Capítulo Tres
Tate
L os árboles a los laterales del asfalto me acompañan desde que salgo de Almond Valley.
El sol está en su punto álgido del día y apenas se ve una nube en el cielo, por lo que hace la temperatura ideal para no llevar chaqueta e ir con las ventanillas abiertas.
A través del parabrisas de mi camioneta me fijo en que el color granate del capó reluce bajo los rayos —a pesar de estar más sucia que mis viejas botas de montar—, y una suave brisa mece las copas de los robles que bañan el campo.
En los jardines de las casas que voy adelantando veo a varias personas atareadas. El olor a hierba recién cortada inunda mis sentidos; es el día perfecto para estar en el exterior.
Me acomodo en el asiento tras el volante, pasando una mano por el respaldo del banco que me une con el copiloto.
Mi coche no tiene asientos traseros, solo la enorme batea descubierta, y la parte de delante es solo un banco que va de puerta a puerta.
Hace un par de años que lo cambié; antes eran dos asientos como los de cualquier coche, pero me parecía más cómodo que hubiera solo un banco.
Tanto para mí como para las personas que se subían a mi camioneta…
Mientras traspaso el cartel que anuncia mi llegada a River Cross, en la radio suena a todo volumen Bennie And The Jets de Elton John incluso por encima del sonido del aire que entra por las ventanillas.
El viento mece mi camisa con fuerza, pero he asegurado mis rizos rubios con una gorra roja medio raída que encontré en la guantera al subir.
Desconozco cuánto tiempo lleva eso ahí, pero al menos cumple con su función y no tiene el logo de alguna marca de pienso para caballos —como casi todas mis gorras.
No sé cuánto mide lo que ha encargado mi hermana para que le llegue a la tienda, solo me ha dicho que venga a buscarlo, así que solo me queda rezar para que el maldito seto me quepa en la parte trasera y no tenga que hacer varios viajes.
Atravieso todo el pueblo, incluyendo el río, y aparco en cuanto encuentro un sitio vacío cerca de la tienda.
Después de cerrar la puerta, me levanto un momento la gorra para peinarme el pelo antes de volver a ponérmela.
La brisa apenas es un soplo delicado aquí, y el calor está más presente que en la granja, así que cruzo la calle arremangándome la camisa granate.
Sin darme cuenta me he convertido en Lib, siempre conjuntando su ropa con el resto de elementos que la rodean.
El cartel de The Green Basket me da la bienvenida en cuanto tuerzo la esquina, y no sé por qué un picor se instaura en mi nuca al pensar que tal vez no me encuentre a mi hermana en la tienda.
Supongo que es la ley de Murphy. Todo lo malo que pueda llegar a pensar siempre se cumple, y hoy no podía ser la excepción.
En cuanto atravieso las puertas acristaladas, mi habitual sonrisa tranquila desaparece al reconocer a la persona que está tras el mostrador atendiendo a un hombre de pelo canoso.
“Iré en media hora a llevárselo, señor Miller,” dice con una pequeña sonrisa.
Bajo la cabeza para esconderme tras la gorra y me giro hacia las estanterías a mi izquierda, observando las verduras como si no hubiera visto una lechuga en mi vida.
Lo último que quiero es que me vea y me grite delante del pobre señor Miller.
“Oh, no te preocupes, hija. En cuanto lo tengas avísame y vengo yo a por las cosas. Haré tiempo en The Red, a ver si me encuentro con los de siempre y echamos unas partidas.”
No hay ni un señor en River Cross que no esté obsesionado con el dominó.
No me giro para ver su reacción, pero me jugaría a Raven a que luce una de esas sonrisas suyas con las que podría convencer a cualquiera de hacer lo que ella quisiera.
“Está bien. No tardaré mucho.”
“No tengas prisa. Estaré esperando,” dice el viejo dando un par de toques con los nudillos encima de la madera del mostrador antes de marcharse.
