso fuera del local.

Las luces rojas y cálidas del interior me iluminan el perfil cuando paso por delante de los grandes ventanales que dan a la calle.

Ahora que se ha puesto el sol, el aire es más frío, y siento cómo se eriza la piel descubierta de mis clavículas.

Aprieto el paso mientras dejo que las mangas del jersey me tapen las manos al cruzar los brazos sobre mi pecho.

Abro la puerta del local con fuerza, quedándome ahí de pie en mitad del recibidor, intentando localizar alguna cara conocida entre la gente.

Todos son vecinos de River Cross, y otros tantos de pueblos cercanos o viajeros, pero la mayoría me duplica la edad.

Todavía es temprano para que la gente joven haya llegado para cenar, y eso que yo he quedado para ello.

Me abro paso como puedo para llegar a la barra.

Saludo a las personas que conozco con una enorme sonrisa, y a los que no, les dedico un ligero gesto con la cabeza.

Consigo llegar a la barra varios minutos más tarde, después de haber estado obligada a parar para escuchar al señor Miller hablar sobre sus gallinas nuevas.

Me ha enseñado fotos y todo. Son de una raza rarísima llamada sedosa, aunque para mí eran como pelucas de los ochenta, cuando la obsesión del momento era la música disco.

Cuando por fin veo un hueco libre en la barra, mi boca —que estaba torcida en un mohín por la turra— se transforma en una sonrisa que me hace achicar los ojos.

“¡Hey, rubia!”

Eli se baja del taburete a la vez que abre los brazos, haciendo que sus músculos se tensen bajo la ajustada camiseta negra que lleva.

“¿Dos veces el mismo día? Soy una chica con suerte,” exclamo, devolviéndole el abrazo. No consigo juntar mis manos en su espalda, y siento sus duros pectorales contra la mejilla. Respiro su aroma, una mezcla entre loción y limón, y sonrío contra la prenda de algodón.

“Es el destino,” dice, apartándome para guiñarme un ojo. “¿Necesitas un acompañante?” Esboza una sonrisa ladeada. Vuelve a sentarse y le da unos toquecitos al taburete a su lado.