Escucho cómo sus pies se arrastran por la tienda, aunque, justo antes de atravesar la puerta, se para.
“Pero bueno, mira a quién tenemos por aquí, el pequeño Weston. Que tengas un buen día…. Y no trabajes demasiado.”
Me giro justo para verlo guiñarme un ojo con una sonrisa que parece más bien una mueca. Todos en el pueblo saben que trabajo de sol a sol, y todos opinan lo mismo: «que debería disfrutar de mi juventud».
Tonterías .
Cuando tenga la edad de los señores del dominó y apenas pueda sostenerme en pie, ya tendré tiempo para descansar.
Reprimo las ganas de poner los ojos en blanco y esbozo una tensa sonrisa. “Buen día, señor Miller,” saludo con un pequeño gesto de la cabeza mientras observo cómo sale de la tienda.
“Tate Weston.”
Tengo dudas de si el tono que emplea es de pregunta o de afirmación, aunque lo que sí tengo claro es que no suena muy contenta de verme. Suelo causar el efecto contrario en la gente. Normalmente la gente se alegra de verme… unas más que otras. Así que puedo asegurar que ella es la excepción.
Porque Julie siempre es la excepción.
“Julie, ¿qué tal?” Trato de mantener un tono despreocupado, aunque por dentro solo quiero salir corriendo y jugar al dominó con los viejos del bar.
Me giro justo a tiempo para encontrarme con sus labios tensos, apretados en una línea rígida, mientras me atraviesa con la mirada. Sin duda, es la viva imagen de la alegría.
Estoy seguro de que esa expresión no la tenía al hablar con el señor Miller hace dos segundos.
“¿Qué coño haces aquí?,” espeta sin moverse un milímetro.
Sip, claramente está encantada de verme.
Suspiro con fuerza.
“He quedado con mi hermana ahora. Estará a punto de llegar,” contesto despacio. Si no hago movimientos bruscos y mantengo la calma, a lo mejor no me grita.
Tate, no es un maldito caballo.
No lo será como tal, pero a veces puede resultar igual de impredecible…
Su ceño se frunce ligeramente, apenas de manera perceptible, y tengo que luchar contra el impulso de acortar la distancia que nos separa al fijarme en su rostro. Debe de haberle dado el sol estos días, porque un montón de pecas han aparecido en el puente de su pequeña nariz.
“¿Con Lib? ¿Qué quieres de ella?” Alza una ceja, y no puedo evitar morderme el labio para reprimir una sonrisa. Resulta adorable que, al ser tan bajita y tierna con sus jerséis en tonos pastel, enfadada dé tanto miedo.
“Me ha echado una mano con el obstáculo de cross que me pidió Sage que, cómo no, tuvo que ser la más creativa y pidió un seto imposible de hacer artesanalmente, como tenía planeado hacer con el resto,” digo sin dar más contexto.
Entiendo que habrán hablado entre ellas de mi nuevo proyecto, como ha hecho todo el pueblo.
Se queda en silencio unos segundos, como procesando mis palabras, y no puedo evitar recorrer su rostro lentamente. La pequeña marca que tenía entre las cejas ha desaparecido por completo, y la tensión en sus labios también se ha desvanecido. O al menos un poco.
Lo contaré como una pequeña victoria.
“Pues… supongo que estará a punto de llegar.” Titubea un segundo, y de pronto su mirada furiosa desaparece y sus mejillas adquieren un tono rojo intenso.
Aparta los ojos de mí y los mantiene fijos en la pared.
Como si el enfado hubiera desaparecido de un plumazo, deja paso a un nerviosismo inesperado.
“¿Quieres que la llame? Tampoco querrás perder el tiempo, tendrás trabajo que hacer en la granja, o en casa, qué sé yo. No tardo nada en llamarla y decirle que venga. Sí, lo mejor es llamarla y callarme. Debería callarme, sí. Por Dios, ¿por qué no puedo dejar de hablar?”
Continúa murmurando cosas sin sentido para sí, dejándome con la boca entreabierta en medio de la tienda. He visto a Julie actuar de maneras muy distintas según la situación, pero nunca la había visto tan nerviosa. Ha sido de un momento a otro, como si hubiera recordado algo.
No me atrevo a llevarle la contraria, sino que la sigo con la mirada mientras coge el teléfono fijo a un lateral del mostrador.
Apenas ha pulsado el primer número cuando las campanitas de la puerta anuncian la llegada de alguien.
A Julie casi se le resbala el teléfono de las manos y abre los ojos como platos.
Salvados por la campana .
“¡Lib… qué bien que estés aquí!,” prácticamente grita, moviéndose tras el mostrador como un animal enjaulado. “Tate te estaba buscando, algo de un seto, cross y que tiene mucha prisa porque necesita volver al trabajo.”
“Es la hora de comer.” Mi hermana frunce el ceño, lanzándome una mirada interrogante, como si fuera el causante del nerviosismo de Julie.
¿Por qué piensa que tengo la culpa… y por qué ella ha dicho que tengo prisa?
“Me sorprende que hayáis podido aguantar solos más de dos segundos sin mataros.”
Observo de reojo la reacción de Julie, a la que un rubor intenso le cubre el rostro y las orejas, a la vista por el recogido que lleva asegurado en la coronilla.
“Nos llevamos perfectamente,” digo, encogiéndome de hombros.
“¿Y eso Julie lo sabe?”, pregunta alzando una ceja con una sonrisa ladeada. Julie bufa, pero tampoco abre la boca.
“Solo dime si el seto cabe en mi camioneta o tengo que volver a casa para enganchar el remolque,” digo cambiando de tema. Lo mejor es desviar la conversación hacia terreno seguro.
Lib eleva ambas cejas a la vez que suelta un resoplido. No lleva ni un minuto aquí y ya está harta de mí.
“Venga, vamos.”
“Pero, ¿me puedes contestar?”
La sigo por la tienda hasta atravesar la puerta trasera que da al almacén, echándole un último vistazo al tenso rostro de Julie.
“Que sí, ameba. Claro que cabe, sino te habría avisado.”
“Con lo que te gusta molestarme, perdona por dudar,” murmuro para mí para que no me escuche.
Lib frena en seco, haciéndome tropezar con mis pies por el repentino cambio, y se da la vuelta para señalarme con el índice.
“Tocarte las narices es mi pasatiempo favorito, Tate, pero no me gusta cuando me hacen perder el tiempo, así que ponte los guantes y mueve el culo,” me dice en tono serio, pero la mueca que hace al girar la esquina y señalar el enorme seto cuando vuelvo a verla, me indica que solo está de broma.
“Agarra por el extremo y lo llevamos hasta el coche.”
Cojo el lateral del seto con fuerza para que no se tambalee, colocado sobre una tabla con ruedas, y comienzo a empujarlo hacia la puerta.
Es más grande de lo que imaginaba, pero si lo sujeto con cuerdas a la batea no habrá riesgo de que se caiga por el camino.
Tiene forma de O y con un agujero grande en medio, lo suficiente como para que quepa un caballo y su jinete encima.
“Este chisme es inmenso, Lib.”
“Cállate y empuja,” gruñe desde alguna parte del seto. Espero que esté guiando, porque yo no veo más que hojas artificiales. “Joder, me estoy clavando algo en la teta.”
Suelto una risa nasal.
“¿Quieres que nos cambiemos?”
“No. Cierra el pico,” dice sin aliento. “En qué momento me ofrecí a ayudarte…”
Tras los peores cinco minutos de mi vida, que se han sentido como tres horas de escuchar a Lib quejarse sin parar, conseguimos llegar a mi camioneta. Me apoyo contra la rueda para recuperar el aliento mientras mi hermana se abanica con las manos.
“¿Por qué decidimos hacer esto a mediodía y el que parece ser el día más caluroso de marzo?,” refunfuña, soltando un grito ahogado al clavarse las astillas de la camiseta al sacudirla.
“Porque las mejores ideas siempre las tienes tú, mema.”
“Te voy a dar un guantazo como sigas por ahí. Vamos a cargarlo antes de que me arrepienta y lo tengas que hacer tú solo.”
Sigo sus órdenes sin abrir la boca, aguantando sus gritos desesperados porque el seto no parece estar por la labor de seguir sus instrucciones tan bien como yo, girándose de repente cuando está amarrado o cayéndose encima de ella al subirlo.
Ha sido digno de ver: Lib, ahí de pie, con una expresión de terror mirando el armatoste verde cayendo sobre ella y dejándola justo en medio del enorme hueco.
Me he ganado un par de insultos y de collejas bien esquivadas, pero al menos el enorme seto parece que no me va a abandonar en cuanto arranque la camioneta.
Unos toques en la ventanilla me hacen bajar el cristal. Apoyo el codo en el marco de la puerta y le lanzo una sonrisa a mi hermana.
Señala la tienda con la cabeza. “Oye, ¿qué tal con Julie ahí dentro?”
“Bien.” Enarca una ceja, a lo que yo suspiro con fuerza. “Vale, ha sido raro e incómodo. Estaba enfadada. Y normal. Soy un imbécil, pero eso ya lo sabes tú y lo sabe ella.”
Lib asiente sin decir nada.
“Aunque-”
“Aunque…”
Lib me insta a seguir hablando con un gesto de la mano.
“De repente se ha puesto nerviosa. Como si hubiera visto algo o recordado alguna cosa. Por eso cuando llegaste tenía el teléfono en la mano, iba a llamarte. Y después te dijo que yo tenía prisa y no la tengo.”
“No te soporta, Tate.”
“Es normal.” Me encojo de hombros.
Reprimo un suspiro, quitándome la gorra para lanzarla al otro lado del banco antes de pasarme la mano por los rizos.
“No puedes seguir fingiendo que no te importa, Tate. Te jode que Julie no aguante ni cinco minutos cerca de ti sin enfadarse o querer marcharse.”
Trago saliva antes de hablar.
“Yo no la persigo.”
“Tampoco he dicho que lo hicieras.”
Me paso la lengua por los dientes.
“No quiero que sea incómodo. Ni que esté cabreada.”
“Eso lo consigues solo con existir,” dice con sinceridad.
“Gracias por los ánimos,” contesto con un gruñido.
Lib suspira y se acerca a la camioneta para apoyar las manos en la ventanilla abierta.
“Escúchame, idiota. Julie no te odia.”
“Venga ya.” Suelto una carcajada carente de gracia.
“Es cierto. Se pone nerviosa contigo porque se siente atraída por ti, sino no hubiera tenido nada contigo antes. Aunque todavía no me explico qué narices ve en ti…” Finge que un escalofrío, ganándose un golpe en el antebrazo.
“Tate, eres mi hermano.” Esboza una tierna sonrisa.
“Y, aunque tomes las peores decisiones, tengas el humor de un niño de diez años y a veces no te enteres ni de dónde sopla el viento, no quiero verte sufrir. Amuebla tu cabeza como lo haces con tus tareas. Haz una lista, lo que sea. Pero dale una vuelta a lo que sientes por Julie y déjaselo claro. Si seguís así os vais a hacer más daño del que os merecéis.”
Aprieto la mandíbula, asintiendo una vez antes de volverme hacia el frente para arrancar la camioneta. Lib se aparta después de darme un ligero apretón en la mano, que le devuelvo con una tensa sonrisa. Me alejo de The Green Basket y dejo atrás el pueblo mientras el sol golpea el parabrisas.
El camino hacia Almond Valley se abre frente a mí, y el seto se balancea suavemente en la batea como si también estuviera intentando encontrar su sitio en el viaje.